Una vez más, el país se enfrenta a su irresponsabilidad fiscal

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Hace 13 años, Néstor Kirchner decidía el pago total de la deuda con el Fondo Monetario Internacional. Muchos ignoran que fue el mismo fondo el que solicitó esa cancelación, a varios países latinoamericanos, para bajar su exposición a la región, como constaba en su memoria anual. Por eso, también Brasil y otras naciones saldaron el total de su deuda. Era algo lógico, porque el organismo es un prestamista de emergencia, como dicen su convenio constitutivo y su estatuto, no un ente financiador regular.

Con su precariedad de político pueblerino, Kirchner disfrazó ese hecho como un acto de liberación de las garras auditoras del opresor, para justificar el desembolso de 10 mil millones de dólares. Cristina tomó en serio la charada de su marido y siguió esa prédica irracional e ignorante, como en tantos otros casos.

El Fondo, como es sabido, se creó para ayudar a los países con dificultades en su balanza de comercio exterior, mientras devaluaban su moneda y retomaban el camino del equilibrio comercial y fiscal (sic). Es entonces bastante obvio que se va a asegurar de que, cuando presta el dinero de sus socios, casi todos los países, no lo haga para que sea deglutido por ninguna maquinaria de dilapidación de ningún tipo.

Ayer Cambiemos descubrió que su política económica —habrá que llamarla así— había fracasado (aunque todavía no se haya dado cuenta). Ni aun con el mayor deseo de ayudar al Gobierno se puede ocultar que los funcionarios decidieron en término de horas buscar, desesperados, la ayuda del FMI, asustados por el principio de tsunami del que vienen siendo advertidos incluso desde antes de asumir el poder. Advertencias que fueron desoídas y descalificadas prolijamente, mientras se reemplazaba el esperado manejo responsable de la política fiscal con una serie de manoseos monetarios, elucubraciones y teorías, que se dieron en llamar “gradualismo”, suponiendo que una imaginaria lluvia de dólares de inversión caería sobre la república, aumentaría la actividad y, consecuentemente, reduciría porcentualmente la magnitud de la irresponsabilidad heredada.

Como esta columna ha sostenido, el porrazo de realidad no se debió a factores externos, que apenas han producido algunos cambios relativamente leves en los mercados globales. No se debió a factores exógenos, como salieron a vocear los funcionarios y anexos. Se debió a razones endógenas, previsibles, anunciadas e ineludibles, inherentes al modelo elegido. Y si hace falta un ejemplo, basta con decir que se debe un billón cuatroscientos mil millones de pesos en Lebacs, que es imposible de pagar, ni ahora ni tal vez nunca. Parte del manoseo que se menciona anteriormente.

El susto también se advierte claramente en el hecho de que el Presidente y el ministro de Hacienda anunciasen como un acuerdo terminado lo que es solo un llamado telefónico, un comienzo de pedido de auxilio al organismo internacional, sobre el que se ignoran el monto, las condiciones y el modo y el tiempo de ejecución, y que deberá contar con el acuerdo del Congreso enemigo, a menos que se quiera desembocar en un papelón político mundial.

El anuncio erizó las plumas del peronismo culpable del génesis del desastre y alegró al peronismo seudobueno. Ambos encuentran ahora un nuevo estandarte que enarbolar, que, como la mayoría de sus estandartes, es equivocado, falaz y dañino para la sociedad: el ajuste del Fondo malo y explotador. Braden o Perón, podría decirse, para los que recuerden la historia antigua de 1946.

También se puso en alerta el progresismo en todos sus formatos, ya que un acuerdo de este tipo necesariamente supone un manejo serio del gasto, un plan de equilibrio fiscal, una revisión del dispendio acumulado de todos los presupuestos y la desaparición total o parcial del gigantesco negocio escondido detrás de su supuesta solidaridad, del buenismo y el asistencialismo que no admite la menor auditoría, y cae como un cuerpo muerto (Alighieri) en cuanto se levanta cada piedra bajo la que se esconde.

