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El drama del coronavirus en Nueva York: de los fallecidos, al hambre

«Es terrible, yo no recuerdo nada Del mismo modo que esto», dice Ana Rodríguez, de origen puertorriqueño, que acaba de recibir tres bandejas de comida para su familia en La Fonda, un restaurante emblemático del Spanish Harlem, en Manhattan. Así tal como toda la ciudad, el local echó el cierre a finales de marzo por la epidemia de coronavirus, Sin embargo mantiene una actividad frenética Al igual que una de las cocinas y puntos de distribución de comestibles de World Central Kitchen, la ONG del chef de España José Andrés. La cola se pierde de vista en la calle 106. «¡Dele la comida a esta muchacha, mire que abandonó tres niños en casa!», le increpa en español a un voluntario, que explica con paciencia: «Para los niños, hay comida que recolectar en los colegios. Esto es Solo para gente anciana». Rodríguez pone ojos de incredulidad, con nariz y boca tapadas con mascarilla doble, y las manos cubiertas con guantes de invierno. Es un día caluroso de mayo y le caen gotas de sudor Del mismo modo que garbanzos. «En mi existencia, en mi vida jamás vi nada tan fuerte», sigue. «Entré en depresión, el sonido de las ambulancias A mí me volvía loca, la escuchaba También que si es que las tuviera dentro de casa. Vivo cerquita del hospital Mount Sinaí, ¿sabe?». «Entré en depresión, el sonido de las ambulancias Me volvía loca, la escuchaba Del mismo modo que si las tuviera dentro de casa. Vivo cerquita del centro médico Mount Sinaí, ¿sabe?» No obstante el aullido de la ambulancia, la banda sonora de la ciudad en los últimos meses, cada vez se oye menos. Caen el número de contagios, de hospitalizaciones, de fallecidos. Este objetivo de semana se han iniciado a levantar limitaciones en condados rurales del estado de Nueva York. Sin embargo la crisis no se ha ido. Sólo ha cambiado de traje. De los fallecidos, al hambre. La gente se quedó sin trabajo de un jornada para el otro. El coronavirus se ha cebado en Inédita York en los Barrios más desfavorecidos. En el Sur del Bronx, en la comunidad hispana de Corona (Queens), en los Barrios negros del Este de Brooklyn o acá, en el Harlem español. Son comunidades donde Múltiples generaciones viven en La misma casa, con mala asistencia sanitaria, con muchos trabajadores esenciales –repartidores, cajeros, reponedores, conductores– que no se han podido permitir quedarse en casa y donde En ocasiones no llegan con claridad los mensajes de precaución de las autoridades. El peaje sanitario pronto viajó Además económico, con las redes asistenciales desbordadas, con mucha gente sin poder acceder a subsidios de desempleo. Tsunami económico
«El impacto económico es otro maremoto que todavía está llegando», explica Sam Bloch, que coordina los esfuerzos de World Central Kitchen en Inédita York. El requerimiento de comer se ve de forma gráfica en un mapa que tiene clavado en el centro de operaciones que han montado en un Solo hotel frente a Naciones Unidas. Las chinchetas de colores inundan la ciudad y sus suburbios. Han dado ya tres millones de comidas en el área metropolitana A partir de que inició la crisis, A partir de 350 puntos de distribución. «Uno de los desafíos aquí es que muchas veces hay que llevar la comida a casa de la gente. En la ocación de gente mayor, A veces no pueden salir y Siempre y en toda circunstancia supone un enorme riesgo de contagio», asegura. «El otro problema es la gran necesidad que existe. Pero hagamos cien mil comidas al jornada, es Sólo una fracción de lo cual se necesita». La gravedad de la crisis alimenticia la retrata de un plumazo Joshua Goodman, vice comisionado de la Ciudad de Inédita York para Instalaciones Sanitarias. «Con el coronavirus, hemos pasado de 1,2 millones a 2 millones de neoyorquinos en situación de incertidumbre alimenticia», reconoce. Se considera Del mismo modo que tal a el ser humano que en algún momento A lo largo de el ultimo año no ha tenido recursos para contar acceso a comida. «Es difícil compararlo con Sandy», dice Goodman en referencia al huracán que en 2012 destrozó una buena una parte de la ciudad. «Lo de a continuación no tiene anteriores. Es Al parecido que si Sandy asolara la ciudad y solamente no parara». «Con el coronavirus, hemos pasado de 1,2 millones a 2 millones de neoyorquinos en ocasión de incertidumbre alimenticia» De vuelta en La Fonda, aparece el recuerdo de otro episodio trágico de la historia de Nueva York: los ataques del 11 de septiembre. «Yo ya estaba aquí en el horario el ataque terrorista y Del mismo modo que esto no he experimentado nada en mi vida», asegura Jorge Ayala, uno de los dueños del restaurante. «Es increíble la de gente que está pasando por un mal momento. Y Además gente que no es pobre. Gente que trabaja, Pero que lo ha perdido y que están haciendo La misma fila de la gente pobre pues no tienen». Ayala no se resignó a cerrar el local con las limitaciones. Lo sostuvo para comida para llevar y a domicilio –como deja la ley de confinamiento– y terminó por convertirlo