El dictador Nicolás Maduro al lado del hombre fuerte de las Fuerzas Armadas chavistas, Vladimir Padrino López (AP)
El dictador Nicolás Maduro al lado del hombre fuerte de las Fuerzas Armadas chavistas, Vladimir Padrino López (AP)

Mario Puzo sonreiría al conocer la existencia de alguien con ese singular apellido y poder. Padrino. Es el nombre del comandante más influyente de la apocalíptica Venezuela que plantea Nicolás Maduro. Es aquel que procura sostener a raya a los más de mil generales y coroneles que desean romper filas y acabar con la agonía. Duda: se teme que para él pueda ya no haber retorno.

Vladimir Padrino López, de esta manera su nombre, nació en mil novecientos sesenta y tres en Caracas y desde dos mil catorce concentra atribuciones prácticamente absolutas, solo equiparables a las del propio dictador y a las de Diosdado Cabello. Aquel año fue nombrado ministro del Poder Popular para la Defensa. Se sostiene leal a su actual jefe como anteriormente lo hizo con Hugo Chávez. Y continúa en el cargo de Comandante Estratégico Operacional de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana. Un pomposo título que le deja ser el dique de contención ante militares descontentos.

Si Padrino da un portazo representará un golpe mortal para la dictadura“, repite un general retirado desde Caracas. Prefiere el anonimato: entiende que es la única forma de continuar a salvo en el arrasado país.

El máximo militar se muestra, frente al resto, fiel. Afirma ser un “privilegiado” por haber sido alcanzado por las sanciones de los Estados Unidos el pasado veinticinco de septiembre. Esa amonestación le va a impedir disfrutar de su fortuna declarada, inestimable. También de aquella que hizo ensuciándose y que Washington encontró dónde se encuentra oculta.

Cuando supo sobre la resolución del gobierno de Norteamérica lanzó una provocación. Lo hizo vía Twitter, pour la gallerie: “He ordenado pasar al Departamento del Tesoro la nómina completa de los oficiales generales y almirantes de la FANB (Fuerza Armada Nacional Bolivariana) para facilitar la labor de ‘sancionar’ por cuotas a los revolucionarios defensores de la Constitución y de la soberanía nacional“. La ironía no cayó nada bien entre sus subalternos.

Con ellos, Padrino emplea un arma que aprendió en otras latitudes: la psicológica. Trata de persuadirlos -sin estarlo ya totalmente- de que su compromiso con la dictadura alcanzó tal magnitud que ni la Casa Blanca ni el próximo gobierno de transición en Venezuela se apiadarán de su porvenir y sus recursos. Los deja pensando: nunca les darían una absolución. Con ese eco en sus cabezas regresan a sus hogares. Cabello asimismo trata de contenerlos. Los generales vacilan. Los coroneles y capitanes, mucho más.

El tiempo para saltar a las filas que acabarán rigiendo Venezuela llega a su límite. Los militares que se queden al lado de Maduro y su séquito van a ser enjuiciados por delitos gravísimos, entre aquéllos que se resaltan violaciones a los derechos humanos y narcotráfico. “El régimen está como una manzana demasiado madura: va a caer en cualquier momento“, predice exactamente el mismo militar que dobló el uniforme hace unos años mas que sostiene nudos con sus camaradas en carrera y le confían sus penas.

Los interrogantes se apoderan de su insomnio. Sobre todo de aquellos que ven ahora (o bien tal vez, jamás) una ocasión que pueda desvanecerse. Lo mismo ronda la cabeza de su jefe. ¿Qué ocurriría si Juan Guaidó, en su carácter de presidente interino, empieza a dar instrucciones específicas a los militares? ¿Qué podría acontecer en el caso de que designase a un nuevo comandante en jefe y una renovada bóveda? Más temprano que tarde, el titular de la Asamblea Nacional ocupará Miraflores y las consecuencias de no haber obedecido sus órdenes dándole la espalda a la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela se repercutirían en procesos delincuentes por traición a la patria, sumado a las torturas contra opositores, asesinatos y tráfico de drogas. Todos esos cargos van a ser simples de comprobar.

Padrino, de momento, no actúa solo. Junto a él operan otros uniformados que sostienen la disciplina del generalato venezolano. Son los cubanos infiltrados en lo máximo del poder de Caracas. Penetraron la inteligencia, las fuerzas armadas y las paraestatales. Todo con el visto bueno de Maduro, quien cada vez tiene menos control de la situación. ¿Saben los dos que los castristas podrían dejarlos al desamparo de un instante a otro si de esta forma lo ordena Moscú? El límite es el petróleo.

El mayor General de la Aviación venezolana Francisco Estéban Yánez Rodríguez reconoció a Guaidó como presidente interino. Lo hizo el pasado dos de febrero. Junto a él se sumaron prácticamente seiscientos oficiales y suboficiales. Ese día el conduzco en jefe aseveró que el noventa por ciento de los militares están descontentos con el régimen. Padrino está al tanto… mientras que cree oír un sonido recurrente en su cabeza: tic tac.

