Una de las formas que más me gusta de la interpretación de la historia es a través del conflicto de ideas. La que inciden el mundo actual suelen surgir en los años previos y posteriores a la revolución francesa. A tal punto que se lo llamó el ciclo de las revoluciones: Primero la científica, después la norteamericana, la francesa y todas las latinoamericanas.

La revolución francesa fue la primer revolución mundial que tuvo dos características únicas, y que por lo tanto es la “creadora” de la era contemporánea: Por una parte se proclamó universal. No era una revolución para los franceses, era una revolución para todos los hombres y ciudadanos, en pos de la libertad y la igualdad. Y por otra parte era una revolución de la razón, se proclamaba en favor de la verdad científica, y en contra del misticismo de la iglesia. “La luz de la razón” debía ser la guia del mundo a un nuevo momento de progreso.

Los revolucionarios franceses no se quedaron conformes sólo con proclamar la revolución. Decidieron hacerla parte de su vida: Establecieron el sistema métrico, cambiaron el calendario, incentivaron la enciclopedia, fundaron academias, codificaron las leyes para su rápida comprensión, separaron la iglesia y la monarquía del estado. Ante todo fue la revolución de la razón, entendida como la búsqueda de la verdad científica aplicada al manejo del estado. Después lo llamamos el siglo de las luces.

Hoy vemos que la herencia francesa ha calado profundo en el mundo contemporáneo, pero no fue suficiente. Parece que hemos vuelto a un momento de la historia donde la verdad carece de importancia. Cuando los individuos de una sociedad eligen a propósito y contra toda prueba fáctica creer en posicionamientos ideológicos.

Hoy tendremos una marcha y paro de mujeres contra el fallo de Lucía Perez. Un fallo donde se carece de pruebas que la chica haya sido empalada o aún abusada sexualmente; y donde la conclusión de todos los peritos, incluidos los aportados por la parte querellante, es que la causa más probable de muerte haya sido una toxicidad producida por el consumo de cocaína adulterada. Pero la verdad en este caso no importa, porque es cuestión de creencia, y por lo tanto de fe. Lo mismo con los 30 mil desaparecidos. Tan es así que el mismo estado decreta que la verdad no importa y fija la cifra anteriormente marcada.

¡Pero a no decepcionarnos! Los argentinos no somos los únicos. A la opinión pública norteamericana poco le importó la falsedad de las noticias proclamadas por medios afines a Trump en la elección que lo llevó a la presidencia. Tampoco le importa a las izquierdas latinoamericanas lo sucedido en Venezuela. Simplemente eligen no creer. La multiplicidad de voces de la internet 3.0 nos ha puesto de manifiesto algo que no nos habíamos dado cuenta: La democratización de la publicación de opiniones trae aparejado la inclusión de voces que creen en misticismos y en la irracionalidad.

Sostener que Lucía Perez murió por el consumo de drogas, es defender la violencia machista. Decir que los desaparecidos no fueron 30 mil, es estar de acuerdo con la dictadura. Considerar que el liberalismo es defender todas las libertades, es militar en la izquierda. Negar a dios, es herejía. No hay diferencia en cuanto a las creencias y a la fe: La verdad objetiva no importa. Creer o reventar.

Los revolucionarios franceses han dejado inacabada su obra, pensaron que el sistema educativo formal pondría punto final a el misticismo y a la irracionalidad, pero el siglo 21 demostró que el mismo sistema puede ser replicador de creencias para-religiosas. Estamos tristemente enmarcados en una larga y continua batalla de ideas que se reiteran desde la revolución francesa: La creencia contra la razón. Lo curioso es que pareciera que los conflictos de ideas se reeditan de formas tan sutiles que acaban por verse como conflictos nuevos.

Una manera “simpática” de verlo es considerarlas herejías partidarias al hecho de contravenir estos temas, y a los militantes, pequeños inquisidores. Particularmente considero trágica la muerte de la chica, terrible los dichos emanados de la primer fiscal actuante; pero también que el fallo se ajusta a derecho: no hubo impunidad, los imputados fueron condenados. Aún así esto ha de ser una herejía.

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