Mientras decenas de miles de alemanes de la RDA huían por medio de la frontera húngara y al tiempo que aumentaba la rabia contenida de los funcionarios comunistas, en la iglesia de San Nicolás de Leipzig habían comenzado a celebrarse, cada noche de lunes, oraciones por la paz. Frente el Santísimo, con velas encendidas, los fieles guardaban silencio y rezaban en una cita semanal a la que se dirigió acudiendo progresivamente mucha gente adolescente. Cuando la iglesia abandonó de tener suficiente aforo, la oración se trasladó a la plaza y Así arrancaron las primeras marchas silenciosas y en oración que supondrían el germen del movimiento ciudadano pacífico que acabó derrumbando el Muro de Berlín. «Yo era Solo un niño, No obstante mis padres A mí me llevaban cada semana, asistía toda la parroquia, y más tarde se viajó sumando mucha más gente», recuerda Aram Radomski, «recuerdo que, en medio de tantísima gente y para que no A mí me pisasen, mi padre que llevaba a hombros y eso suponía que no podía llevar una vela, eso A mí me fastidiaba bastante. Y Asimismo recuerdo el recogimiento, el silencio que reinaba A pesar de que se concentraban miles de personas, y el miedo. No obstante los mayores no hablaban de ello, yo podía experimentar ese miedo cada lunes». El 9 de octubre de 1989, a primera hora de la mañana, el padre Christian Führer convocó al consejo pastoral y al Plantel que soportaba la organización de las marchas. Ante la llegada de autobuses de llenos A partir de ciudades vecinas que pretendían sumarse aquella tarde a lo que ya se había convertido en un suceso mediático del que se ocupaba la televisión occidental, los rumores sobre una reacción violenta de las autoridades comunistas, que tanto temor habían infundido en las últimas semanas a los silenciosos participantes de la manifestación, habían dejado de serlo. La advertencia explícita había aparecido tres días Ya antes en una carta al director publicada por el periódico Leipziger Volkszeitung el 6 de octubre. «No permitir A lo largo de más tiempo la enemistad en contra de el Estado», llevaba por título. Llamaba a contestar «con armas en la mano» y estaba firmada por el comandante Günter Lutz. Führer propuso la posibilidad de desconvocar, dada la situación, No obstante la negativa fue unánime. «No querían dejarse vencer en aquel pulso silencioso. Sabían que estaban removiendo las conciencias, podían sentirlo, y se sentían Asimismo amparados ante al resto de los ciudadanos por lo intachable de aquellas citas de oración pacíficas y en las que no se gritaban ni condenas ni consignas políticas, Sino más bien que nada más se oraba en silencio por la paz», rememora otro testigo ocular de los hechos, Segbert Schefke, cuyas imágenes de vídeo de aquellas marchas cruzaban clandestinamente la frontera y eran luego emitidas por el programa Tagesschau de la televisión pública de la República Federal Alemana. «Aunque en la televisión presentaban las capturas Al similar que rodadas por un club de la televisión italiana, sospechaban de mí. Mi casa, en Prenzlauerberg (Berlín), estaba vigilada por la Stasi y dos agentes de paisano A mí me seguían a la panadería, a casa de amigos, extendiendo la vigilancia a todo aquel que tuviese contacto conmigo. En el horario entraba en casa, montaban guarda las veinticuatro horas en el patio en principio del edificio. Luego se Me Ocurrió subir a escondidas al tejado y caminar por los tejados de los diez edificios contiguos, hasta la Schönhauser Allee. Allá mi amigo Aram Radonski A mí me subió a su auto. Cambiamos tres veces de Trabant a fin de que perdiesen la pista, Pero llegamos», relata, «no Me hubiese perdido esa marcha por nada del mundo». Schefke volvió a encaramarse a un tejado para poder grabar la concentración en su verdadera dimensión y se emocionó al ver «aquella masa silenciosa que se movía a la luz de las velas». Aquella imagen desmentía la versión oficial, los periódicos comunistas publicaban que eran cuatro borrachos alborotadores, No obstante allá se veían cientos de miles que decían pacíficamente: «Nosotros somos el pueblo». Ese sería exactamente el mismo grito que comenzó a corearse en las calles de Berlín hasta que su eco derribó el Muro que separaba a las dos Alemanias. «No lo esperábamos, se dirigió toda una sorpresa», reconoce Uwe Schwabe, luego enfermero en una Residencia para mayores y que caminaba semanalmente en la cabeza de las marchas de Leipzig. Desde 1984 se había involucrado en las reuniones de la iglesia y había cofundado la organización Leben (Vida), comprometida con la protección del medio Ambiente. «Nací en 1962, para mí el Muro existió toda la vida y De forma fácil no podía imaginar que en algún momento eso cambiaría. Lo cual nosotros buscábamos era alcanzar libertad de expresión, libertad de movimientos y la posibilidad de contar proyectos para fundar partidos políticos. Acerca de eso hablábamos, sobre eso discutíamos y Por eso rezábamos. Nos inspiraba profundamente el Papa Juan Pablo II y teníamos, de verdad, grandes expectativas. Sin embargo ni de lejos llegué a pensar jamás que nuestras oraciones diesen parecido fruto».