Natalia Oreiro: "Vivo en crisis, todo el tiempo estoy recalculando hacia dónde ir"

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“Fue muy liberador hacer este personaje, me siento re identificada”, confiesa Natalia Oreiro sobre Pilar, la mujer que interpreta en la película Re Loca. Tras soportar una suma de desplantes, maltratos, faltas de respeto y cosas que salen mal, Pilar explota de una forma muy divertida, y experimenta una transformación mientras lucha por encontrar el equilibrio y descubrir quién es, al fin.

“Socialmente nos formateamos para aguantar, para lo que no nos hace sentir bien: ‘Ya va a pasar, es así, me da un poco de miedo…’ -reflexiona la actriz, en el estudio de Teleshow-. En ese sentido, el miedo nos encamina hacia un lugar sin salida. Es como una bomba de tiempo. Hay gente que se enferma por no hablar, que pierde relaciones por no saber cómo decir las cosas, y termina explotando de una manera que quizás no es la deseada”.

reflexiona la actriz en el estudio de Teleshow feliz con el lanzamiento de la pelicula que la acerca nuevamente a la comedia en la pantalla grande.

Todos tenemos ganas de decir lo que sentimos en el momento, sin ningún tipo de bozal, sin filtro. El tema es que la consecuencia de eso también es fuerte. A Pilar no le queda otra que sacarse todo de encima y les va diciendo, uno por uno, lo que le va pasando en el momento que le va pasando, en situaciones muy bien logradas desde lo cinematográfico”, cuenta Natalia, que en la ópera prima de Martino Zaidelis, comedia que la acerca nuevamente a la comedia, está acompañada por Fernán Mirás, Diego Torres, Gimena Accardi y Hugo Arana, entre otros.

Re Lola fue muy bien recibida en las funciones privadas realizadas para la prensa, y promete ser uno de los éxitos del cine nacional en este 2018. “De alguna manera la película muestra la definición del yo, de quién es uno, de lo que uno quiere para su vida”, agrega su protagonista.

El 5 de Julio llega a los cines la nueva película de Natalia Oreiro

—¿En qué momento vos te encontraste con la que querías ser?

—Me voy buscando todos los días. No creo que exista un momento donde uno diga “Ya está, soy esto”. Con los años uno se acerca más a la persona que interiormente quiere ser. Nos damos cuenta rápido de personas que no nos hacen bien o decisiones que quizás tomamos negando la realidad, muchas veces uno se convierte en una persona negadora y es algo vicioso. “No salgo de esto por tal o cual cosa”. Es una búsqueda, es una construcción, es tener muchas ganas, es ser sincero; la sinceridad también es muy liberadora. Siempre fui una persona muy espontánea, de mucho carácter. En general, no soy de las que se callan por miedo. Pero sí soy un poco negadora de ciertas situaciones, debo reconocer. Los años me han ayudado a no querer hacerme la boluda, porque sí soy inteligente y me doy cuenta.

—Igual me cuesta imaginarte enojada como la vemos a Pilar.

—Lo que más me costó del personaje son las malas palabras. Uno ve el tráiler y es muy divertido, pero la peli es mucho más linda, es muy tierna: no es la historia de una chica que de repente explota y putea a todo el mundo. Yo, que en mi vida no soy de decir malas palabras, ensayaba un montón y me escondía en mi casa porque mi hijo no podía escucharme. Ahora que vio el afiche me dice: “Vi el afiche donde estás con el dedito así” (risas). Entonces digo: “Bueno, es el trabajo de mamá”. Sí soy a veces un poco irónica cuando me molesta algo, como que la acidez me resulta algo cercano para contestar. Y no creo que sea la mejor de las opciones, porque no se entiende.

—Es un recurso más sano que incendiar un auto, como pasa en la película.

—Absolutamente, sí. Sí porque, si no terminás presa (risas). Es menos violento, habría que hacer alguna técnica así para sacarse el estrés de ir rompiendo autos por la calle o incendiarlos.

—Bueno, hemos visto algunos casos, no de incendios pero sí de situaciones límite cuando alguien estaciona en la puerta de una cochera, por ejemplo.

