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Bacterias: el «hogar» preferido de los virus Mientras todo va bien

No está dando lugar a duda de que la pandemia de Covid-19 nos ha hecho mucho más conscientes de que los virus nos acompañan en todo momento. Sin embargo, en mi opinión, la Humanidad no tiene aún una idea clara de la cantidad de virus que existen en el planeta. Del mismo modo que son pequeños –aunque matones–, tendemos a pensar que hay Solo unos pocos virus esparcidos por aquí y por allá, y que el coronavirus es la excepción a esta regla. Aunque, los virus son los organismos –o quizá deberíamos decir el grupo de moléculas semivivas– que dominan la biosfera. La razón de esta abundancia de virus reside en que La mayoría de ellos, lejos de infectar a animales o a plantas, sobrevive en el interior de las bacterias más numerosas del océano. Versa de las bacterias de la clase SAR11, que nada tienen que ver con el coronavirus SARS-CoV-2. Un aluvión de bacterias SAR11
Se considera que hay un 10 seguido de 28 ceros de bacterias SAR11 en los océanos. Para reunir el mismo número de células humanas que de bacterias SAR11, la humanidad debería ser alrededor de un millón de veces más numerosa. En otros términos, poblar la tierra con más de siete mil billones de personas, en sector de los más de siete mil millones actuales. Los virus que infectan a estas bacterias son Todavía más numerosos que ellas. Se estima que existen unos 10 virus por cada bacteria SAR11. Las bacterias están reproduciéndose continuamente, captando nutrientes del Entorno. Al mismo tiempo, los virus las van matando En tanto ellos mismos se reproducen, infectándolas. De esta forma, resulta que bacterias y virus se encuentran en un Solo difícil equilibrio, con una ventaja de diez a uno para los virus. En general, todos y cada uno de los organismos unicelulares intentan reproducirse todo lo que pueden, en contraste a los pluricelulares, que Solo nos reproducimos lo cual nos dejan. Aunque, si los virus se reproducen sin freno y matan con ello a demasiadas bacterias, la proxima generación de virus no tendrá suficientes bacterias con las que vivir. De hecho, existe el riesgo real de que demasiados virus, al reproducirse todos al mismo tiempo, acaben con todas las bacterias que necesitan para vivir. En otras palabras, para sobrevivir los virus no pueden ir por ahí matando indiscriminadamente a quienes “les dan de comer”. ¿Cómo se mantiene luego el equilibro entre bacterias y virus, de forma que los segundos dejen vivir a suficientes bacterias y continuar reproduciéndose dentro de ellas, superándolas ampliamente en número? Tal y como Siempre y en todo momento que hay un misterio en ciencia, uno o Varios científicos proponen hipótesis, es decir, ideas para intentar explicarlo. Entre las ideas propuestas se encuentra la de que los virus que infectan a las bacterias SAR11 son virus latentes. Latencia es paciencia
Podríamos delimitar la latencia Del mismo modo que la propiedad que poseen algunos virus de aguardar pacientes para reproducirse En el momento en que oportuno. Los virus latentes viven “dormidos” en el interior de las bacterias o células a las que infectan, y no se reproducen en ellas hasta el momento en que alguna señal, algún cambio en el Ambiente –siempre un recambio molecular– les señala que es el momento adecuado para reproducirse. En ese momento ponen en marcha la maquinaria teléfono que les deja multiplicarse y, con ello, acaban con la vida de la célula que les albergaba. Los virus en estado de latencia no matan, por el hecho de que, a sus hospedadores. En verdad, copian sus genes a medida que los hospedadores se reproducen. Se comportan en el interior de estos Además que si es que fueran genes del propio hospedador, sin hacerles demasiado daño, hasta que las condiciones les indican que pueden multiplicarse y matarlo. La idea de que las bacterias SAR11 podían alojar en su interior virus latentes no había podido ser confirmada hasta acto seguido. Si bien, meses atrás un conjunto de estudiosos de la Facultad de Oceanografía de la Universidad de Washington (EE UU) aisló dos cepas de bacterias SAR11 del Pacífico Norte en las que encontraron virus latentes. El aislamiento de estas cepas de bacterias SAR11 ha permitido mantenerlas en cultivo en el laboratorio y manipular sus condiciones de crecimiento. Concretamente se ha modificado la cantidad de nutrientes disponibles, y con ello su capacidad de reproducción. Estas manipulaciones han conducido a un descubrimiento Todavía más interesante: la forma en que el virus decide cuándo reproducirse o no en el interior de la bacteria. Dormidos En tanto todo va bien
En una serie de experimentos los estudiosos han comprobado que los virus latentes no abandonan ese estado Una vez que las bacterias crecen en abundancia de nutrientes. En estas condiciones, las bacterias pueden reproducirse con alegría, reproduciendo Asimismo Así el genoma del virus que “late” en su interior. Digamos que Mientras que su bacteria hospedadora pueda vivir cómodamente, al virus no le merece la pena el esfuerzo y el riesgo de reproducirse y salir en búsqueda de otras bacterias en las que vivir. Aunque, las cosas cambian de forma radical Cuando las bacterias crecen en escasez de nutrientes. En estas condiciones, los virus en el interior de las bacterias abandonan su estado de latencia y comienzan a reproducirse de manera dinámica, matando a las bacterias. Los virus saben de alguna manera que su hospedador no sobrevivirá en esas condiciones, y optan por aprovecharse de él todo lo cual puedan Ya antes de que, en efecto, muera. En resumen, Mientras que las cosas les van bien a las bacterias, los virus se permiten llevar en su interior de manera plácida y pacífica, dejando que hagan todo el trabajo para mantenerlos vivos –aunque “dormidos”–. Pero Una vez que las cosas se ponen feas para las bacterias y la vida de Ambos corre peligro, los virus las atacan A partir de sus entrañas, reproduciéndose sin freno hasta matarlas. Este es un ejemplo más, a nivel planetario, de los increíbles equilibrios que se establecen entre los seres vivos en diferentes ecosistemas. Ojalá que tengamos la sabiduría suficiente para no desequilibrarlos más de lo que ya lo hemos hecho. Jorge Laborda Fernández es Catedrático de Bioquímica y Biología Molecular, Universidad de Castilla-La Mancha Este artículo viajó publicado originalmente en The Conversation . <img src=”https://counter.theconversation.com/content/141063/count.gif?distributor=republish-lightbox-advanced” alt=”The Conversation” width=”1″ height=”1″ style=”border: none !important; box-shadow: none !important; margin: 0 !important; max-height: 1px !important; max-width: 1px !important; min-height: 1px !important; min-width: 1px !important; opacity: 0 !important; outline: none !important; padding: 0 !important; text-shadow: none !important” />