Vivía con culpa, se camufló para encajar y descubrió que era altamente sensible: “Hoy le doy rienda suelta
De adolescente lloraba al cruzar la calle y de adulta huía del bullicio en las reuniones familiares. Una ingeniera y psicóloga desarmó su armadura corporativa para ayudar a otros a comprender su propio diseño.
Tiene un currículum que a primera vista parece de alguien hecho para el mundo corporativo: ingeniera, psicóloga, con años de experiencia en multinacionales y consultorías. Pero detrás de esa fachada había una persona que se sentía permanentemente fuera de lugar.
De adolescente lloraba sin motivo aparente al cruzar una calle transitada. En las reuniones familiares grandes, inventaba excusas para escaparse al baño o directamente a la calle. El ruido, las luces, las conversaciones superpuestas la saturaban hasta el punto de sentir que algo andaba mal con ella.
Durante años cargó con una culpa difusa. Creía que era demasiado sensible, demasiado débil, demasiado intensa. Se camufló. Armó una coraza profesional impecable, aprendió a hablar en el tono neutro que se espera en las oficinas y evitó mostrar lo que sentía. Encajaba, pero a un costo alto.
Todo cambió cuando descubrió el concepto de Alta Sensibilidad. No era un trastorno, no era una falla de carácter: era un rasgo de personalidad presente en entre el 15 y el 20 por ciento de la población. Personas que procesan la información sensorial y emocional con mayor profundidad, que se ven fácilmente sobreestimuladas y que poseen una empatía que puede ser abrumadora.
“Fue como si alguien hubiera encendido la luz en una habitación donde yo había estado a oscuras toda la vida”, cuenta. A partir de ahí empezó un proceso de desarme. Dejó de ver su intensidad como un defecto y comenzó a entenderla como un diseño particular.
Hoy es coach y facilitadora especializada en personas altamente sensibles. Ayuda a otros a identificar el rasgo en sí mismos, a dejar de pelearse con su forma de percibir el mundo y a construir vidas que no impliquen una constante sobreexigencia sensorial.
El camino no fue lineal. Tuvo que aprender a poner límites, a elegir entornos más amigables con su sistema nervioso y a comunicar sus necesidades sin culpa. “Antes pensaba que pedir menos ruido o menos gente era ser caprichosa. Ahora entiendo que es autocuidado”, explica.
Su historia tiene algo de esas narrativas que circulan en foros y comunidades online desde hace años, donde gente que no encajaba en los moldes tradicionales empezó a encontrar nombre para lo que sentía. La diferencia es que ella decidió convertir esa comprensión en una herramienta para otros.
En un mundo que premia la extroversión constante, la multitarea y la exposición permanente, las personas altamente sensibles suelen sentirse defectuosas. Su testimonio invita a mirar de otra manera: quizás no se trate de endurecerse, sino de aprender a habitar con inteligencia esa sensibilidad.
“Hoy le doy rienda suelta a mi intensidad”, dice. Y en esa frase hay un alivio que muchas personas que se han pasado la vida pidiendo perdón por cómo son pueden reconocer de inmediato.