Un trencito de USD 2 mil y un aparato para interferencias de USD 1 millón: el recuerdo del tour de compras por Nueva York de la amante de Pablo Escobar

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Pablo Escobar y Virginia Vallejo

Pablo y yo hemos madrugado, cosa rara en ambos, porque él quiere que conozca a su hijito Juan Pablo, quien se ha quedado en el hotel Tequendama a cargo de sus guardaespaldas y ya debe de haber despertado. Cuando descendemos de mi dormitorio hacia el ascensor y pasamos por el estudio, se detiene para mirar con luz de día hacia los jardines de mis vecinos. Mi apartamento ocupa un sexto piso completo y tiene una linda vista. Me pregunta de quién es la enorme casa que cubre toda la manzana de
enfrente. Le digo que de Sonia Gutt y Carlos Haime, cabeza del Grupo Moris Gutt, la familia judía más rica de Colombia.

—Pues desde esta ventana —a punta de seguimiento, seguimiento—
yo podría secuestrarlos en unos… ¡seis meses!

—No, no podrías, Pablo. Viven en París y el sur de Francia, criando caballos que corren con los del Aga Khan, y casi nunca vienen a Colombia.

Enseguida pregunta de quién son los prados muy cuidados que se ven al fondo. Le digo que son de la residencia del embajador estadounidense.

—Pues desde acá yo podría… ¡darle con una bazuca y volverlo átomos!

Estupefacta, le digo que de todas las personas que alguna vez han mirado por esa ventana, solo él la ha considerado como la atalaya de alguna fortaleza medieval.

—¡Aaah, mi amor, es que no hay nada, nada en el mundo
que a mí me guste más que hacer maldades! Si las planeas cuidadosamente,
¡todas todas se materializan!

Con una sonrisa de incredulidad, lo halo del brazo para retirarlo de la ventana. Ya en el ascensor, le digo que debe prometerme que va a empezar a pensar como un futuro presidente de la República, y a dejar de hacerlo como el presidente de un sindicato del crimen organizado. Con otra sonrisa, llena de picardía, me promete que va a intentarlo. Juan Pablo Escobar es adorable y tiene gafitas. Le cuento que a su edad yo tampoco veía bien y, cuando me pusieron anteojos, me convertí en la niña del primer puesto de mi clase. Miro a Pablo, y añado que fue en esa época cuando mi coeficiente empezó a aumentar a un ritmo acelerado. Le digo que su padre también es el número uno en las carreras de autos y lanchas, y en todo, y que va a ser un hombre muy muy importante. Le pregunto si le gustaría tener un tren eléctrico larguísimo, con locomotora que pite y muchos vagones. Responde que le encantaría, y le digo que cuando yo tenía siete años moría por uno, pero que a las niñas nadie les da trenes y por eso es mejor ser niño. Cuando nos despedimos, y veo al hombre joven que amo alejándose por el pasillo del hotel con aquel feliz pequeño de su mano, pienso que se parecen a Charlie
Chaplin y el chico en aquella conmovedora escena de The Kid, que es una de mis películas favoritas de todos los tiempos.

Pocos días después, llama el director de Caracol Radio, Yamid Amat, para pedirme el teléfono del «Robin Hood paisa».

Él desea entrevistarlo, y yo le transmito el mensaje a Pablo.

—¡No vayas a decirle que me levanto a las once! Dile que de seis a nueve de la mañana —la hora del noticiero— yo… tomo clases de francés. Y que de nueve a once… ¡hago gimnasia!

Le aconsejo que haga esperar a Amat unas dos semanas; también, que vaya preparando una respuesta original y elusiva para cualquier intento suyo de averiguar sobre la naturaleza de nuestra relación. Pablo concede la entrevista y, cuando los periodistas le preguntan que «a quién le gustaría hacerle el amor», él contesta que ¡a Margaret Thatcher! Tan pronto termina el programa, Pablo me llama para conocer mi opinión y, claro está, mi reacción a su pública declaración de amor a la mujer más poderosa
del planeta. Tras analizar el reportaje, lo felicito efusivamente:

