Kenneth Kemble: el gran pintor argentino que cayó en el olvido

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Por Gabriel Tripodi

Kenneth Kemble frente a uno de los objetos expuestos en “Arte destructivo”, Galería Lirolay, en 1961 (Jorge Roiger)

“La pintura no ha muerto. Yo estoy vivo”, dijo el artista Kenneth Kemble en respuesta a cierta crítica de los 60 y 70 que afirmaba el fin de la práctica pictórica en la Argentina. Maestro de maestros, Kemble abrió las puertas de un nuevo tipo de arte que rompió con las reglas del arte tradicional.

Experimentando con el propio lenguaje, formó parte de quienes sentaron las bases de lo que se conoció como “informalismo”, entre ellos, Alberto Greco, Noemí Di Benedetto, Luis Alberto Wells. Desde allí, introdujo la utilización de elementos extra artísticos para producir muchas de sus obras: chapas, papeles de lija, clavos, trapos rejilla, vidrios, frazadas, etc. Algo así como lo que Antonio Berni haría con su serie de Juanito Laguna. Su trabajo disolvió los límites de los géneros artísticos y, así, instauró una nueva visión que se tradujo en la producción de otro tipo de objetos, instalaciones y arte de acción, como las performances.

Kenneth Kemble fue uno de los fundadores en la Argentina de lo que algunos expertos consideraron, entonces, como “la gran ruptura” en pos de la total espontaneidad.

Nació el 10 de julio de 1923, en Buenos Aires. Más allá de todos sus viajes en el exterior, la localidad de Martínez fue su lugar en el mundo: allí vivió desde su infancia. A partir de la década de los 50, comenzó a estudiar pintura con Raúl Russo; luego con André Lhote en París, y a conocer la obra de los grandes maestros en los museos europeos. Produjo sus primeros óleos y collages con aquellos elementos cotidianos, siempre con la idea de poner en acto otro tipo de lenguajes.

La muestra “Arte destructivo” fue un hito del arte argentino

De ahí surgieron las obras de Paisajes suburbanos y, en 1961, la muestra Arte destructivo en la Galería Lirolay, que representaron el quiebre tan buscado y el cual dio paso al conceptualismo en el Argentina: ese arte que se desarrolla en la idea y no en su materialidad, en el que se inspiraron –y continuaron– otros artistas de renombre durante los convulsionados 60 y 70, en el Instituto Di Tella –bajo la guía del crítico Jorge Romero Brest– y en el Centro de Arte y Comunicación (CAyC), como Marta Minujín, Nicolás García Uriburu o Víctor Grippo.

Una de las preocupaciones de Kemble fue liberar la imaginación. Así es como empezó una búsqueda de métodos que le permitiera salirse de lo ya conocido; alejarse de lo racional, acercarse a la libre asociación de ideas. Se dice que en la década del 60 conoció las teorías del psicólogo William Gordon, quien planteaba el uso consciente de determinados procesos psicológicos a la hora de crear y producir. Esa liberación está más que presente en cada una de sus obras.

Si bien en 1963, el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires (MAMBA) realizó la primera exposición retrospectiva de su trabajo y, luego, el Museo de Arte Moderno de Miami llevó a cabo una muestra individual, hasta el momento no hubo otro intento de reconocer a este artista como el pionero que fue. Para los 25 años de aniversario de arteBA, en 2016, el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires y el Distrito de las Artes presentaron la reconstrucción del mural que hizo Kemble en 1960, durante la Exposición Internacional del Automóvil en la Sociedad Rural Argentina. Al cierre de la edición de la feria se acordó instalar, de forma itineraria, el mural en diferentes lugares de la Ciudad de Buenos Aires, pero hace dos años que continúa guardado. ¿Por qué a 20 años de su muerte todavía hay quienes olvidan a este grande del arte argentino?

El sofа de mi abuela – Acrílico sobre tela – 160 x 200 cm – 1981

“No creo que haya una reivindicación de la obra de mi padre. Y, si la hay, recién está comenzando para darle el lugar que históricamente le corresponde; pero falta muchísimo. Quizá, porque siempre tuvo muchas diferencias con el poder. Era un tipo que tenía un gran compromiso y jamás transó con nadie”, expresó Julieta, la segunda hija de Kemble, de su cuarto y último matrimonio. Encargada de custodiar y difundir el legado artístico de su padre, Julieta Kemble no deja de trabajar para hacer circular la obra de uno de los artistas más destacados de la Argentina que, este 30 de abril, se cumplieron 20 años de su fallecimiento.

