Hugo Quiroga: "La democracia argentina no explotó, sufrió un lento proceso de degradación"

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La Argentina no vive sólo en emergencia de gobierno, en nuestro país “se puede decretar la emergencia habitacional, la alimentaria, la de seguridad, la ambiental, la ocupacional, la del transporte”, afirma Hugo Quiroga, en referencia a lo que considera “una situación de inseguridad civil y social que padecen los ciudadanos”.

La democracia no es cuestionada como sistema, pero ha defraudado. La falta de políticas de largo plazo ha derivado en una inmediatez “que no conduce a soluciones de fondo”.

Tal el diagnóstico de Hugo Quiroga, investigador y docente de la Universidad de Rosario y autor de varios ensayos sobre la realidad política argentina. La democracia que no es (Paidós, 2017) es otro de sus títulos.

En esta charla con Infobae, Quiroga analiza la validez presente de su formulación de 2005 y las falencias de un sistema político que dificultan los acuerdos sobre principios básicos. Rescata a un dirigente, cuyo nombre circula nuevamente en las especulaciones de cara al 2019.

En estos casi trece años transcurridos desde la salida del libro en el cual calificaba nuestra democracia de “decisionista”, por esa tendencia a la concentración de poderes en el Ejecutivo, ¿hemos mejorado en algo? ¿Estamos peor? ¿O hemos empeorado mucho antes de mejorar algo?

— La idea de decionismo democrático refiere a una práctica de gobierno, no a una forma diferente de democracia; una práctica que se vale de medidas excepcionales en épocas de normalidad, lo cual le incorpora poderes incontrolados al presidencialismo.

No es un fenómeno nuevo o de un solo gobierno…

— No, desde 1989 hasta la fecha, con modalidades diferentes según los gobiernos de turno, la democracia argentina no ha podido prescindir de los poderes excepcionales; ellos son: los decretos de necesidad y urgencia (DNU), la delegación legislativa y el veto parcial. El decisionismo democrático es el gobierno del Ejecutivo, que le rinde culto al altar de los plenos poderes, y los ejemplos más paradigmáticos los encontramos en los gobiernos de Carlos Menem y Néstor Kirchner. Sin embargo, Fernando De la Rúa, aparentemente más respetuoso de la ley que Menem, firmó en los cinco primeros meses de gobierno 19 DNU, uno más que los dictados por su antecesor. Eso ya nos está diciendo algo. La realidad ha demostrado que el decisionismo democrático funciona como una exigencia independiente del estilo político del Presidente, que se hace presente tanto en la “excepción” como en la “normalidad”, y que al ser permanentemente activado se convierte en regla.

— ¿La causa o la excusa de esto es la emergencia?

— Bueno, el fundamento del decisionismo democrático se halla en lo que se enuncia como una situación de emergencia, es decir, una situación extraordinaria, fáctica, y así el contexto de emergencia es siempre amplio y ambiguo, se basa en la “necesidad” y la “urgencia”. Cuando se le confieren poderes excepcionales al ejecutivo se le permite legislar de manera directa a través  de las llamadas “medidas de emergencia”. Por eso, en un régimen democrático la emergencia nunca puede ser permanente. Pero cuidado, esto no quiere decir que se suspende el Estado de derecho, sino que la legalidad se atenúa por ampliación de la esfera legislativa del ejecutivo.

¿Pero estamos mejor o peor en esto?

— Creo que hay que matizar la respuesta. El gobierno de Cambiemos no prorrogó la ley de emergencia económica dictada por Eduardo Duhalde en 2002 y que estuvo vigente hasta diciembre de 2017. Esto es un avance. No obstante, Mauricio Macri dictó en dos años de gobierno más DNU que Cristina Fernández en su primera presidencia. Por otra parte, el gobierno de Cambiemos continuó usando los superpoderes presupuestarios, que fueron un recurso abusivo de Néstor Kirchner para el uso discrecional del presupuesto. Además, el presidente Macri a principios de año firmó un megadecreto, hoy en cuestión, con 170 medidas de las más diversas.

La emergencia permanente.

