Por qué Macri ve una oportunidad en la salida de Emilio Monzó

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Emilio Monzó, presidente de la Cámara de Diputados

Mauricio Macri aceptó mansamente la decisión de Emilio Monzó de no volver a postularse para la Cámara de Diputados en el 2019, es decir, de prescindir del talento de una espada sustancial para la construcción del consenso político en la Cámara de Diputados, por dos razones. Primero, porque está seguro de alcanzar la mayoría en su segundo mandato. Segundo, porque cree que en esta etapa de su vida pública necesita uniformar el Gobierno para llegar lo mas rápido posible a donde él quiere, hacia lo que él supone posible, a un país normal. Todo lo diverso, aquello que cuestiona el camino que tomó, lo distinto que ingresa en su discusión cotidiana, lo distrae de sus objetivos y sus modos. No le interesa el debate ni la conversación, sólo está obsesionado por la realización.

Si Macri al día siguiente de ganar las elecciones aceptó el alejamiento de Nicolas Caputo, su hermano de la vida y socio imprescindible en el ascenso al poder, cómo se va a inquietar con el alejamiento de Monzó, alguien que todo el tiempo le recuerda que las cosas no están tan bien como se la pintan el triángulo del poder nacional, Marcos Peña, Mario Quintana y Gustavo Lopetegui, esa geometría perfecta donde reina la felicidad y lo malo, cuando acontece, es porque no se puso el empeño suficiente para lograrlo.

Hubo quien pensó que era posible que, en caso de reelección, cambiara el esquema de gestión en Cambiemos y Monzó fuera al Ministerio del Interior y Rogelio Frigerio al Ministerio de Economía. “Nada más alejado al esquema de poder, a Mauricio le encanta cómo tiene armado el Gobierno y nadie le va a cambiar la idea. Ya va a encontrar alguien con quien reemplazar a Emilio, pero seguro que no es ninguno de los que está sonando ahora“, dijo un amigo que lo conoce mucho.

O sea, ni serían el hoy ministro de Seguridad de la provincia de Buenos Aires Cristian Ritondo, ni el vicejefe de Gobierno porteño Diego Santilli. Así es que empiezan a sonar grandes personalidades como Alfredo Cornejo, actual gobernador de la provincia de Mendoza que le armó un flor de lío al Gobierno al plantear públicamente sus disidencias, obligando a la oposición peronista a salir al toro.

En Mendoza aseguran que el también presidente de la UCR es el verdadero padre del grupo de “los radicales K” que llevó a Julio Cobos a la vicepresidencia con Cristina Kirchner y en el 2015 fue uno de los que más trabajó para que los radicales en Gualeguaychú aprobaran el acuerdo con el PRO. Sin posibilidad de reelegir, Cornejo busca su destino.

El poder es así, no resiste el vacío. A rey muerto, rey puesto. Ya son varios los que empiezan a ponerse el traje. “Si hasta Alberto Pierri fue presidente de la Cámara, ¿qué imprescindible puede ser Monzo para Macri?”, se preguntó frente a Infobae un dirigente que no quiere al actual presidente de la Cámara. Finalmente, dice, se trata de “un peronista que se la creyó y pensó que podía darnos cátedra de política, como si el poder fuera de él

No es que ser peronista o no serlo no es un “pasa o no pasa” dentro de Cambiemos. Hay varios peronistas en la coalición aunque, es verdad, no muchos. Ritondo, Santilli, Gerónimo “Momo” Venegas (que murió) y Joaquín De la Torre, un funcionario con poca decisión en la gestión bonaerense, y alguno más. También es cierto que Monzo quiso desde un principio del Gobierno atraer a peronistas, pero siempre la estrategia de Peña fue “no romper con la imagen de lo nuevo”. Florencio Randazzo, que estuvo cerca de ser parte, no calificaba en ese paraguas.

Además, al ex intendente de Carlos Casares le achacan haber promovido la alianza con Sergio Massa para el 2015, proponiéndolo como candidato a gobernador, para asegurar la victoria. Esta cronista, que cubrió para Infobae esos entretelones, no está tan segura de eso. Si fuera así, no era el único. Santilli y Horacio Rodríguez Larreta invocaban esa alianza con más convicción. La diferencia de Monzó con esos dirigentes es que ellos son de Capital, no compiten con María Eugenia Vidal.

Monzó, con su talento inusual y sus caprichos “anti-timbreo”, juntó demasiados enemigos internos. Vidal, Federico Salvai y Jorge Macri (todos jugadores en la provincia de Buenos Aires, territorio que el presidente de la Cámara conoce a la perfección)  y hasta Carolina Stanley, porque en su tiempo corrió el rumor de que prestendía llevar a Martín Insaurralde como ministro de Desarrollo Social. Como si fuera poco, también se distanció de Peña, con quien había e competido en la campaña por el acceso directo a la intimidad del Presidente y por la facilidad que ambos tienen de ordenar lo desordenado.

El desapego de Macri para prescindir aún de los que se creen imprescindibles es parte de su personalidad. Está demostrado que su cuero es duro y capaz de resistir lo indecible. Por eso llegó a Presidente. Sin embargo, a nadie se le ocurre que pueda alejar al Jefe de Gabinete, que interpreta como nadie sus verdaderos deseos.

Hay quienes creen, sin embargo, que la partida de Monzó en el 2019 será el principio del fin. La terquedad de Macri por lograr la uniformidad de acción y opinión, propia de los gobiernos que están de salida, es parte de un diagnóstico: que la mayoría del electorado está en contra de todas las corporaciones políticas. Hace un populismo “antipolítica” del siglo XXI, construyendo poder con los prejuicios de las mayorías en contra del Congreso, la justicia, los sindicatos, la política en general. Como hasta ahora, Macri buscará crecer con los que están fuera del registro, outsiders del poder a los que va formando para que manejen su “ego” y no se crean dueños de nada.

Tal vez lo logre. Un amigo del Presidente asegura que “el factor suerte siempre lo acompaña”. Tal vez fracase. En ese caso, es probable que acepte modificar su Gobierno centralizado y unánime, donde sólo es posible el optimismo y nadie se anima a decir lo que verdaderamente piensa. El propio Macri pudo constatarlo cuando le pidió a los ministros en la última reunión de Gabinete que digan lo que tienen para decir, que no se callen lo que piensan. La respuesta fue contundente. Nadie abrió la boca.

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