Y agregó: “Sus obras fueron iniciadoras. Muchos artistas de los 60 y 70 comenzaron a producir a partir de esas propuestas. Fue un pionero y quienes lo valoran de verdad son los propios artistas y muchos teóricos de la Universidad”. En 2014, Julieta donó la pieza El rey de los pordioseros al Museo Nacional de Bellas Artes, además de uno de sus primeros collages. Se trata de un ejemplo de arte informalista que Kemble creó en aquella época de cambios.

“El rey de los pordioseros”, de Keneth Kemble

Sin embargo, la situación en el exterior parece ser un tanto distinta. Hasta el 2 de abril de este año, estuvo abierta en Alemania la muestra Historia de dos mundos: un diálogo entre la colección del MMK y la historia del arte experimental latinoamericano, 1944-1989, organizada entre el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires (Mamba) y el Museo de Arte Moderno de Frankfurt, con la idea de poner en diálogo ambas colecciones. De parte del arte latinoamericano, Kemble estuvo presente a través de su obra Gran pintura negra, para entablar un juego de lazos y relaciones nada menos que con una pieza de Roy Lichtenstein. Con la curaduría de Victoria Noorthoorn y Javier Villa (Mamba) y Klaus Görner (MMK), la participación de Kenneth Kemble nunca estuvo en discusión. Y hay muchos otros proyectos que su hija Julieta está a punto de concretar; porque, como ella misma sostiene, la única forma de hacer crecer y valer el arte argentino es con la posibilidad de mostrarlo. En julio de este año, la exposición llegará al Mamba.

Aquí, la localidad de San Isidro también hizo lo suyo: en honor a la trayectoria del artista, lanzó el año pasado la primera edición del Premio Artes Visuales Kenneth Kemble. “Este premio, además de un merecidísimo homenaje a ese gran artista que vivió en Martínez y renovó el lenguaje artístico de la Argentina desde fines de los años 50, pretende premiar la investigación, la experimentación y la innovación, a esos artistas que empujan los límites un poco más allá”, explicó Eleonora Jaureguiberry, subsecretaria general de Cultura de la Municipalidad de San Isidro.

Retrato de Kemble, por José Antonio Berni

No son pocos los que todavía están esperando una gran exposición que muestre la fuerza y radicalidad de este artista insoslayable; una exhibición especial, de quien supo marcar el comienzo de un nuevo tiempo en el arte nacional, con algunas de las primeras ideas que se convirtieron en lo más contemporáneo de la escena artística argentina.

Entre el pincel y la Underwood

Kenneth Kemble no solo logró abrir puertas desde su producción en las artes visuales, sino también a través de la palabra. Y es que entre 1960 y 1972, fue el crítico de arte del diario argentino en habla inglesa, Buenos Aires Herald. Allí analizó y expresó, a través de una pluma auténtica e incisiva, el panorama artístico de su tiempo; ayudó a catapultar la obra de muchos de sus colegas y a presentar un posible escenario de lo que estaba sucediendo en aquel pasaje de lo moderno a lo contemporáneo: creó una poética crítica para dar batalla a favor de aquella transformación plástica.

Su gran sueño como escritor, quizá, comenzó con la publicación del libro La gran ruptura, que recién vio la luz en 2000, con texto de Julio López Anaya y Marcelo Pacheco. Se trata de un proyecto editorial que Kemble comenzó a diseñar y su hija Julieta terminó de realizar. Allí, el artista hizo un recorte histórico de 1956 a 1963, para instaurar una lectura renovadora de las vanguardias y reactualizar aquello que los artistas latinoamericanos fueron creando y relaborando, a partir de ciertas apropiaciones de las artes que venían del norte. “Mi papá escribía todas las noches. Después de pintar, escuchar música con ese oído absoluto que tenía, pasaba muchas horas con la Underwood”, compartió Julieta. Y agregó: “Sabía que había otra faceta más para compartir: la del crítico”.

De allí surgieron dos tomos con todos los textos que fueron publicados en el Herald y otros tantos de catálogos de exposiciones, conferencias, entrevistas y correspondencias: Entre el pincel y la Underwood y Escritos. Kenneth Kemble. El crítico chileno Justo Pastor Mellado estuvo diez días en el archivo del pintor y no había nada por hacer, solo publicar. Su hija concluyó: “Realmente me gusta mostrar todo eso que era Kemble, toda su faceta literaria y poética, musical, política. Era muy amplio y escribió de cuanto lo movilizaba. En su época, el artista cumplía muchos roles: pintor, crítico, curador. Él lo hizo todo y siempre con pasión”.

Actualmente, Julieta Kemble está preparando un documental sobre la vida y obra de su padre no solo a modo de homenaje, no solo para preservar y continuar difundiendo sus creaciones que marcaron un nuevo rumbo en la plástica argentina, sino también para combatir el olvido: ese miedo tan grande como humano.

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