— Exactamente. El problema es que la emergencia que ha atravesado todos los gobiernos desde 1989, reviste hoy un carácter estructural. La emergencia permanente se ha estabilizado en la Argentina, y la idea de estabilidad refuerza el oxímoron, tal como lo sugerí con el título de mi libro de 2005, La Argentina en emergencia permanente, idea que continué trabajando en dos libros posteriores, que le dan actualidad e historicidad al concepto hasta 2016.

— ¿Entonces el concepto sigue teniendo actualidad?

— Es lo que creo. La emergencia permanente, junto al decisionismo democrático, se ha extendido a otros ámbitos. Esta es la novedad. Su dominio no se circunscribe ya sólo  al orden institucional y a la legalidad, a las facultades extraordinarias del Presidente, sino que también penetra en otros aspectos de la organización de la vida colectiva. De esto modo, el concepto de emergencia es más extendido y ambiguo. Por ejemplo, se puede decretar la emergencia habitacional, la alimentaria, la de seguridad, la ambiental, la ocupacional, la del transporte. Con ello aludo, en general, a la situación de inseguridad civil y social que padecen los ciudadanos, y a las circunstancias de grupos sociales que deben ser protegidos por el Estado. Por eso decía que en la actualidad la emergencia reviste un carácter estructural, lo cual refleja un cambio en la base del poder y aumenta la incertidumbre. No se trata del vicio de un partido. Este es uno de los graves problemas de la democracia argentina. Se impone por cierto la pregunta: ¿es posible gobernar sin el decisionismo democrático, sin la emergencia permanente? 

Cada gobierno que asume, de cualquier signo político, lo hace con un sentido refundacional, pensando que la historia comienza con su gestión

— ¿A qué atribuye el hecho de que en más de 30 años de democracia no hayamos podido lograr una estabilidad?

— Es una pregunta difícil por el grado de complejidad que tiene. Acercándome a una respuesta puedo decir que la Argentina, desde su recuperación democrática, ha carecido de políticas de largo plazo, de proyectos estratégicos; la exclusiva política de la inmediatez no conduce a soluciones de fondo. Mucho menos cuando cada gobierno que asume, de cualquier signo político, lo hace con un sentido refundacional, pensando que la historia comienza con su gestión. La Argentina viene de un largo proceso de decadencia, en el sentido literal del término, declinación. Para salir de ella se requiere de mínimos acuerdos estructurales del conjunto de la dirigencia nacional: política, sindical, social, empresarial. La decadencia argentina está bien expresada en la legislación de emergencia, en la cultura clientelar, en las desigualdades vergonzantes e inaceptables, en el estancamiento económico, en las endebles instituciones de control, en la falta de una dirigencia económica schumpeteriana, es decir emprendedora; en general, la “burguesía” argentina ha buscado la ganancia pingüe y sólo invierte si el Estado le garantiza rentabilidad, en la ausencia de iniciativas dinámicas, en el avance de la corrupción  y el narcotráfico. Tenemos que repensar en términos de una teoría democrática capitalista.

Se trata de una democracia que ha acentuado el malestar de los argentinos, su fastidio, y que ha incrementado sus grados de anomia, escepticismo político, intolerancia e inseguridad civil

¿Existe actualmente algún riesgo de quiebre institucional?

— No hay ningún riesgo de quiebre institucional. Uno de logros del período más largo de democracia en nuestra historia política es que se ha afianzado la legitimidad democrática, y en ese sentido hay estabilidad. Los clásicos actores antisistema, los militares, han desaparecido, y atrás ha quedado un sistema político pretoriano y, por otra parte, no existe una oposición civil con intenciones ocultas, de carácter golpista. Eso no quiere decir que no existan voces destituyentes, que son expresiones que existen casi en todos los regímenes políticos. El objetivo de una política democrática que busca consenso, pero que no niega el conflicto, es evitar que los grupos se enfrenten sin arbitraje ni reglas. El conflicto es inherente al orden social; una democracia que instituye el espacio público y, al mismo, ofrece canales de expresión del conflicto, demuestra justamente su fuerza. Principalmente, si tenemos en cuenta que la democracia argentina arrastra todavía los bienes básicos insatisfechos, que aún mantiene a millones de argentinos en la pobreza y la indigencia, y que este orden oscila permanentemente entre la violencia política y la violencia social. Se trata de una democracia que ha acentuado el malestar de los argentinos, su fastidio, y que ha incrementado sus grados de anomia, escepticismo político, intolerancia e inseguridad civil. La democracia se presenta como el resultado, a la vez, del desaliento y del entusiasmo. 