—¡Estás aprendiendo a jugar en mi cancha, amor, y lo estás haciendo muy bien! Estás superando al maestro, y puedes estar seguro de que ¡la frase sobre Thatcher va a pasar a la historia! Ambos sabemos que todo «hombre más rico de Colombia», y todo hombre menos valiente que él, hubiera  ontestado alarmado «¡Usted me ofende!», o una pelotudez como «¡Yo solo le hago el amor a mi distinguida y respetada cónyuge, la madre de mis cinco hijos!». Tras reiterarme que «Thatcher es para el público, y tú —solo tú— para mí», Pablo se despide hasta el sábado. Estoy radiante: no ha dicho a Sophia Loren, ni a Bo Derek, ni a Miss Universo; pero, sobre todo,
no ha dicho «¡a mi adorada esposa!».

Escobar vuelve a ser noticia cuando asiste por primera vez a las sesiones del Congreso, y los policías del Capitolio no lo dejan entrar. Pero no por culpa de su mentalidad criminal, o de su criminal chaqueta de lino beige, sino porque no lleva corbata.
—Pero, agente, ¿no ve que es el famoso Robin Hood paisa? —protesta alguien del séquito.
—Robin Hood paisa o Robin Hood costeño, ¡aquí sin corbata no entran sino las damas!

Parlamentarios de todas las corrientes vuelan a ofrecerle a Pablo la suya. Él toma la de uno de sus acompañantes. Al día siguiente, todos los medios comentan la historia.

«¡Mi Pablito superstar!», me quedo pensando con una sonrisa.

Unas semanas después, estoy en Nueva York. Primero compro en FAO Schwarz, tal vez la mejor juguetería del mundo, un trencito de dos mil dólares para el niño, como el que yo siempre quise tener. Luego, me voy caminando por la Quinta Avenida, buscando un obsequio realmente útil para su padre, que ya tiene quien le compre corbatas y que, además, ya posee avioncitos, botecitos, tractorcitos, autito de James Bond y jirafitas a granel. Al pasar frente a un escaparate con artículos eléctricos poco comunes, me detengo. Entro al almacén y, tras estudiar la oferta de productos, observo a los árabes que manejan el lugar: tienen, sin discusión alguna, cara de ser hombres de negocios. Pregunto a quien parece ser el administrador si sabe de algún sitio donde se puedan comprar equipos
para interceptar teléfonos. En otro país, claro. ¡Not in America, Dios me libre! Sonríe, y me pregunta que como de cuántas líneas estaríamos hablando. Me lo llevo a un lado, y le digo que de todo el edificio del secret service de un país tropical, porque amo al líder de la resistencia, que aspira a ser presidente; tiene muchos enemigos y necesita protegerse de ellos y de la
oposición. Me dice que un ángel como yo no podría apreciar lo que él tiene. Respondo que yo no, pero nuestro movimiento sí. Pregunta si podrían pagar cincuenta mil dólares. Digo que claro. ¿Y… doscientos mil dólares? Digo que también. ¿Y unos seiscientos mil dólares…? Digo que obviamente, pero
para cifras de esas dimensiones, sí estaríamos hablando de productos diversos de alta tecnología. Llama a quien parece ser su padre y dueño del negocio y le dice, mordiéndose las uñas, unas cuantas frases terminadas en una palabra que suena como «Watergate» en árabe. Ambos sonríen radiantes y yo lo hago de manera apreciativa. Miran hacia los lados y, luego,
me invitan a pasar a la parte de atrás. Me informan que ellos tienen acceso a todo tipo de equipos desechados por el FBI e incluso por el Pentágono. Primero con frases cuidadosamente medidas, y luego con manifiesto  entusiasmo, me van contando que están en capacidad de ofrecernos cosas como un maletín para descifrar un millón de códigos en docenas de  diomas, gafas y telescopios para ver de noche, y unas ventosas que se colocan en la pared y sirven para escuchar las conversaciones de la habitación de al lado, en un hotel, por ejemplo. Pero, ante todo, un equipo para interceptar mil líneas telefónicas simultáneamente —que hubiera sido el sueño de la campaña de reelección de Richard Nixon, y que cuesta un millón de
dólares— y otros que garantizan la no intercepción telefónica. Pero, primero, quieren saber si la resistencia tiene dinero en efectivo. Como sé perfectamente que el único problema del «movimiento» es el exceso de liquidez en territorio americano, respondo con sonrisa cinematográfica que ese tipo de cosas sí las maneja el secretario de nuestro líder, porque yo solo
pasaba por ahí para comprar un espejito eléctrico de aumento. Les digo que en un par de días se pondrán en contacto con ellos, y vuelo al hotel para  llamar a Pablo.

