Virginia Da Cunha: "Para mí ser DJ tiene que ver con la luz y la vida sana, y no con las drogas y el reviente nocturno"

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Modelo, compositora, actriz, cantante y amante de los deportes extremos; así es como se encarga de llevar su vida Virginia Da Cunha (36).

Saltó a la fama por formar parte de Bandana, la emblemática banda que surgió de un reality. Fue entonces -quince años atrás- cuando dejó la carrera de Comunicación Social y su vida tomó otro rumbo. Fiel a su espíritu libre, cuando todo aquello terminó se dedicó a viajar por el mundo, llevando su música. Hoy, con nombre propio, asumió un nuevo desafío: en su faceta de DJ, se encuentra de gira.

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A post shared by Virginia Da Cunha (@virginiadacunha) on Jul 28, 2017 at 6:56pm PDT

—¿Cómo fue que empezaste a ser DJ en Estados Unidos y en España? 

—Mi propia naturaleza nómade me llevó a los lugares y uno va conociendo gente y se da a conocer. Una semilla de un año generó una cosecha al año siguiente, y ahí se van expandiendo a más lugares. Y en cada viaje, el camino se va bifurcando.

—¿En qué lugares tocaste?

—En Miami tocaba en un restaurante donde los dueños son Rafael Nadal y Enrique Iglesias. Ademas tienen su sucursal en Madrid y en Ibiza. Les gustó mi show y me pidieron que esté toda la temporada en Ibiza.

—¿Te asusta que se te asocie con la noche y el estilo de vida que llevan muchos DJ’s?

—Este es el otro lado de la música. Hay muchísimos músicos y DJ’s que son prejuzgados por vivir una vida tóxica, oscura o porque por ahí tienen que laburar mucho de noche. Pero en mi caso, lo integro mucho más a la luz, a la vida sana y al deporte que a las drogas, al alcohol y el reviente nocturno.

—¿De dónde viene el nombre de tu canción “Magnetic Love”?

—Es el reflejo de la etapa en la que estoy. Si estás inseguro, por ahí vas a atraer una persona posesiva. Uno siempre atrae lo que necesita. Y “Magnetic Love” habla de un amor que es como un imán de esos amores adictivos que son muy extremos también, y muy contradictorios: te sacan lo mejor y lo peor. A veces van mucho más allá de lo racional y uno dice esto no está bien, esto me desequilibra, esto está mal, pero a la vez no lo podés soltar, y termina siendo siempre el mejor plan de tu vida.

—Estás de novia hace mucho. ¿Hay planes de casamiento?

—No, por ahora no.

—¿No te atrae el casamiento?

—Soy una persona muy poco dogmática. No soy religiosa. Tomé la confirmación, el bautismo, todo pero con el tiempo desarrollé mi propia filosofía de vida donde estoy más cerca de lo que por ahí es un budismo o el tahoismo, que es un estilo de vida o una filosofía más que un dogma. Por ende, en el casamiento para mí lo que vale es la unión entre dos personas, la celebración, la integración de la familia, el compromiso diario. Para mí escribir los votos se trata de no hacerle al otro una promesa eterna, sino decirle que cada día lo vas a cuidar.

—¿Hijos?

—Sí. Me encantaría. Veo a un bebé y me derrito. Amo los bebitos, amo a los niños, y tengo una familia numerosa: somos cuatro hermanos, y siempre soñé con reproducirlo. Pero también tengo una naturaleza muy libre que hace que se vaya postergando. Siempre encuentro una excusa para un viaje más, para una canción más.

—¿Como fue tu infancia en Córdoba?

-Vine a Capital cuando tenía tres años, pero todas las vacaciones y los momentos más trascendentales fueron en Córdoba: mi primer novio, todas las temporadas en las sierras o la vida de barrio. Me siento realmente cordobesa de sangre. Llego y es mi hábitat. Amo mi provincia.

—¿Cuándo llega “Bandana” a tu vida? 