—Sí, todo el tiempo. De repente tenés una urgencia y no podés salir. La calle te genera violencia, inevitablemente. Yo, por ejemplo, no manejo y todos me dicen: “¿Cómo no manejás? ¿No sabés manejar?”. Sí, dos veces saqué el registro por mi trabajo porque he hecho personajes que tenían que manejar. Pero tomé la decisión de no manejar porque es tan imprudente la gente, nunca se ponen en el lugar del otro. Voy en taxi, en remise y listo, que se enoje el de adelante. Ando mucho en bicicleta y a veces incluso las bicicletas son bastante imprudentes; las motos también. Me sucede cuando estoy en un avión: aterriza, y antes de que se vea el anuncio de sacarse el cinturón la gente ya se para en la cola de Migraciones, y te pasan por adelante. Y decís: “Hace 18 horas que estás volando, ¿cuánto más rápido vas a llegar?”. Pero bueno, es la ansiedad, que creo que es la enfermedad moderna. Y el no fijarse un poco en el otro.

—Pilar está por cumplir 40 años y el tema aparece en la película. ¿Vos viviste alguna crisis con la edad?

Yo vivo en crisis, no sé si tiene que ver con la edad: todo el tiempo estoy recalculando hacia dónde ir, cómo ir. Eso es sano. Es un poco neurótico pero es sano. Intento encontrar nuevas oportunidades, dejarme sorprender. Soy un poco estructurada en ciertas cosas pero hace un tiempo empecé a soltar, a no ser tan apegada y tan rigurosa conmigo.

—Construiste tu carrera y fuiste creciendo con personajes, ¿los “no” también fueron importantes?

—Aparentemente el no es más difícil que el sí, pareciera que uno tiene el sí fácil por no querer perderse algo o por no caerle mal a alguien. Pero es falso, porque uno no es para el otro sino para uno. Y al menos en mi oficio los “no” construyen mucho más que los “sí”. Sobre todo en determinado momento donde uno ya pudo hacer determinados personajes, y corrés el riesgo de repetirte, de aburrirte. Y cuando te aburrís de esta profesión, que es maravillosa y que sí o sí solamente podés avanzar con la imaginación, con lo lúdico, con la sorpresa, estás acabado. A mí me han tocado personajes muy lejanos a mi propia idiosincrasia, a mi manera de ser, de hablar, incluso en otros idiomas, y es ahí donde la complejidad se me presenta como un desafío y que la frustración aparece rápidamente porque claro, yo quiero que todo me salga ya. Es día a día, metro a metro. Y así crecí. Porque también me lo permitieron y confiaron en mí, pero principalmente porque yo en algún momento siendo muy joven dije: “Esto ya lo hice, no puedo seguir haciendolo porque entonces me voy a perder personajes que tienen que ver con la edad que voy transitando, y luego ya va a ser muy extraño el lugar”. El afuera tampoco te ofrece algo si ve que vos siempre sos efectiva en algo.

—Es muy fácil estereotipar.

—Absolutamente. Por eso para mí volver a la comedia con este personaje de una mujer de mi edad, absolutamente actual, y después de haber interpretado mujeres muy distintas, con una carga dramática muy fuerte como fue Gilda, Wakolda, Infancia clandestina, es para mí una resignificación de la comedia.

Natalia Oreiro junto a Diego Torres en “Re loca”

—¿Hoy tu carrera pasa más por el cine que por la tele?

—La tele cambió muchísimo también y hay muchos formatos para hacer televisión y no necesariamente tenés que hacer un año de televisión, todos los días un capítulo. Que era un poco lo que a mí me alejaba, no porque no me gustara; a mí me encanta la televisión, le debo todo. Lo que me empezó a suceder es la composición de esos personajes sí o sí se tenían que basar en la espontaneidad, y eso tiene un tiempo. Depender solamente de lo que pasa en el momento es peligroso. A mí la tele me gusta mucho pero son muchas horas, un capítulo por día, el rigor artístico.

—O sea, una tira no, pero estos formatos que empiezan a aparecer de unitarios donde se asocian un canal de televisión abierta con uno de cable, con una plataforma de streaming, no lo descartás.

—No. Y tampoco es que diga: “Tira diaria no”. Hay algo en la tele diaria que me divierte, pero teniendo la posibilidad de hacer distintos personajes en películas, no sé si me metería un año a hacer un personaje. Pero lo otro, las miniseries, me parece una muy buena vuelta que se le viene encontrando, con proyectos de muchísima calidad. Y sí, es muy posible.

