Economía

Creadores de contenido en busca de su propio rating

De los seguidores a la confianza y la conversión: cómo la creator economy madura y busca métricas que reemplacen al rating tradicional para medir su verdadero impacto.

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Tendencias visuales de ilustración digital
(CC BY 4.0 — libre difusión con atribución a Q Company)

La creator economy ya dejó de ser un fenómeno adolescente. Lo que empezó como chicos grabando videos en sus habitaciones ahora es una industria que mueve millones, genera empleo y exige reglas claras de medición.

Ian Lucas, ganador de MasterChef y actual host de MasterChef Junior en Telefe, es uno de los ejemplos más claros. Pasó de YouTube a la televisión abierta y ahora también forma parte de la grilla nocturna de Blender. Junto a él aparecen en la misma programación José María Listorti, un clásico de los 90 que viene del prime time de Tinelli, y Martita Fort, que supo transformar su herencia televisiva en influencia digital a través de stories y clips.

Del otro lado, Tomás Rebord anunció un programa dominical en América desde un Movistar Arena repleto, mientras mantiene su comunidad en redes. Luquitas Rodriguez y Davo Xeneize ya son referentes indiscutidos en deporte y entretenimiento. Lo mismo ocurre en moda, belleza y gastronomía. La línea entre “de internet” y “de televisión” se volvió borrosa: las pantallas se alimentan mutuamente.

Durante años la métrica fue sencilla: acumular seguidores. Un millón era mejor que diez mil. Se parecía al rating, a la circulación de diarios o a las entradas vendidas en un teatro. Pero las plataformas evolucionaron. El algoritmo de recomendación “For you” mostró que cuentas enormes podían mover poco engagement, mientras comunidades más chicas llenaban teatros, vendían productos o instalaban conversaciones.

Aparecieron entonces las views, el engagement, la retención y la recurrencia. Hoy el foco vuelve a aspectos más intangibles y difíciles de medir: la confianza y la capacidad de conversión. Los anunciantes ya no miran solo el número bruto de followers. Quieren saber si después del contenido el seguidor realmente compra, recomienda o cambia de opinión.

El Financial Times viene siguiendo este desplazamiento. Para muchos creadores, la mayor parte de sus ingresos ya no viene del revenue share de las plataformas sino de sponsors y acuerdos directos con marcas. La influencia recupera su sentido clásico: no solo llegar a mucha gente, sino incidir en comportamientos.

TikTok empuja la misma lógica. En el Advertising Week de Nueva York presentó herramientas con inteligencia artificial que acompañan al usuario desde el descubrimiento hasta la compra. Astrid Mirkin, general manager para Sudamérica y Miami, lo explicó claro: los creadores despiertan interés, impulsan descubrimientos e influyen en la elección de productos, servicios y experiencias.

YouTube no se queda atrás. El miércoles celebró en Argentina su Brandcast 2026 bajo el título “La era YouTube”. La plataforma informó que más de 16 millones de usuarios con sesión iniciada realizaron búsquedas de compra en junio de 2026, con un aumento interanual de más del 30% en tiempo de reproducción relacionado con compras. Además lanzó YouTube Shopping junto a Mercado Libre, donde los creadores tienen un rol central.

Alejo Igoa, el primer creador de habla hispana en superar los 100 millones de suscriptores, ya adelantó dos superproducciones para 2027. Del otro lado, agencias como Creator Authority (recién adquirida por Billion Dollar Boy) se especializan en creators B2B. Según su investigación, uno de cada cinco responsables de marketing invirtió este año en este segmento y obtuvo el mejor retorno de inversión.

Alan Kronik, cofundador de TENT —el evento que reúne a la comunidad de creadores esta misma semana en el BA Ferial—, lo resume en una frase: “Hoy un creador tiene una audiencia y tiene su confianza. Muchas veces además es una empresa, con un equipo y una mirada de largo plazo”. El problema, dice, es que el ecosistema sigue fragmentado: cada actor mira un número distinto.

La paradoja es evidente. La creator economy nació con lógica de desintermediación, pero ahora necesita managers, agencias especializadas en licensing, commerce, medición y financiamiento. Algunos YouTubers ya tienen estudios, empleados, prestamistas que adelantan capital contra ingresos futuros y hasta bibliotecas de videos que funcionan como activos.

Julieta Shama, Strategic Partner Manager de Meta, explica que profesionalizar esta actividad va más allá de sumar followers: implica planificar, construir una audiencia comprometida y desarrollar relaciones comerciales sin perder autenticidad.

Lo que empezó como un pibe hablando solo frente a una cámara se convirtió en estructuras con IPs, catálogos, equipo comercial y, a veces, deuda. De individuos a medios alrededor de una marca personal. La fama digital fue la marca de altura en la pared de la infancia: necesaria, pero ya no suficiente.

La próxima etapa parece menos glamorosa y bastante más valiosa. Requiere métricas que junten atención, recurrencia, confianza y, sobre todo, consecuencias. Una industria madura cuando deja de medir solo lo fácil y empieza a medir lo que realmente importa.

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