—Estaba en el tercer año de Comunicación Social, en El Salvador. Me faltaba un año para recibirme de periodista. Siempre quise tener mi programa de deportes y música: viajar por el mundo haciendo deportes, haciendo música, cubrirlo y compartirlo. Pero apareció el casting, que fue como una abducción. Apareció la nave “Bandana”, desaparecí de la facultad y nunca más volví porque esa experiencia me absorbió durante tres años.

—¿Qué recordás de esa etapa?

—Hay un montón de cosas que no llegué a procesar de la cantidad de estímulos, de la cantidad de gente, de la cantidad de aprendizaje radical que tuve de un día para el otro. De ser una persona común y corriente a salir de tu casa y tener 100 personas idealizándote, proyectando un montón de cosas porque te vieron en televisión. Se generó un abismo entre lo que yo podía entender y lo que estaba pasando. Pero sin dudas fue un despertar de mi vocación, un animarme a ese camino que nadie de mi familia veía como certero.

—¿Nunca antes habías cantado?

—Sí, como hobby. Iba a clases de baile desde los seis años, cantaba en el coro, pero nunca dije “Voy a dedicarme a esto”. Entonces mis viejos siempre quisieron que yo estudiara algo y les gustaba mucho cómo escribía, cómo me expresaba, y me me apoyaron en eso. Lo otro lo hice yo, por mi cuenta.

—¿Eras una persona tímida?

—Sí. ¡Re! Siempre.

—¿Y cómo hacías?

—Sigo siéndolo. De chica era medio conflictiva mi timidez: me ponía tan mal que me enfermaba porque no me animaba. Cantar me generaba muchísimos nervios. Y el trato con los chicos era con una timidez tremenda.

—¿Sufriste la exposición?

—Mucho. Al principio me temblaba el cuerpo entero. El casting lo sufrí horrores, me brotaba toda, no podía comer, pesaba 44 kilos de los nervios que tenía. Pero tenía que aprender a expresarme, a iluminar desde lo que puedo dar sin miedo.

—¿Que aprendiste de “Bandana”?

—Mucho. Hoy puedo disfrutar de estar parada arriba de un escenario y no estar todo el tiempo pensando en si desafino, si estaré lo suficientemente bien vestida, o qué va a decir éste. Ahora disfruto mucho más.

—¿Te pesaba mucho lo que pensaba el otro?

—Sí. Muchísimo. Uno vive para demostrar y para la aprobación ajena. Entonces, obviamente te pesa todo lo que digan. Y después uno trabaja más para la propia felicidad y se va como desprendiendo de un montón de cosas que no necesita tener.

—El año pasado regresaron con “Bandana”.

—Volvimos. Estuvimos casi un año. Hicimos casi 20 Lola Membrives. Era algo que nos debíamos después de tanto tiempo que no surgió otra banda importante como esa. Fue el primer reality. La gente todavía lo seguía pidiendo. Iba al Interior con mi música, 11 años después de que el grupo se disolviera, y me reconocían en lugares inhóspitos preguntándome cuándo volvía “Bandana”. Y como mantuvimos la amistad con las chicas, en una de las tantas reuniones dijimos que en algún momento lo teníamos que hacer.

—¿Hoy con qué soñas? 

—Quiero seguir en lo que estoy que me hace feliz. No perder nunca la libertad de poder viajar y compartir mi música, estar en contacto con la naturaleza, tener no sólo gente que me escuche sino una relación, y mis afectos para compartirlo. Poder comunicar un mensaje que de algún modo eleve la consciencia de los demás para generar una mejor humanidad, y después sembrarlo en hijos.

—Hay un prejuicio de que ser DJ es solo apretar un botón…

—Yo pensaba lo mismo. De hecho cuando me propusieron pasar música, teniendo mi banda, sentía que era una involución para mí. Del esfuerzo que significa mover una banda, ir a ensayos, promocionar, tener tus propias canciones, a ir a una bandeja, poner play, elegir temitas: eso pensaba. Hasta que empecé hacerlo y nuevamente me di cuenta de que no hay que juzgar antes de experimentar.



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