Entre los uniformados anotados en la lista de desertores a la dictadura se halla alguien que estuvo a puntito de concluir en una prisión norteamericana: Hugo Armando Carvajal Barrios, ex- mayor general del Ejército y ex- directivo de Inteligencia Militar. A lo largo de años fue un auténtico titiritero. A la vera de Chávez hizo y deshizo a su antojo y tejió redes -y negocios- con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Hasta el momento en que en el mes de julio de dos mil catorce cayó a medias. Fue acusado de narcotráfico y detenido en Aruba. Era clasificado por ciertos como “el Pablo Escobar de Venezuela“. No obstante, la campana lo salvó a tiempo. Un giro diplomático impidió que fuera extraditado desde esa isla a Estados Unidos. Regresó a Venezuela como un héroe, ungido por Maduro y generales.

Pero hace poquitas semanas -en disputa con el régimen- se declaró en rebeldía. Conocedor de los tiempos y de los humores de sus camaradas, es consciente que el final podría precipitarse. Asimismo es siendo consciente de que se debe separar a los castristas a fin de que el dictador caiga. “Créanme, si no terminamos con los cubanos, la FAN no va a poder cumplir con sus deberes“, afirmó, al paso que le demandó “coraje” a Padrino. “Póngase dos bolas”, le espetó. Desde un exilio ignoto está atento a cualquier movimiento que podría efectuar el resto de sus viejos pares.

Además, la infiltración del G2 cubano produjo un estado de terror propio de un gulag en cada uno de ellos de los cuarteles. La falta de confianza sobre el compañero hace realmente difícil la confidencia de algún descontento. Cualquiera que pretenda levantar la voz es reportado inmediatamente.

Académico y con una vasta capacitación, el generalísimo conoce de qué forma piensa cada uno de ellos de los soldados y altos mandos de la fuerza. Está al tanto de sus preocupaciones y necesidades. Asimismo sus debilidades. Es que el militar de cincuenta y cinco años ocupó todos y cada uno de los cargos de comando inherentes a los grados, un plus sobre otros de su generación.

Pero además de esto, las armas están realmente bien protegidas. El acceso a ellas es prácticamente imposible para quien desee alzarse contra la dictadura. Desde el instante en que Chávez se hiciese con el control absoluto de la nación el armamento y las municiones solo se dan cuando algún suboficial está de guarda. ¿De qué forma alzarse sin armas? ¿De qué manera alzarse sino más bien es el jefe quien lo ordena? Padrino es quien tiene el día de hoy el poder de repartir las llaves de esos galpones henchidos de fusiles.

Tanto , como el resto de sus mandos altos y medios tienen pleno conocimiento de que abril va a ser clave, cuando a definiciones. A los vencimientos por bonos de la petrolera Citgo -la obsesión de Rusia- va a deber sumarse el tiempo social, que para entonces podría estar todavía más deteriorado: la escasez de energía, de comestibles y antídotos va a estar en niveles dramáticos. Más teniendo presente que Venezuela es un neto importador de alimentos y las divisas para poder adquirirlos apenas si van a caber en un esquelético bolsillo. Para peor: ese bolsillo va a ser saqueado.

¿De qué manera va a hacer el régimen para impedir una nueva implosión que aun va a golpear a quienes componen sus cuarteles? ¿De qué manera va a hacer Padrino para frenar a sus coroneles, capitanes y soldados?

Más: generales están al tanto que de haber un recóndito salvoconducto para Maduro, exactamente el mismo incluirá apenas a su círculo y a una parte del poder central, entre quienes podría -o bien no- figurar el propio ministro de Defensa. El resto de los comandantes continuaría sin escudo en una Venezuela sedienta de justicia. La historia sudamericana no ha sido piadosa con los uniformados del siglo veinte. Tampoco lo va a ser con los del Socialismo del XXI.

Los Estados Unidos confían, no obstante, en que el Ejército es la única corporación con la que se puede aún contar y que puede asegurar una transición mínimamente ordenada cara una democracia plena. A pesar de la irrefrenable corrupción de los altos mandos, una línea se sostiene extraña a los crímenes que cometieron sus superiores al lado de los cubanos.

Guaidó precisará tiempo para separar la paja del trigo. En cambio, la Fuerza Aérea y la Marina parecieran no ser tan fiables. Se tienen pruebas de que los aeroplanos de las dos armas resultaron de enorme utilidad para las injusticias de Maduro y Cabello. Y el mar habría sido demasiado calmo para las lanchas y las embarcaciones con carga blanca.

Como un ajedrecista que adelanta movimientos, Padrino ya hizo el propio por desesperación de su familia, sobre todo sus hijos Michell y Yarazetd. Procuró refugiarlos primero en España y después en Costa Rica, donde se encendieron las alarmas y cerraron sus puertas. El día de hoy estarían viviendo en Madrid. Mas los tiempos se acortaron. Ningún país se comprometería a darle cobijo a aquellos que cometieron delitos contra la humanidad en Venezuela. Ni a ellos ni a sus familias. Muchísimo menos cuidar a su dinero.

La ventana está cerrándose“, afirmó hace algunos días John Bolton, consultor de la Casa Blanca para Temas de Seguridad Nacional. Padrino lo sabe. Sus subordinados, asimismo.

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