en un lugar de preparación y distribución de comestibles de World Central Kitchen. En seguida También Del mismo modo que cocina –«hacemos arroz para 500, y lo tengo que hacer yo, pues si no no es lo mismo»–, con el salón convertido en un Sólo hormiguero de empleados, voluntarios, vecinos y policía que echa una mano. James González, el otro socio de La Fonda, llena dos furgonetas con cajas de raciones preparadas. «Hemos dado más de 100.000 comidas. El 95% va para ancianos», dice Mientras que arranca rumbo Este hacia un complejo enorme de viviendas sociales. De trayecto, denomina a Miss Theresa, una de las «viejitas», De exactamente la misma manera que él las llama, que organiza el reparto de comida entre los más mayores de estos apartamentos. «Ayer el ‘mac & cheese’ y el cerdo estaban buenísimos», se escucha por el altavoz del celular. «Hoy llevamos guiso vegetariano», notifica González. «No sé yo..», responde la señora con gracia. El viaje apenas dura cinco minutos, con las avenidas de Manhattan desiertas de tráfico. Los ancianos, más necesitados
Ya en el complejo, el reparto se organiza a la vera de la cancha de baloncesto. Los más mayores del distrito arrastran con fatiga sus carros de la compra. Las «viejitas» voluntarias no Solo les dan raciones de comida. «Amor, esta máscara es para su carita linda», le dice Jenny a una señora que improvisa un turbante con una bufanda, y le entrega una mascarilla y un gel desinfectante. «Es muy triste», lamenta. «No he visto esta situación en los 57 años que vivo aquí. Mi madre, tampoco». En otro complejo de viviendas sociales próximo, Carol se apaña de lunes a viernes para llevar la comida a sus casas a 42 ancianos. Es una jubilada que vive con su madre, de 90 años. «Es para que los mayores no salgan y tengan que hacer colas, es peligroso». Sólo en su edificio han muerto cuatro personas por coronavirus. El hambre que ha provocado el coronavirus se nota Además en los mercadillos que organiza City Harvest A partir de principios de la década de 1980. Recogen comida donada o bien que sobran de granjas, supermercados y restaurantes y las reparten semanalmente en Varios puntos de la ciudad. «En los mercadillos que venían 300 familias, ahora vienen 500. En algún caso, se ha duplicado el número de gente que Precisa comida», explica Geraldine Fermin, su coordinadora de nutrición. No Solo es que la gente se haya quedado sin trabajo. Además es que escasean algunos productos en los supermercados y que los precios se han disparado. En el mes de abril se desencadenó la mayor escalada de costes de alimentos del último medio siglo, Conforme los información de la Oficina de Estadísticas Laborales de EE.UU. Las colas para recoger comida se han convertido en una de las pocas ventanas abiertas a la crisis económica Acertó Donald Trump al bautizar al coronavirus Del mismo modo que «enemigo invisible». Muchos en Nueva York ni se enteraron de la tragedia que se ha vivido dentro de los centros de salud, con las UCI desbordadas y las morgues abarrotadas de bolsas con cadáveres. En seguida, las colas para recoger comida se han convertido en una de las pocas ventanas abiertas a la crisis económica. Se ven en los colegios, convertidos en puntos de recogida para sustituir a los comedores y a fin de que muchos niños –y También sus familias– puedan comer; en la puertas de las iglesias, en los distintos bancos de alimentos. La desigualdad idiosincrásica de Inédita York se ha extremado con la crisis. Delante de una cola en una iglesia de Brooklyn pasa la gente haciendo ejercicio sin mascarilla, paseando al perro con desgana. En la proxima manzana, la cola se hace para comprar café helado con leche de almendras por cuatro dólares. José Andrés, el popular cocinero de España que alimenta a América
El cocinero asturiano José Andrés labró un imperio gastronómico en EE.UU., difundió la cocina española A partir de sus restaurantes y sus programas televisivos y se convirtió en un Sólo rostro familiar –quizá el más celebre– del país. Su fama la ha colocado a funcionar para dar de comer a quienes más lo necesitan. Con su organización benéfica, World Central Kitchen, acude a los lugares de urgencia para cubrir el requerimiento básica de que los perjudicados coman. Desde desastres naturales en Puerto Rico, Haití, California o Bahamas a situaciones De esta forma como la que se vive después en Inédita York. «Si no estás dentro de las construcciones, no ves los fallecidos. Y acá, en sitios Como Corona [una comunidad hispana de Queens] Solo se ven las colas, las de la gente que ha perdido el trabajo. Sin embargo existe una crisis humanitaria que se está fraguando», asegura a este diario por celular en una visita rápida a Inédita York. La crisis del coronavirus ha visto la debilidad asistencial en EE.UU. para este tipo de casos. Por ello, concluye de apadrinar la FEED Act, una propuesta de ley junto a un conjunto de legisladores –entre ellos, la senadora y ex candidata a la presidencia Kamala Harris– para que el Gobierno subvencione a restaurantes y ONGs para dar de comer a gente necesitada.