José Félix Uriburu: el militar que derrocó a Yrigoyen y marcó el rol del Ejército en la política argentina
El golpe de 1930 que derrocó al presidente Hipólito Yrigoyen no solo cambió un gobierno, sino que instaló al Ejército como árbitro de la política por décadas. Repasamos quién fue Uriburu y qué significó su intervención.
El 6 de septiembre de 1930, el general José Félix Uriburu encabezó un golpe de Estado que derrocó al presidente constitucional Hipólito Yrigoyen. Ese día, las tropas marcharon desde Campo de Mayo hacia la Casa Rosada y pusieron fin a la experiencia democrática iniciada en 1916 con el voto secreto y obligatorio.
Uriburu, nacido en 1868 en Salta, provenía de una familia tradicional. Había estudiado en el Colegio Militar y participado en la Revolución del Parque de 1890. Su carrera lo llevó a ocupar cargos importantes en el Ejército, pero su nombre quedó ligado para siempre al golpe que inauguró la era de las intervenciones militares en la Argentina del siglo XX.
¿Por qué derrocó a Yrigoyen?
El gobierno de Yrigoyen atravesaba una profunda crisis. La Gran Depresión de 1929 había golpeado fuerte la economía argentina: las exportaciones cayeron, el desempleo creció y el radicalismo estaba dividido. La oposición conservadora y sectores del Ejército veían en el presidente un líder debilitado y acusaban a su gobierno de corrupción y autoritarismo.
Uriburu, que representaba el ala nacionalista del Ejército, encontró apoyo en jóvenes oficiales, en la Sociedad Rural y en parte de la clase media porteña cansada del radicalismo. El golpe fue rápido y casi sin resistencia. Yrigoyen fue detenido y enviado a Martín García.
El gobierno de Uriburu: corporativismo y fraude
Una vez en el poder, Uriburu intentó imponer un modelo corporativista inspirado en ideas que circulaban en Europa. Quería reemplazar el sistema de partidos por una representación de los “intereses” (empresarios, trabajadores, militares). Su proyecto incluía una reforma constitucional que nunca llegó a concretarse plenamente.
En la práctica, su gestión se caracterizó por la represión a opositores, la disolución del Congreso y la intervención de provincias. En 1931, ante el fracaso de su proyecto, permitió elecciones, pero con proscripción del radicalismo. Así nació el “fraude patriótico” que dominó la década del 30, conocida como la “Década Infame”.
En números: el PBI cayó casi un 15% entre 1929 y 1932, el desempleo en Buenos Aires superó el 20% y el salario real se derrumbó. Para el comerciante de Once o el trabajador de Avellaneda, el golpe no trajo estabilidad: trajo más incertidumbre y precios que no paraban de subir.
El legado: el Ejército como árbitro
Más allá de su corto gobierno (renunció en 1932 tras las elecciones que llevaron a Agustín P. Justo al poder), el golpe de Uriburu tuvo un impacto duradero. Marcó el comienzo de un ciclo donde las Fuerzas Armadas se autoproclamaron guardianes del orden y la “argentinidad” frente a lo que consideraban desórdenes democráticos.
Desde 1930 hasta 1983, el país vivió seis golpes de Estado exitosos y varios intentos fallidos. El Ejército pasó de ser una institución profesional a un actor político central. Uriburu fue el primero en dar ese paso.
¿Qué significa esto para entender la Argentina de hoy?
Cuando miramos la inestabilidad institucional del siglo XX, el nombre de Uriburu aparece como punto de inflexión. Su acción demostró que, en momentos de crisis económica y división política, un sector de las Fuerzas Armadas podía decidir quién gobernaba.
Traducido al lenguaje de hoy: cuando la economía no cierra, la inflación se come el sueldo y la gente pierde confianza en los políticos, siempre aparece alguien dispuesto a “poner orden”. Uriburu fue ese alguien en 1930. Su golpe abrió una puerta que tardó más de medio siglo en cerrarse.
Los historiadores siguen debatiendo si fue un militar conservador o un precursor del nacionalismo autoritario. Lo que no se discute es que, después de él, nada volvió a ser igual en la relación entre las urnas y los cuarteles.