Jorge Cafrune: 40 años sin el "cantante del pueblo"

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Por Brian Majlin

Jorge Cafrune, un mito que sigue vivo

Jorge Cafrune Heredia siempre olía bien. Era un hombre de campo, vestido a lo gaucho, con bombachas planchadas y sombrero, con la barba tupida y blanda. Yamila, la mayor de sus hijas, ella misma heredera artística de vasta trayectoria, habla de ‘papi’ como si aún estuviese vivo, con su mate de leche recién cebado, escuchando algún disco. Repasa con Infobae Cultura sus grabaciones, su muerte temprana, la juventud eterna. “Y su aroma siempre fresco, siempre a perfume y recién bañado”.

Hace pocos meses, cuando hubiera sido el festejo por sus 80 años, Yamila, la mayor de sus hijas, dijo que la hacía feliz que en cada rincón del país, y fuera del mismo, recordaran a su ‘papi’ como si lo hubiesen visto una semana atrás. Pero eso es imposible: el Turco Cafrune, hijo de sirio libaneses afincados en Jujuy, murió a sus 40, hace ya 40 años. Yamila, con la misma voz acompasada del padre, recuerda con ternura al hombre que le dio la vida, el amor por el campo y dos consejos: no seas cantante, fue el primero; sé buena persona y respetá a los mayores, el otro. Ella no pudo hacerle caso en todo.

Cafrune, que nació en Perico, Jujuy, murió en Benavídez el 1° de febrero de 1978, en medio de una travesía que quedó para la épica: por lo cinematográfica y por lo fallida. A puro galope anunció que iría, con su caballo y su amigo Fermín González, hasta Yapeyú, Corrientes, a depositar pedazos de tierra de Boulogne Sur Mer (Francia) como homenaje por los 200 años de José de San Martín. Partió el 31 de enero desde la Catedral porteña, en Plazo de Mayo. Recorrió los primeros 30 kilómetros y una camioneta lo embistió en el partido de Tigre, apenas en la primera jornada de la aventura que los llevaría, en 750 kilómetros y 25 etapas, hasta Corrientes. Llevaba polvo de la tumba del Libertador. Y galopaba hacia la libertad, Cafrune, en protesta también por la censura a la que lo sometió la dictadura militar y aún antes la Triple A comandada por José López Rega. Lo acusaban de ‘zurdo’ aunque él decía que era nacionalista y no comunista. Aunque su hija recuerde hoy que era “peronista de Perón, al que visitó en Puerta de Hierro”. Le prometían caza porque cuestionaba a los altos mandos.

Cafrune rumbo a Yapeyú

Desde sus primeros años, Cafrune se destacó en el universo del folclore y ya a principios de los 60 se lanzó como solista. Su imagen, la del barbado sonriente, es parte de la cultura popular desde que en 1962 fue revelación del público en Cosquín, a donde llegó para ganarse un nombre propio. Cosquín, ese mítico escenario que eyecta figuras e impone mitos, lo homenajeó hace un puñado de días: allí estuvieron Yamila, claro, y los Carabajal, sí; pero también figuras nuevas del folclore que lo tienen como estandarte y referencia. Bruno Arias, por caso, jujeño también, renovación del género, dice a Infobae Cultura: “Cafrune tiene una personalidad y sello propio, muy fuerte -dice Arias en tiempo presente-. Y eso llama mucho la atención, el sonido que tiene a la hora de interpretar y tocar la guitarra. Es único y para nosotros significa mucho porque siempre ha estado a favor de la gente que menos tiene. De los peones de campo. Y porque en las épocas más nefastas, como durante la dictadura militar, se rebeló ante eso, cantando canciones prohibidas y siendo como era: alguien que no se callaba ante nada. Es figura referente de la música popular y por su ideología”.

En Cosquín, durante el homenaje, Arias cantó La Yapita y Zamba de un cantor. Ninguna de ellas era de Cafrune, aunque a ambas las popularizó él. Así con todo lo que tocaba. El Turco decía de sí mismo: no soy poeta, soy cantor y hago canción lo que escriben los poetas de mi país. El emblema fue la Zamba de mi esperanza.

