Nuestros chicos de la guerra de Malvinas

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Hoy se cumplen 36 años desde que un general delirante y con expectativas políticas mandó a morir a miles de chicos a una guerra que no debería haber sucedido.

Este aniversario es especial, porque además se logró la identificar, a través del ADN de sus familiares, los restos de 90 soldados, sobre un total de 120, que ahora tienen una tumba con su nombre y su apellido, y cuyos parientes, a le vez, pueden ir a visitar, si quieren recordarlo y homenajearlo.

Ayer, las autoridades del Canal Encuentro, que hicieron uno de los documentales más sentidos y bellos que hasta ahora vi sobre Malvinas, me enviaron seis micros de testimonios de 5 mamás y una hermana, quienes recordaron a sus hijos y de su hermano, y los hicieron muy concretos y visibles, como si todavía estuvieran aquí.

En el medio de la emoción y la congoja, pude confirmar algo que ayer me contó el ministro Hernán Lombardi, responsable del sistema de medios públicos.

En la mayoría de los casos, los militares de la dictadura no les informaron a las familias que su hijo estaba siendo llamado para ir a la guerra. Tampoco las mantuvieron al tanto de cómo estaban sus vidas y ni siquiera tuvieron la delicadeza ni la humanidad para contarles, como se debe, que su hijo había muerto en combate, como un héroe. En combate o en cualquier otra circunstancia. Para el caso no importa demasiado.

Quiero decir: en esas seis historias, y todas las demás, está resumido el desprecio por la vida del otro que tenían los generales incompetentes de la guerra, los generales delirantes de la dictadura militar argentina.

Ayer, durante los últimos minutos de La cornisa, vimos junto nuestros invitados, Santiago Kovadloff, Lombardi, y los periodistas Pablo Sirvén y Alejandro Alfie, el micro con la historia de José Antonio Reyes Lobos, narrada por su propia madre, una mujer humilde y directa, que contó al equipo del documental como lloró durante todos estos años, hasta quedarse sin lágrimas.

Y Kovadloff dijo después algo que siguió repiqueteando en mi cabeza durante toda la noche. Y también esta mañana.

“Para empezar a curar la inmensa herida, para empezar a curar el inmenso dolor, tenemos que a admitir que no son los chicos de la guerra, sino que fueron y siguen siendo nuestros chicos. Tuyos míos y de cada uno de nosotros”.

 



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