—Pero ¡eres un tesoro de novia! ¿De qué cielo bajaste? ¡Te idolatro! —exclama él en estado de terrible excitación—. ¡Mi socio, Luis Carlos Molina, sale para Nueva York en el próximo vuelo!

Ya voy aprendiendo a jugar en su cancha. Pero hasta ahí llego, porque, como no soy futbolista, prefiero dejar los remates y los goles a los profesionales.

La gratitud de Pablo es y será siempre mi mejor regalo; su pasión, el segundo. De regreso a Medellín, y mientras me cubre de elogios y caricias, me dice que ha decidido confesarme cuál es la verdadera razón de su carrera política. Es, sencilla y llanamente, la inmunidad parlamentaria: un senador
o representante no puede ser detenido por la policía, ni por la fiscalía, ni por las fuerzas armadas, ni por los organismos de inteligencia del Estado. Pero no me hace esta confesión porque yo sea su tesoro de novia o su ángel guardián, su maestro de locución o su biógrafo a futuro, sino porque El Espectador, diario galanista a ultranza, le ha estado haciendo seguimiento,
seguimiento a su pasado. Y debajo de tanta lápida robada, ha encontrado a dos muertos que claman por justicia: los agentes del DAS (Departamento Administrativo de Seguridad) que capturaron a Escobar y a Gustavo en 1976 con uno de sus primeros cargamentos de cocaína pura en la frontera colombo-ecuatoriana y que los mandaron a la cárcel.

Pablo ya conoce mi capacidad de compasión por todas las formas del sufrimiento humano. Y, a medida que me va contando los detalles de aquella tragedia que marcó su vida, me doy cuenta de que está escrutando cada una de mis reacciones.

—Cuando me subieron a aquel avión en Medellín para purgar la condena en Pasto y me di la vuelta, esposado, para despedirme de mi madre y de mi esposa de quince años embarazada de Juan Pablo, que se quedaron allá abajo llorando, me juré que nunca más volvería a dejar que me montaran en un avión con destino a una cárcel, ¡y mucho menos en uno de la DEA! Por eso ingresé a la política: para que dicten orden de captura a un congresista, se necesita que primero le levanten la inmunidad parlamentaria. Y, en este país, ese proceso toma entre seis y doce meses.

Luego añade que, gracias a los dineros y amenazas que repartieron a diestra y siniestra, él y Gustavo lograron salir del penal tres meses después. Pero, en 1977, los mismos agentes los recapturaron y los obligaron a implorar por sus vidas, de rodillas y con los brazos en cruz. Pablo y Gustavo se salvaron de morir solo porque ofrecieron un enorme soborno a los agentes; tras entregar el dinero, y a pesar de la oposición de Gustavo, Pablo mató a los dos detectives del DAS con sus propias manos.

—¡Les di chumbimba corrida hasta que me cansé! De lo contrario, nos hubieran extorsionado por el resto de la vida. Y a una juez que me dictó sentencia, le juré que siempre andaría en bus: ¡cada vez que compra carro, le prendo candela! No hay enemigo pequeño, mi amor; por eso, yo jamás los subestimo y acabo con ellos antes de que se me crezcan.

Es la primera vez que le escucho decir «chumbimba corrida».
Otros dicen «plomo venteado» y la gente como uno dice «bala a granel». Como sé lo que significa, le pregunto en su mismo idioma:
—¿Y también les diste chumbimba corrida a los secuestradores
de tu padre? ¿Y a cuántos de los de Martha Nieves Ochoa? —Sin esperar respuesta, y sin disimular la ironía, continúo—: ¿Al fin los muertos son dos, o son veinte, o son doscientos, mi amor?