Así, en una carrera vertiginosa que lo llenó de cariño popular y de enemigos poderosos, Cafrune se transformó en la voz del pueblo. Algo parecido le pasó a Mercedes Sosa, a la que él mismo presentó ante el público y fuera de programación en el escenario central de Cosquín en 1965. Personajes destacados los dos, junto a José Larralde y Horacio Guarany -este algunos años mayor- fueron referentes populares más allá de los límites del folclore.

Hizo de letras ajenas un símbolo propio. Como en ese enero del 78, agónico sin que aún lo supiera, cuando en medio de la dictadura de Jorge Rafael Videla desoyó el mandato de no cantar aquella Zamba de mi esperanza que había hecho famosa en el mundo estero. “Si el pueblo lo pide, yo canto”, dicen que dijo. Y hasta en el centro clandestino de detención La Perla escucharon su interpretación. Son famosas las declaraciones de Teresa Maschetti -secuestrada y detenida en ese entonces en el centro de detención clandestino La Perla, en Córdoba- que ante la CONADEP contaría años más tarde que un teniente coronel dijo que había que matarlo para que sirviera de amedrentamiento. Unos días después fue el choque en Tigre y, entre versiones cruzadas, celebraron los oficiales.

Por esas declaraciones la familia comenzó ahora a cuestionar la versión oficial. “Siempre pensamos que fue un accidente -dice Yamila-, y así nos lo corroboró su amigo que lo acompañaba: Fermín Gutiérrez. Más acá, en el tiempo, hubo testimonios de mujeres que habían estado secuestradas en La Perla y decían que habían escuchado a los militares decir ‘a Cafrune hay que matarlo’. Es por eso que, al día de hoy y en mi caso en particular, comencé a dudar de ese ‘accidente’ y busqué un abogado para que me ayudara con este asunto”, dice su hija.

Pero antes de su muerte Cafrune fue puro vértigo. Mucho antes de que se acuñara la idea de globalización ya había conquistado, a base de impronta regional, los escenarios de Europa. Hay, en ese archivo inabordable que es la web, un video de principios de los ’70, a color. Se puede ver en Youtube. El cantor, con su magnetismo, como un gaucho que devuelve años de colonización, seduce a Raffaela Carrá, que lo presenta en su programa de TVe, en Madrid. Hablan de qué lindo trío son Italia, España y Argentina; y el Turco, pícaro, le contesta: la bonita eres tú. Carrá hace una finta, le elogia su traje gauchesco y él, veloz, le dice que le va a cantar un poema de Miguel Hernández pero que antes, un homenaje, y se pone a cantar la ‘Zamba de mi esperanza’. Voz profunda, rasgueo suave.

Ocho años después, ya instalado nuevamente en Argentina, sería aquello del desafío a la dictadura desde el escenario de Cosquín. No era caprichoso, era -como dice su hija- “coherente”. Y bromista. Y sensible. Toda una vida en aras de un canto popular, de una voz que expresara los padeceres y añoranzas de su pueblo. Creía en la unidad latinoamericana. En la defensa de lo autóctono sin agraviar lo ajeno.

El 2 de febrero de 1978 la tapa de los diarios argentinos se repartía, casi a partes iguales, entre los anuncios por la cumbre binacional entre Videla y su par chileno, Augusto Pinochet, a un lado; y la “trágica muerte de Cafrune”, al otro. Un día después, las fotos del multitudinario sepelio tomaron las tapas por asalto: era un músico prohibido, maldito para la Triple A y para la dictadura, pero aún así, quizás por eso incluso, popular.

La última entrevista, días antes de partir en el viaje en el que perdería la vida y se volvería inmaterial pero trascendente, la concedió por radio al programa ‘Un alto en la huella’, de Miguel Franco. Allí leyó un poema de José Pedroni, Quinta Luna, para honrar a su esposa, embarazada entonces de su sexta hija, que nacería apenas un mes más tarde. No la vería pero no podía saberlo. Bromeaban, entonces jocosos, sobre aquellos que no creían en su travesía. Él, siempre poético, contestó: “A mí me controlan los que viven a la vera de los caminos, pero como no tienen ni medios ni periodismo, no lo escucha nadie. Si quieren verme, que me sigan el rastro”. Iba hasta Yapeyú pero no llegó. Su muerte fue un aullido en medio del silencio.

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