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Lapis specularis, el vidrio de los romanos

En nuestra península tan Sólo hay siete ciudades romanas que cuentan con un teatro, un anfiteatro y un circo, una de ellas es Segóbriga, situada en la provincia de Cuenca. La razón por la que los descendientes de Rómulo y Remo le otorgaron esta excelencia gravitaba en torno a la existencia de unas minas futuras a la urbe, de las que se extraía el famoso lapis secularis. El historiador Plinio apunta en sus escritos que la riqueza de este mineral se encontraba no más allá de unos cien mil pasos –ciento cincuenta kilómetros- de la ciudad romana. Versa de un yeso selenítico que tiene la peculiaridad de presentarse en manera de placas translúcidas que se pueden cortar A través de una sencilla manipulación. Los cortadores de piedra (lapidarii), con la ayuda de un serrucho, eran capaces de exfoliarlo en planos naturales que, en seguida de un sencillo procedimiento, se podían usar para realizar ventanales, celosías y vidrieras. Acristalamiento romano
El lapis specularis También se conoce De esta forma tal y como espejuelo pues En el momento en que la luz natural incide sobre él se provoca un brillo que recuerda a un espejo. Esta característica mística, casi mágica, fue clave para iluminar y engalanar domus, edificios públicos y templos romanos. No hay que olvidar que las casas de aquella temporada tenían amplios patios interiores, que servían tanto para airear las dependencias Al parecido que para iluminar las estancias, y unas ventanas exteriores muy pequeñas por donde apenas entraba la luz solar. A la propiedad lumínica del yeso se añadían otras singularidades atractivas, Del mismo modo que por servirnos de un ejemplo que es un buen aislante térmico y acústico, Así De exactamente la misma manera que una resistencia superior a la del cristal. De Segóbriga a todo el orbe romano
El lapis specularis se halla bajo tierra encajonado en la piedra, por lo que hay que extraerlo y separarlo de ella, en su mayor parte en una piedra fósil que manera un bloque compacto. Los bloques logrados en Segóbriga se cortaban, se separaban en láminas y se embalaban para ser transportados hasta Carthago-Nova por la vía Spartaria. Desde allá se trasladaban en naves mercantes y barcos lapidarios –que eran más lentos Sin embargo con mayor capacidad de carga- hasta todos y cada uno de los puertos del Imperio. Cuando llegaban a su destino las láminas se montaban en bastidores ajustables al tamaño de los vanos de las edificaciones. Los armazones eran habitualmente de madera, Si bien También los había de cerámica y metal. En este sentido, las minas de lapis specularis se convirtieron en un Sólo especial centro de control económico. Por este motivo no puede sorprendernos que las legiones romanas vigilasen con celo las minas conquenses. Se cuenta que Tiberio, el 2do de los Césares, se hizo fabricar un invernadero con lapis specularis en la isla de Capri, para cultivar su cucurbitácea favorita, el pepino. Y es que al parecer no había ningún jornada del año en el que este alimento no estuviese presente en la mesa imperial. Pero todo tiene su fin. El ocaso de este mineral llegó a finales del siglo II d. de C, en el horario se logró construir un cristal más barato que, Pese a ser de peor calidad, derrumbó el negocio de las minas, las cuales acabaron siendo abandonadas. M. Jara Pedro Gargantilla es médico internista del Sanatorio de El Escorial (Madrid) y autor de Múltiples libros de divulgación.