Las escalofriantes historias de violencia de género en la Argentina colonial

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Si consideramos que a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX las mujeres estaban destinadas a una vida de puertas adentro, que las decisiones sobre su presente y su futuro recaían en el padre para las solteras y en el esposo para las casadas, y que ellos definían los parámetros de la decencia y el honor familiar que sus mujeres debían encarnar, no sorprende que la violencia fuera corriente, uso y costumbre de la época como método de aleccionamiento y disciplina. Por todo esto, fue un elemento presente y muchas veces preponderante en la vida cotidiana, en sus diversas manifestaciones: violencia física, verbal, emocional y privación de derechos.

Sería un error interpretar ese dominio patriarcal como una garantía de docilidad o de absoluta sumisión por parte de las mujeres. No todas eran ajenas a la oposición y a la transgresión del poder. En los archivos judiciales de la época colonial han sobrevivido casos de mujeres que se rebelaron ante la violencia sufrida e hicieron todo lo posible para conseguir justicia o, al menos, para que esa violencia no pasara inadvertida.

La presa solidaria
En 1791 Córdoba era una de las ciudades más importantes del Virreinato del Río de la Plata debido a su gran producción de mulas y ovejas destinadas a la ciudad de Potosí. Esta y todas las actividades comerciales de la pujante ciudad estaban, por supuesto, preponderantemente en manos de los hombres. Una mujer, María Ochoa, se encontraba presa en esa ciudad por haber matado a su marido. Durante su encarcelamiento, María Ochoa intentó apuñalar al alcalde de la prisión, Vicente Crespillo, que había tratado de violar a una de sus compañeras. La información nos llega a través de la testigo Margarita Montiel, que declara después del hecho:

…estando acostada en su cama fue a la hora de la siesta a cerrar la puerta entrándose a la vivienda enderezó donde estaba, con lo que se levantó, sentándose [el Alcaide] en la cama y agarrándola empezó a jugar con ella excediéndose hasta meterle la mano por debajo de las rodillas hasta llegar a la rodilla y entonces llamó a la dicha María Isabel Alanis a efecto de que la socorriera, lo que ocurrió inmediatamente y a ambas dos las tendió en la cama con empellones y principió con ésta a los tirones, escapándose la declarante en este intermedio de que resultó se diese un golpe en el ojo impensadamente por estar como ciega y aunque no vio a la referida Alanis con las polleras alzadas, se lo ha dicho María Ochoa que se levantó a taparla según que así lo ejecutó y puesta ya de pie la citada Alanis, sosegado el Alcaide hablando con la declarante profirió la proposición de tengamos acto aunque la palabra con que se explicó fue obscena e impropia que todas eran unas putas y que de esto nada ignoraban a cuyo tiempo hizo la acción y ademán de echar el cuerpo para atrás, poniendo la mano sobre la bragueta y a este tiempo la mencionada Ochoa practicó la de querer incarle con unas tijeritas, que no sabe si lo alcanzó o no, pero incontinenti le descargó varios vergajazos de que le hirió en la cabeza y le lastimó un brazo por querer atajarse…

Gracias a este testimonio llegamos a la conclusión de que no solo había mujeres que sabían defenderse ante un claro caso de abuso de poder, sino que además estaban dispuestas a arriesgar su integridad física en defensa de una compañera.

La reclusa Margarita Montiel dice:

…estando acostada en su cama fue a la hora de la siesta a cerrar la puerta entrándose a la vivienda enderezó donde estaba, con lo que se levantó, sentándose[el Alcaide] en la cama y agarrándola empezó a jugar con ella excediéndose hasta meterle la mano por debajo de las rodillas hasta llegar a la rodilla y entonces llamó a la dicha María Isabel Alanis a efecto de que la socorriera, lo que ocurrió inmediatamente y a ambas dos las tendió en la cama con empellones y principió con esta a los tirones, escapándose la declarante en este intermedio de que resultó se diese un golpe en el ojo impensadamente por estar como ciega…

Su relato nos muestra el lugar del hombre y de la mujer en la sociedad patriarcal de 1791 en general y, más específicamente, en un lugar donde no había escapatoria: una cárcel. En esa circunstancia, el abusador se encontraba en una posición de poder por el mero hecho de ser hombre, un poder que aumentaba por ser el alcalde de la prisión.

Por otra parte, Margarita Montiel dice que:

…el Alcaide hablando con la declarante profirió la proposición de tengamos acto aunque la palabra con que se explicó fue obscena e impropia que todas eran unas putas y que de esto nada ignoraban a cuyo tiempo hizo la acción y ademán de echar el cuerpo para atrás, poniendo la mano sobre la bragueta…

Esta declaración avala la afirmación de que la violencia ejercida hacia las mujeres abarcaba la agresión física, verbal, emocional y la privación de derechos. Cuando Vicente Crespillo se abalanzó sobre estas mujeres, también dejó en claro que lo hacía porque “eran todas unas putas y de esto nada ignoraban”. Con esta frase, Crespillo, el victimario, pone la responsabilidad de la violación en las víctimas.

En defensa de las agredidas aparece en escena María Ochoa:

…y a este tiempo la mencionada Ochoa practicó la de querer incarle con unas tijeritas, que no sabe si lo alcanzó o no, pero incontinenti le descargó varios vergajazos de que le hirió en la cabeza y le lastimó un brazo por querer atajarse…

El testimonio de Margarita Montiel da cuenta de una situación de violencia y subordinación. Pero también nos permite ver atisbos de solidaridad entre las reclusas, más allá del peligro para la propia seguridad y la propia vida. Al salir en defensa de una compañera, María Ochoa se niega a subordinarse a la sociedad patriarcal, y lo logra, aunque más no sea por un instante.

El extracto forma parte del libro “La historia argentina contada por mujeres”, de Gabriela Margall y Gilda Manso (Ediciones B)

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