—En alguna charla me contaste que con Ricardo Mollo se organizan para, en lo posible, trabajar uno o el otro, y que alguien esté muy presente en el crecimiento de tu hijo, Merlín Atahualpa. ¿Eso sigue funcionando así?

—Sí. La maternidad y la paternidad son un trabajo en equipo. Cuando uno puede estar más y el otro menos se deben complementar. Y es maravilloso. De cualquier manera desde hace ya bastante tiempo podemos coincidir los dos. Yo viajo mucho al exterior, pero ellos vienen: a mi hijo le encanta viajar, en la escuela a veces me dan permiso. Nos complementamos muy bien. Sobre todo él, que es un gran compañero. Quizás una película es más difícil poder poner los tiempos que a nosotros nos sirven, porque él de alguna forma, con su banda (Divididos), son ellos los que programan las fechas.

—Hay un equipo que funciona.

—Ahí hay un equipo que funciona, primero porque queremos estar juntos y segundo porque nuestra prioridad, la de ambos, a partir de que nació Atahualpa es él, y su felicidad. Él quiere además estar con los dos. Igual tiene algo bueno mi hijo, que le preguntás: “¿Extrañaste?”. “No, cuando estoy bien no extraño”. Y eso es bárbaro porque no es que necesariamente extraña… Por supuesto que si me voy me extraña, pero no es de los que te hacen un reclamo porque te fuiste, o porque no lo llevaste.

—¿Te permitís ciertas contradicciones con la maternidad?

—Sí. Es que las personas somos contradictorias, y eso es natural. Aprendés todos los días a ser mamá. Cuando era bebé me pasaba más porque era todo desde cero y yo venía con la vorágine mía laboral. El tema también de la lactancia extendida fue algo que disfruté muchísimo, pero hacía dos años y medio que era una teta, más el trabajo. Era muy exigente y no quería equivocarme con su alimentación y con cada cosa. Pero la verdad que él me ha enseñado a ser su mamá, la mamá que él necesita. Y todos los días me enseña.

—¿Qué enseñanza trajo Atahualpa?

—Uff, muchas. Para mí, verlo dormir es algo maravilloso. Sentir que mi hijo está calentito, que se duerme feliz después de un cuento. Poder bañarlo. Verlo dormir en paz es una bendición. Lamentablemente no todos los padres tienen esa posibilidad. Que no tenga preocupación. Esa carga que muchas veces los padres inevitablemente les transmitimos a ellos, la exigencia. Quiero para mi hijo un país sano, un país libre, que él pueda elegir; pero sobre todo quiero una infancia feliz y que él sea niño. Los niños tienen que jugar, tienen que tener tiempo para aburrirse. Él es muy preguntón, es re charlatán. Nosotros leemos mucho, a él le gusta mucho ir a las librerías.

Natalia Oreiro en “Re Loca” (Foto Instagram)

—¿Qué te pasa con el momento que estamos viviendo las mujeres?

Me parece maravilloso que esté sucediendo. Realmente es el siglo de nuestros derechos. Creo que es un movimiento mundial, que por suerte Argentina no ha quedado ajena. Y me siento también protagonista como todas las mujeres de esto que se está gestando. Y como los hombres, porque para mí no es algo que los deja afuera sino que los incluye. Los necesitamos para que esa transformación sea real, duradera y concreta. Si no, es algo que nos pasa a nosotras, y estamos aprendiendo tanto las mujeres como los hombres, porque fueron muchos años de desigualdades, muchos años de que nuestras propias madres nos criaron con algunos dogmas machistas. Eso en algún lugar está en nuestra idiosincrasia, en nuestra forma de repetir modismos obsoletos absolutamente, y entonces aprendemos juntos.

—¿Qué opinás sobre el proyecto de legalización del aborto?

—Me parece que es algo que se tenía que dar desde la democracia, desde el diálogo, desde justamente escuchar al otro. Creo que es muy hipócrita pensar que si la ley no saliera eso no va a suceder: el aborto existe desde siempre. Creo que ninguna mujer va contenta a abortar. Creo que es legal o clandestino, pero la realidad es que el aborto existe. Y es fundamental la educación sexual para no terminar en un aborto.

—¿Fue más complicado el recorrido por ser mujer?

