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Furor por Lizzie Borden: las principales diferencias entre la historia real y la serie de Netflix

La nueva temporada de la saga Monster de Ryan Murphy revive el célebre caso de 1892. La producción toma varias licencias creativas que se alejan de los hechos históricos comprobados.

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Pantalla generica de una serie de television
(CC BY 4.0 — libre difusión con atribución a Q Company)

El caso de Lizzie Borden volvió a captar la atención del público con el estreno de la nueva temporada de la serie Monster en Netflix. La producción, dirigida por Ryan Murphy, se centra en los asesinatos ocurridos en Fall River, Massachusetts, en 1892, donde Andrew y Abby Borden fueron brutalmente asesinados a hachazos.

Aunque la miniserie genera furor y ha impulsado búsquedas sobre la historia real, varios elementos clave difieren de los registros históricos. Estas diferencias responden a decisiones narrativas para aumentar el dramatismo y la tensión.

En la realidad, Lizzie Borden fue detenida y sometida a un juicio que duró 13 días en junio de 1893. El jurado la declaró inocente tras solo 90 minutos de deliberación. La serie, en cambio, presenta un desarrollo judicial más prolongado y con giros que no se corresponden con las actas del proceso.

Uno de los puntos más modificados es la relación entre Lizzie y su madrastra Abby. Los registros históricos indican que la convivencia era tensa, pero no existen pruebas concretas de los abusos físicos y emocionales extremos que se muestran en la ficción. La producción amplifica estos conflictos para justificar un posible móvil.

La figura del padre, Andrew Borden, también recibe un tratamiento distinto. Mientras que en la vida real era un hombre austero y dedicado a sus negocios, la serie lo retrata con mayor crudeza y con comportamientos que acentúan el clima de opresión familiar.

Otro aspecto alterado es el rol de la criada Bridget Sullivan. En los hechos documentados, la empleada doméstica estaba en la casa durante los asesinatos y fue testigo clave. La serie le otorga un peso dramático mayor y escenas que no están respaldadas por la evidencia histórica.

Respecto al arma homicida, la serie opta por mostrar el hacha de forma más explícita y recurrente, mientras que en el juicio real nunca se encontró el arma con sangre y el fiscal no pudo presentarla como prueba definitiva.

La salud mental de Lizzie y posibles episodios de disociación o violencia también son exagerados en la ficción. Aunque se especuló mucho sobre su estado psicológico en la época, no hay documentación médica que respalde los diagnósticos o crisis que se dramatizan en pantalla.

A pesar de estas licencias creativas, la serie logra recrear con detalle la atmósfera victoriana de fines del siglo XIX y el escándalo que generó el caso en la sociedad estadounidense de entonces. El furor actual por Lizzie Borden demuestra que, más de 130 años después, el misterio sigue generando curiosidad.

Los espectadores que busquen la historia completa pueden consultar archivos judiciales y crónicas periodísticas de la época, que ofrecen una visión más ajustada a los hechos sin las adaptaciones necesarias para una narrativa televisiva.

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