Asoma el perfil de una democracia débilmente estructurada, más allá de que mantenga un firme sistema de votación

Además de la dispersión y atomización de los partidos, ¿observa también una disolución de las identidades partidarias? Ser radical, ser peronista, ser socialista… ¿siguen significando algo? Los propios cuadros o militantes de los partidos parecen desconocer los principios o la tradición de sus partidos.

— La crisis de 2001 puso de manifiesto el derrumbe del sistema de representación, la fragmentación del sistema de partidos, la disolución de las identidades políticas masivas y la fluctuación del voto. Desde entonces se impuso cada vez con más fuerza la política de coaliciones, que contrastan con el viejo esquema de “democracia de partidos”, ya en disolución. Efectivamente, como los partidos tradicionales ya no forjan identidades políticas, se ha diluido ese sentimiento de pertenencia, “yo soy peronista, yo soy radical, yo soy socialista…”, que enorgullecía y abría paso a una militancia activa. Ya no hay partidos, hay fragmentos de partidos; predomina la fluctuación del voto, y se reduce el voto de pertenencia, en un contexto en el que el poder se ha personalizado como nunca. La consecuencia es que la democracia de 1983 se ha reconfigurado a partir de los años 2001-2002. Al hablar de reconfiguración quiero decir que la democracia tiene una nueva fisonomía, hay un cambio de régimen. Lo que asoma es el perfil de una democracia débilmente estructurada, más allá de que mantenga un firme sistema de votación. La democracia argentina no explotó; sufrió un lento proceso de degradación.

— Hizo referencia a acuerdos estructurales del conjunto de la dirigencia. ¿Cree posible un acuerdo del tipo de La Moncloa, siempre mencionado pero nunca encarado seriamente en Argentina? ¿Lo cree necesario? 

El Pacto de la Moncloa tuvo su razón de ser en la España de 1977 y fue un instrumento clave para la recuperación del Estado de derecho, y para implementar un programa económico, en un momento histórico muy delicado, bajo la amenaza del regreso de la dictadura. No se puede trasladar sin más ese instrumento a la Argentina, con otros actores y en un contexto histórico muy diferente. Por ejemplo, en España había partidos políticos. Por otra parte, el gobierno de Cambiemos no ha dado muestra de inclinarse hacia un acuerdo general entre oficialismo, oposición, sindicatos y empresarios. La política gubernamental busca más bien dialogar y acordar con sectores de la oposición, con los gobernadores, con los legisladores, tratándose de un frente que carece de mayoría en ambas cámaras. El oficialismo está obligado al diálogo y a la concertación, pero eso no lo acerca al modelo del Pacto de la Moncloa. Aunque es necesaria una cooperación estratégica con las fuerzas de la oposición para recuperar la confianza colectiva con el objeto de encontrar soluciones de fondo luego de 70 años de inflación, con un desempleo creciente desde 1974, con un persistente déficit fiscal, con el dólar gobernando la sociedad  y con el endeudamiento creciente, interno o externo.

Usted concluía su libro de 2005 elogiando a Roberto Lavagna que por entonces intentaba un proyecto presidencial. Causalmente hoy se lo vuelve a mencionar. ¿Le sigue resultando un candidato interesante? 

Es así, termino mi libro elogiando a Roberto Lavagna, porque fue la figura que supo sobresalir en las difíciles pruebas por las que debió atravesar con el gobierno de Eduardo Duhalde y después con Néstor Kirchner. Aunque hay que reconocer también la valiosa tarea de los ministros de economía que le precedieron. Con Lavagna la Argentina se estabilizó después del colapso de 2001-2002, y de este modo se superaron los temblores políticos y sociales más conmovedores de la historia argentina contemporánea. Sigue siendo un hombre de consulta y una voz autorizada y respetada en nuestro universo político-económico. Ya fue candidato a presidente una vez, pero desconozco cuáles son sus pretensiones actuales.

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