The Buenos Aires affair

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Hace unas pocas semanas en una de sus columnas dominicales Joaquín Morales Solá señaló que dentro del gobierno hay quienes, ante la eventualidad de una derrota en la provincia de Buenos Aires, prefieren que sea ante Cristina Kirchner antes que con Sergio Massa, o menos probablemente, Florencio Randazzo: “Un macrista que suele merodear las decisiones políticas lo explicó sin dar muchas vueltas: ‘Si hay que perder, es preferible perder peleando contra Cristina’ […] Si fuera ella la que ganara en la homérica provincia, la renovación peronista se postergaría por muchos años. Cristina no puede ser presidente de nuevo porque sencillamente la rechaza casi el 60% de la sociedad. El camino de la eventual reelección de Macri en 2019, en cualquier caso, se despejaría notablemente”.

El razonamiento parece a primera vista inobjetable. Cristina es un factor de discordia dentro del peronismo, que aún no digiere la derrota de 2015 y atraviesa así una crisis de liderazgo. Lo nuevo no termina de nacer, lo viejo se resiste a morir. Una Cristina vencedora en la provincia de Buenos Aires obturaría el surgimiento de un nuevo liderazgo en el peronismo, capaz de desafiar al gobierno en las urnas en 2019. El peronismo permanecería fragmentado, facilitando una eventual reelección de Mauricio Macri, en tanto que Cristina sólo mantendría el voto de su núcleo duro de apoyo.

Sin embargo, creer que un triunfo de Cristina en la provincia de Buenos Aires es un hecho inocuo, libre de consecuencias, evidencia una combinación de temeridad y candidez pocas veces vista.

Objetivamente hablando, las elecciones legislativas deberían ser un evento de poca relevancia política, dado que el equilibrio de fuerzas no va a variar significativamente: incluso si hace una muy buena elección, el Gobierno seguirá estando en minoría en ambas Cámaras del Congreso. Es cierto que la renovación legislativa reducirá el peso del kirchnerismo en el Poder Legislativo, y ello posiblemente facilite los compromisos entre el peronismo y el gobierno. Pero el dato concreto es que el Gobierno deberá seguir negociando la conformación de las mayorías necesarias para aprobar leyes hasta el final del mandato.

¿Por qué entonces las elecciones legislativas son tan relevantes? Principalmente, por la percepción de estas por parte del círculo rojo y el mercado financiero. Independientemente del conteo de bancas luego de la elección o del resultado agregado a nivel nacional, es la elección de la provincia de Buenos Aires la que acapara toda la atención, más aún luego de la decisión de la ex presidente Cristina Fernández de Kirchner de competir por una banca de senador. Un primer lugar de la ex Presidente en provincia de Buenos Aires va a ser interpretado como la posibilidad cierta de un retorno del populismo en 2019. La consecuencia obvia de ello será el encarecimiento del acceso del Gobierno al crédito internacional. Dicho en otros términos: la estrategia de financiar el gradualismo fiscal con endeudamiento será en principio más cara.

Un primer lugar de Cristina en provincia de Buenos Aires tendrá, por otro lado, otra consecuencia: probablemente envalentone a sectores radicalizados del kirchnerismo que buscarán desestabilizar al Gobierno y lograr una salida anticipada de la presidencia para Mauricio Macri.

Si alguien cree dentro del Gobierno que perder contra Cristina es mejor que contra otra opción del peronismo, está subestimando groseramente a la ex Presidente y no advierte que el impacto inicial de semejante escenario será bastante duro.

Es decir, un triunfo de Cristina Kirchner en la provincia de Buenos Aires será un cimbronazo para el Gobierno. Ahora, ¿significa ello que Cambiemos quedará herido de muerte, lo que tornaría prácticamente imposible un triunfo en 2019? Para algunos analistas esto es efectivamente así y por ello de nada servirá que Cambiemos mejore su posición en el Congreso o sea la fuerza más votada a nivel nacional si no se triunfa en la provincia de Buenos Aires, así no sea “más que por un voto”. Por el contrario, si se pierde “aunque sea por un voto”, ello implicará que Macri no logrará la reelección en 2019.

Esta visión se sostiene en el hecho de que, salvo por la elección de 2009, desde 1983 la elección intermedia de la provincia de Buenos Aires predice el resultado de la presidencial: cuando el oficialismo gana la provincia, triunfa en la siguiente elección presidencial. Si pierde, hay alternancia. De ahí que si el Gobierno pierde en la provincia en octubre, también perdería las presidenciales de 2019.

Es indudable que, como ya se ha señalado, un primer lugar de Cristina Kirchner en Buenos Aires supone un escenario complejo para el oficialismo. Ahora bien, de ahí a plantear que ganar o perder “por una cabeza” sellará la suerte del Gobierno de Macri en 2019 parece algo exagerado. En los casos en los que la elección de Buenos Aires predice correctamente la continuidad o la alternancia del oficialismo de turno, el triunfo del oficialismo o de la oposición es más bien contundente.

Justamente, el único caso en que un oficialismo derrotado en la elección intermedia de Buenos Aires no fue vencido en la elección presidencial siguiente fue el de 2009. La derrota de la lista encabezada por Néstor Kirchner por una mínima diferencia no fue seguida por la alternancia en 2011, sino por el triunfo arrollador de Cristina Fernández de Kirchner con el 54% de los votos. Pareciera entonces que importa el margen de la victoria o la derrota.

De hecho, ¿realmente sería muy diferente el escenario si Cambiemos triunfa en provincia de Buenos Aires por una mínima ventaja sobre el Frente de Unidad Ciudadana a si ocurre lo contrario? ¿Si Cristina sale segunda dos o tres puntos debajo de la lista de Cambiemos, pero con el voto de cerca de un tercio del electorado, realmente podemos extenderle al kirchnerismo el certificado de defunción? ¿Cuánta tranquilidad les aportará al círculo rojo o a los mercados financieros ver a la ex Presidente obteniendo un tercio de los votos en el distrito más poblado de la Argentina?

En definitiva, si en el Gobierno creen que es preferible perder frente a Cristina que frente a otra opción del peronismo, claramente pueden llevarse una sorpresa para nada grata en octubre si eso es lo que finalmente ocurre. El impacto no será leve dado el peso simbólico que tiene la elección de Buenos Aires en las percepciones y las decisiones del círculo rojo y del mercado financiero. Sin embargo, creer que un triunfo ajustado de Cambiemos sobre el Frente de Unidad Ciudadana borrará del mapa al kirchnerismo es también pecar de una candidez política excesiva, especialmente por el hecho de que es poco probable que el apoyo de buena parte del electorado bonaerense hacia Cristina se disipe en dos años, mal que les pese a quienes se apuran en extender certificados de defunción en política.

Para el Gobierno perder contra Cristina seguramente es malo. Salir segundo por una mínima diferencia tal vez no sea el fin del mundo. Tal vez convenga poner más atención en la magnitud de la victoria o la derrota del Gobierno antes de sacar conclusiones apresuradas acerca de lo que vaya a ocurrir en 2019.

El autor es Master of Science in Sociology (London School of Economics and Political Science) y licenciado en Ciencias Políticas (UCA). Profesor de la UCA y de la Universidad del CEMA.



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