En el país de los “secanucas”: la obsesión argentina por el cuello limpio
Desde las barberías de barrio hasta los tutoriales virales, el “secanucas” se convirtió en un ritual porteño. Qué dice esta manía sobre nuestra relación con la apariencia y la pulcritud.
Tiene 32 años, vive en Caballito y cada quince días se hace lo mismo: se sienta en la silla, cierra los ojos y espera el zumbido de la máquina. “Cuando me pasan la navaja por el cuello y me sacan todo el pelito, respiro distinto”, cuenta Martín mientras se toca instintivamente la nuca. No es una frase de poeta. Es el relato de un secanucas serial.
En las barberías de Buenos Aires el “secanucas” no es un extra. Es el plato principal. El ritual que transforma un corte de pelo básico en una experiencia casi religiosa. La máquina va subiendo desde la espalda, pasa por la nuca, llega al nacimiento del pelo y deja una línea perfecta. Después viene la navaja, el polvo, el talco y, en algunos lugares, hasta un chorrito de colonia barata que cierra el acto.
Lo curioso es que esta obsesión no es nueva, pero sí se volvió hipervisible. En foros de Reddit y grupos de Facebook de hombres argentinos, el debate sobre la técnica ideal del secanucas ocupa hilos de decenas de comentarios. Hay quienes defienden la máquina sola, otros juran por la navaja caliente y hay una facción casi militante que exige que se termine con crema de afeitar y toalla tibia. Internet, como siempre, solo amplificó lo que ya existía en las calles.
La palabra misma es un invento criollo. “Secanucas” no aparece en el diccionario de la Real Academia, pero en cualquier peluquería de Once, Flores o Villa Crespo saben exactamente de qué hablás. Es un término que mezcla practicidad y deseo: secar (limpiar, dejar pelado) la nuca. Y en un país donde la apariencia física sigue siendo moneda corriente en entrevistas de trabajo y primeras citas, tener la nuca “limpia” funciona como señal de cuidado personal.
Hay algo de historia detrás. Los abuelos que volvían de la mili contaban que el peluquero del cuartel les pasaba la máquina “hasta el último pelito”. Esa imagen del conscripto con la nuca brillosa se quedó pegada en el imaginario. Después vino la ola de las barberías old school en los 2010, con sillas de hierro, música de blues y la promesa de recuperar rituales masculinos. El secanucas volvió con todo, pero ahora con precios que van de los 800 a los 2500 pesos según el barrio y el nivel de parafernalia.
Desde el lado de las mujeres la cosa es distinta pero no tanto. Muchas se ríen cuando sus parejas llegan con la nuca recién pelada (“parecés un chico de primer grado”), pero también hay quienes piden el mismo tratamiento en salones unisex. La obsesión por la línea perfecta del cabello no entiende de géneros del todo.
Lo que nadie cuenta es que detrás del secanucas hay una pequeña ansiedad contemporánea: la del control. En un mundo donde todo parece descontrolado —la economía, el clima, la política— poder decidir exactamente dónde termina tu pelo y dónde empieza tu piel da una sensación mínima de orden. Es un gesto pequeño, repetible, barato en comparación con otras vanidades y que genera un placer inmediato.
En las comunidades más profundas de internet (esos foros que la mayoría no pisa) hay incluso comparaciones con otros países. Los brasileños, según los argentinos, “no saben lo que es un buen secanucas”. Los españoles “se dejan todo”. Los japoneses lo llevan al extremo con navajas de precisión quirúrgica. Argentina, en esa narrativa online, sería el país del secanucas elevado a arte popular.
Martín termina su relato con una sonrisa: “Mi vieja me dice que estoy obsesionado. Puede ser. Pero cuando salgo de la barbería y siento el aire en la nuca, por diez minutos el mundo me parece un poco más soportable”.
Tal vez ahí esté la clave. No se trata solo de estética. Se trata de ese momento breve en que alguien te cuida el cuello, te saca lo que sobra y te devuelve a la calle sintiéndote un poco más liviano. En el país de los secanucas, a veces la felicidad es una nuca bien pelada.