En una rara parábola, también se escucharán los gruñidos de los grandes empresarios proteccionistas (perdón por la redundancia), que ya han comenzado a decir que es bueno un acuerdo, porque permite obtener crédito adicional más barato, pero que el acuerdo es malo si ello implica un ajuste, una dicotomía que resulta aburrida y tediosa de escuchar para los ancianos como el autor. Pero comprensible. Basta pensar en las ganancias de un plan de obras públicas al voleo o en el récord de venta de los automóviles, fruto de la combinación de alta inflación, altas tasas y búsqueda de refugio, provocados por el desmanejo fiscal.

Detrás del sainete que se avecina está la conducta infantil del sistema político-social del país, que no es capaz de tener una mínima disciplina en el gasto, de una sociedad que exige mayoritariamente que el Estado se haga cargo de todas sus necesidades, cualquier fuera el nivel económico del que lo pide. Y, por supuesto, que siempre cree que el gasto que hay que reducir es el de los otros, nunca el propio, que siempre considera imprescindible e intocable. Por supuesto, clamando simultáneamente por la baja de los impuestos agobiantes y con tarifas regaladas. Todo ello con el apoyo de políticos populistas e ineptos, cuando no corruptos, incapaces de ejercer docencia alguna.

En ese proscenio de 43 millones de infantes, el Fondo Monetario es el cuco, el hombre de la bolsa, el malo que viene a poner orden y cordura en un país que ha perdido la cordura y que cree que el desorden le conviene. El Gobierno no solo ha pedido la ayuda para que le arrimen 30 mil millones de dólares que no se anima a salir a pedir, y que le hacen falta para seguir dando de comer a los tiburones. Ha salido a pedir ayuda para que alguien imponga la disciplina fiscal que no se atreve, que no quiere o que no sabe cómo aplicar. El FMI es, una vez más, la institutriz mala de la película.

“Si se hace lo que hay que hacer, incendian el país”. Dice la frase que pretende sonar como una reflexión inteligente, pero es de una precariedad, mediocridad y resignación asombrosas. Aplicando esa filosofía, se ha llegado nuevamente a una situación en que el país puede arder con cualquier camino que se elija. Y siempre se ha elegido en situaciones como la actual el incendio y posterior estafa al ahorrista, al productor, al acreedor, al trabajador puertas adentro y puertas afuera. A eso se le ha llamado “viveza criolla”, tal vez. Pero cuando se analizan las series de bienestar, de riqueza, de educación y todas las que tienen que ver con el bienestar de la población, lo que surge no muestra precisamente que se trata de un país de vivos. Solo de algunos vivos.

Se abre por delante un panorama de huelgas, paros, marchas, cortes, acciones y revueltas para evitar el ajuste, que ahora tienen como objetivo combatir al Fondo, un fantasma que ayuda a aglomerar todos los resentimientos y sirve de excusa para impedir cualquier cambio. A ese accionar se agregará el de la oposición saboteadora que usará las Cámaras como un arma de guerra y que, tratando de dañar a Macri, dañará aún más al país.

Pero hay que tener otro hecho en cuenta. El solo anuncio de ayer no sirve para salir del atolladero, la corrida permanente y la espiralización en tromba de la tasa de interés (tantas veces predichas y desoídas), si paralelamente no se hace otro anuncio, con el FMI o sin el FMI: que el Gobierno aplicará un plan económico coherente que parta de bajar el gasto de modo sostenido, significativo, mensurable y en plazos auditables y definidos. Si eso no ocurre, la corrida empieza dentro de un rato.

Cambiemos no se ha destacado por la autocrítica. “Vamos a decirles siempre la verdad” repite el Presidente. Pero para decir la verdad primero hay que reconocerla. Y el Gobierno no parece darse cuenta de que su concepción económica y su plan de acción en la coyuntura no han sido exitosos. Así es complicado poder decir la verdad, lo que tal vez implicaría de paso cambiar a algunos de los creadores o sostenedores de su programa, lo que sería parte de un mensaje positivo.

Lo que está diciendo la realidad, le guste o no a Cambiemos, al peronismo, al progresismo, al populismo, al gradualismo, a los sensibles, a los piqueteros, a los sindicatos, a los empresarios y a Francisco, es que, con Fondo o sin Fondo, con este nivel de gasto se va de cabeza a una crisis inmanejable y de final impredecible, aunque seguramente gravísimo y lacerante para todos, en especial para aquellos sectores a los que, supuestamente, se está tratando de defender.

Quienes quieren oír que oigan.



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