—No, en mi caso no. Pero creo que mi caso, como el de otras mujeres, fue una excepción. Nunca sentí que por ser mujer tuviera menos oportunidades o fuera menos escuchada. En mi caso particular creo que hoy soy más escuchada no por este movimiento femenino sino porque tengo una trayectoria que, si bien en algún momento me terminaban escuchando porque me hacía escuchar, esas decisiones que fui tomando o esas cosas que quise ir haciendo para mejorar mi trabajo, funcionaban. Siempre he participado activamente desde las ideas, de los programas o las películas hasta la gestación. Y tuve la suerte de trabajar con gente muy piola, muy abierta, desde (Alejandro) Romay hasta (Adrián) Suar, (Gustavo) Yankelevich. Mentiría si te dijera que por ser mujer me han pagado menos o no me han escuchado. Es una excepción igual, porque mis amigas actrices no corren con esa suerte.

—¿Qué país estás viendo?

—Es un momento muy duro, quiero que nos vaya bien a todos. Está dificilísimo, es muy triste. Yo no vivo adentro de una burbuja. Mis compañeros actores, amigos que se dedican a otra cosa, la calle, las noticias: es muy triste. Sobre todo teniendo un país tan rico, tan grande. Todos queremos que nos vaya bien, pero para eso hay que tomar buenas decisiones. Es un momento muy difícil.

—¿Qué mundo y qué país le querés dejar a tu hijo?

—Un mundo de libertad. Un mundo con la menor contaminación posible. Un mundo de juegos, de realidades, porque no quiero dejarle un mundo de utopías. Uno puede cambiar su mundo, es difícil cambiar el mundo entero, pero creo que cuando las sociedades se unen, en este caso las mujeres, transforman cosas y se hacen las verdaderas revoluciones, que son las ideas, eso no muere nunca. Cuando uno es consciente del poder que tenemos como seres humanos de decir “Hasta acá”, desde la paz y desde el diálogo se pueden transformar y conseguir cosas maravillosas. Yo soy una pacifista, naturalmente. Creo que se puede llegar a un punto de equilibrio y acuerdo con dos personas que no piensan igual. Para el bien común es fundamental, no existe “Me salvo yo solo”, cuando somos parte de un todo.

—Fue muy importante lo que hiciste en ese sentido en Rusia, cuando fuiste a una radio con la bandera LGTB. Está buenísimo porque sos una referente muy importante en un país que te adora, y donde algunas minorías de la sociedad la pasan muy mal.

—Acá también la pasan muy mal. A veces creemos que estamos muy avanzados en ciertos derechos y no es tan así. En algunos sí y en otros estamos muy lejos de otros países. Por ejemplo en el tema del aborto, que Rusia lo tiene hace más de 100 años. Sí creo que visibilizar ciertas cuestiones desde un lugar hace que la gente no se sienta sola, se entere. Por algo también soy embajadora de UNICEF. Soy de incorporarme a causas sociales que necesitan la visibilización de ciertas cosas.

—Le ponés el cuerpo.

—Sí, es una necesidad que tengo. A mí me encanta mi profesión y sentarme acá a hablar de esta película, pero me parece que sería como la mitad del vaso si yo no utilizara también ese espacio que se me da para hablar o para visibilizar ciertas situaciones de personas más vulnerables que yo. Vos me preguntabas a mí si yo había vivido determinadas situaciones, y la verdad que te mentiría si te dijera que sí, pero no por eso puedo dejar de reconocer que no es lo común y no es lo que sucede. Por eso he ido a las marchas de Ni Una Menos, y he participado activamente con la canción (por “La marea feminista”). A mí no me sucedió pero yo soy parte de esta sociedad.

—¿Qué es la felicidad para vos?

—Disfrutar lo que tenés. Eso. Uno es rico cuando lo que tiene es lo que necesita, y que con eso te alcance.

—¿Vos sos feliz?

—Yo soy feliz, sí. Yo disfruto mucho de la puesta del sol, del amanecer, de ver crecer un árbol, de abrazarme a un árbol, de estar descalza en el pasto. Para mí esas son grandes cosas, no son pequeñas cosas. Por supuesto, hacerlo con Ricardo y con Atahualpa es el combo completo. Y me emociona cuando alguien que está en una situación vulnerable ayuda a otro que está más vulnerable todavía. Entonces digo: “Guau, qué grandeza de espíritu”. Esa gente que la tiene complicadísima realmente, y sin embargo es un ejemplo de vida.

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