¿Compromiso o aislamiento con Venezuela?

0
94


Nicolás Maduro no es menos culpable que el Chapo Guzmán, es mucho más culpable. Cuando se abusa del poder del Estado, seamos precisos, cuando se despliega el “terrorismo de Estado” para aniquilar opositores, invalidar la libertad de expresión y cercenar derechos humanos, se está ante un dictador. No hay espacio para otra interpretación. Cualquier paño tibio es cinismo.

El Chapo Guzmán era un delincuente que usaba métodos profesionales para traficar droga, pero no lo hacía “desde” el Estado sino “con” la complicidad de áreas del Estado. Nicolás Maduro es “el Estado” en sí mismo, corrompiéndose con los dineros de su país para su provecho personal, los de la élite del poder y los de su familia. Es la prueba viviente del corrupto en su máxima expresión. Por eso el montaje eleccionario, adelantado, que protagonizó semanas atrás, junto a la ilegítima Asamblea Constituyente, fue una maniobra artificiosa imposible de admitir en el mundo democrático. (Hay candidatos proscritos y presos políticos). Por ese motivo, el Grupo de Lima, el G7 y toda la Unión Europea sostienen que es “no válido” lo realizado. Asimismo, los Estados Unidos tampoco aplauden los procesos políticos venezolanos y los consideran una “farsa”.

Resulta indignante que haya países que le sigan dando cobijo a Maduro, que silencien su voz ante la barbarie que acomete y que miren para el costado ante los atropellos a los derechos humanos que se producen en Venezuela. Cualquier organismo internacional o medio de comunicación, el que sea, que vaya a Venezuela, que observe, que hable y que converse con el pueblo, retornará atónito ante la evidencia: la inflación vuela, el desabastecimiento es pavoroso, la emigración es enorme, el autoritarismo del poder resulta obsceno y la pobreza de la gente causa lástima. No existe una conspiración contra Venezuela, las dictaduras siempre inventan esas teorías para continuar en el poder. Dictaduras de derecha o de izquierda, en el fondo son iguales. No caigamos en la trampa de creer en los ideologismos falsos.

Lo que no se termina de percibir es que aquellos que no levantan la voz contra Nicolás Maduro más temprano que tarde serán responsables por complicidad ante la dictadura más oprobiosa que enfrentara en su historia el país de Bolívar (Rusia, China, India, Irán, Nicaragua y Bolivia aplauden todos por intereses o razones menores). Y ya basta de usar a Simón Bolívar como portaestandarte de una revolución que no es tal. Es solo una perpetuación en el poder de un grupo de cleptócratas. ¿De veras alguien sensato cree que se puede negociar con un dictador? ¿En qué lugar del mundo sucedió eso? No conozco un solo ejemplo de retirada del poder de dictadores si no es porque los pueblos o la presión internacional incidieron de alguna forma.

Giovanni Sartori dijo que el primer requisito —casi básico— para que exista una democracia es el acto electoral, el voto. Pero el acto electoral debe ser: puro, legítimo y legal. Venezuela hace tiempo que no tiene eso. En consecuencia, no son prejuicios de buena parte del mundo los que se hicieron oír, sino sensatez frontal al sostener que todo fue un fraude. Por eso el reclamo de libertad de la Secretaría General de la Organización de los Estados Americanos (OEA) sigue siendo un viento concientizador para que la comunidad internacional tome en cuenta que la tragedia que padece Venezuela puede sucederle a cualquiera, y que los organismos internacionales están para sostener verdades democráticas y no para departir en abstracto asuntos abstrusos para la gente. Un organismo internacional, que pagamos todos, con los impuestos de todos (¿lo recordamos eso?) no está para una diplomacia tipo Talleyrand de otro tiempo, sino para sostener y defender el relato democrático, y reconquistarlo si así corresponde. Este es el caso. De lo contrario pierde sentido su existencia. No neguemos entonces que es un paso adelante ejercer el activismo internacional ante tanto servilismo penoso.

Hay que seguir presionando sobre Venezuela; sí, “presionando”, esa la palabra, sobre los dictadores, claro, nunca sobre su gente. Hay países que, en el fondo, no se expiden porque tienen complejo de culpa por lo que le pidieron prestado en recursos, en su momento, a Venezuela, y creen que eso los inhibe de espetarle la verdad. Hay otros países donde las élites (económicas, políticas) hicieron negocios con Venezuela y consideran que eso es mejor ocultarlo hasta la caída definitiva del régimen. ¿Se puede entender esta situación? Todos deberían revisar su conducta, porque si algo seguro sucede ya, es que son muchos más los que empujan contra la dictadura que los que hipócritamente la sostienen por detrás de bambalinas. Esa teoría de no aislar a Venezuela resulta un acto de suprema cobardía y no tiene cabida alguna en el derecho internacional público. Por lo menos no es una teoría democrática y es de un talante incomprensible para los que padecen el totalitarismo del régimen.

En Venezuela no hay libertad económica, la política es para los pocos amigos del Gobierno, el petróleo está en manos de PDVSA, que ya produjo varios default técnicos, redujo a la mitad su producción de petróleo y casi no paga intereses de sus emisiones. O sea, el país está en ruinas. Y no parece nadie creerle a Nicolás Maduro como le creían a Fidel Castro alguna “épica” en su relato. Ya todos se dieron cuenta de que Maduro es lo poco que es, y que los está llevando al infierno minuto a minuto. O ya los llevó. Las cajas CLAP (con alimentos básico, arroz, granos, leche y aceite) son instrumentos prebendarios que se ofrecían luego de votar. De revolución, nada, de clientelismo, todo. Prueba viviente del fracaso al que se llegó.

En Venezuela la emigración es alarmante: en Colombia hay 600 mil venezolanos, Estados Unidos tiene 300 mil, España, más de 200 mil; habría más de un millón y medio que ya estaría fuera de Venezuela en años anteriores. No hay país de la región que no reciba venezolanos huyendo por todos lados. ¿Se van porque disfrutan del turismo o huyen buscando un destino y así ayudar a sus familias? No seamos necios.

En medio de ese panorama desolador la oposición venezolana no luce demasiado estimulante como un arco político coherente de gente dispuesta a construir un universo eficaz. Tiene también una cuota de responsabilidad ante semejante infortunio, no lo niego, menor, pero la tiene. Pero no son los responsables del drama venezolano, sería temerario afirmar semejante extremismo. No caigamos en el absurdo de culpar a las víctimas. Tengamos las cosas claras.

La vida siempre es moral o no. La inmoralidad del Gobierno venezolano es ilegal e ilegítima. La solidaridad con Venezuela también es un acto de egoísmo: pensemos si nos ocurriera a nosotros, cualquier país americano, como nación algo así. ¿Qué querríamos del concierto del mundo para con nosotros? Lo último que desearíamos, como pueblo, es que nos dejaran solos.



Source link