Todo en él se transforma. Su expresión se endurece de inmediato y agarra mi cabeza con ambas manos. La sacude, intentando transmitirme una impotencia y un dolor de esos que un hombre jamás podría confesarle a una mujer, y menos uno como él a una como yo. Contempla mi rostro con expresión de angustia, como si fuera un sueño líquido que se le estuviera
escapando por entre los dedos de las manos para siempre. Luego, con una mezcla de rugido y gemido que pareciera salir de la garganta de algún león herido, exclama:
—Pero ¿es que no te estás dando cuenta de que ya descubrieron
que soy un asesino? ¿Y que no van a dejarme en paz? ¿Y que jamás podré ser presidente? Pero, antes de que te conteste, tú vas a contestarme ya: cuando prueben todo eso, ¿vas a dejarme, Virginia?

Confieso que para un ángel tomado por sorpresa el hallarse súbitamente en las manos ensangrentadas de un asesino o con los labios cálidos de un demonio encima de los suyos puede ser una experiencia aterradora. Pero la danza de la Vida y de la Muerte es la más voluptuosa y erótica de todas y, entre los brazos salvadores de un demonio que lo arrancó del abrazo de la muerte para devolvérselo a la vida, el pobre ángel se ve de pronto envuelto en una exquisita sensación, una de tan perversa y sublime ambivalencia que, finalmente, cae rendido; y por haber sido arrastrado en éxtasis al cielo es devuelto a la Tierra, castigado. Y aquel ángel, ya condenado a la pecadora
forma humana, termina susurrando al oído de aquel demonio perdonado que ya jamás lo dejará y que él estará para siempre entre su cuerpo, como ahora, y en su corazón y su mente y su existencia hasta el día en que se muera completamente. Y aquel asesino, ya reconfortado y con el rostro todavía hundido en mi cuello húmedo de lágrimas, también se rinde por completo y termina confesando:
—Te adoro, como no te sueñas… Sí, a los de mi papá también les di, ¡y con el doble de gusto! Y ya todo el mundo sabe que nadie, nadie, volverá a extorsionarme ni a tocar a mi familia.

Y que todo el que tenga el más mínimo poder de hacerme daño va a tener que escoger entre plata o plomo. ¡Qué no darían todos esos ricos de este país por poder matar con sus propias manos al secuestrador de un padre o de un hijo! ¿Verdad, mi vida?

—Sí, sí… ¡qué no darían!… ¿Y a cuántos de los de Martha Nieves les diste también chumbi? —pregunto ahora con la mayor tranquilidad.
—De eso hablamos otro día, porque es algo mucho más complicado. Eso es con el M-19… Por hoy es suficiente, amor.

Durante un largo rato permanecemos abrazados en completo silencio. Ambos creemos saber lo que el otro está pensando. De pronto, se me ocurre preguntarle:
—¿Por qué usas siempre zapatos tenis, Pablo?
Levanta la cabeza y, tras pensar unos segundos, se pone en pie de un salto exclamando:
—¿Acaso crees que yo soy solo tu Pablo Neruda?… ¡No, no, Virginia! Yo soy también… ¡tu Pablo Navaja!

Y otra vez luce radiante de felicidad; y mis lágrimas se esfuman como por encanto y se convierten en risa mientras él canta y baila para mí la canción de Pedro Navaja de 1978, con uno de sus tenis en cada mano:

Usa un sombrero de ala ancha de medio la’o
y zapatillas ¡por si hay problema salir vola’o!
Un carro pasa muy despacito por la avenida,
no tiene marcas pero to’s saben que es policía.

Dice Rubén Blades en aquella apología de la impunidad hecha a ritmo de salsa que «la vida te da sorpresas y sorpresas te da la vida». Y como la nuestra se ha ido convirtiendo en una montaña rusa, en junio de 1983 un juez superior de Medellín solicita a la honorable Cámara de Representantes que levante la inmunidad parlamentaria del congresista Pablo Emilio Escobar Gaviria por su posible vinculación con la muerte de los agentes Vasco Urquijo y Hernández Patino del DAS, la policía política y secret service colombianos.

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