El dolor de ya no ser: bares y boliches porteños que se transformaron en otra cosa
El paso del tiempo y los cambios urbanos reconvirtieron locales icónicos de la noche porteña en edificios de departamentos, gimnasios o supermercados. Un recorrido por lo que ya no está y lo que quedó en su lugar.
Si salís a caminar por ciertas esquinas de Buenos Aires, es probable que te choque ver un local que alguna vez fue sinónimo de noche y hoy es otra cosa. El tiempo se llevó puestos varios de los lugares que marcaron la vida nocturna porteña. Bares, boliches y discotecas emblemáticos fueron reconvertidos en edificios de departamentos, gimnasios o supermercados.
Uno de los casos más recordados es el de Cemento, el mítico espacio de Avenida Corrientes que durante años fue punto de encuentro para rock, teatro y experimentación. Cerró sus puertas en los 2000 y el edificio fue demolido para dar lugar a un complejo de viviendas. Lo mismo ocurrió con muchos boliches del Bajo y de Palermo Viejo, donde la especulación inmobiliaria ganó terreno.
En Almagro y Villa Crespo, varios bares que funcionaban como antesala de la noche terminaron convertidos en sucursales de cadenas de supermercados o en gimnasios 24 horas. Los vecinos cuentan que ya no hay tantos espacios para juntarse después de las 10 de la noche sin terminar en un bar genérico o en casa.
La reconversión no es solo física. También cambia la forma en que se vive la ciudad. Aquellos que salían a bailar o a tomar algo hasta la madrugada ahora encuentran menos opciones en los barrios tradicionales. El subte y los colectivos que volvían llenos a las 6 de la mañana ya no pasan por los mismos circuitos de antes.
En Balvanera, por ejemplo, varios locales de la avenida Corrientes y Callao fueron reemplazados por torres de oficinas o departamentos. Lo que antes era música, luces y gente en la vereda, hoy es un portón de cocheras y carteles de “en venta”.
Los cambios responden, en parte, a la evolución natural de los barrios. Palermo Soho pasó de ser un lugar de bares under a una zona llena de locales de ropa y restaurantes caros. Muchos dueños de boliches vendieron ante el aumento de los alquileres y la caída de público después de la pandemia.
Sin embargo, persiste una sensación de pérdida. Grupos de Facebook y Twitter reúnen fotos antiguas y testimonios de quienes vivieron esa noche porteña que ya no vuelve. “Era otro ritmo, otra forma de encontrarse”, dicen. La ciudad se transforma, pero el recuerdo de lo que ya no está sigue vivo en quienes lo transitaron.
Algunos espacios resisten. Hay bares nuevos que intentan recuperar la mística de los viejos reductos, aunque con otra escala y otro público. Mientras tanto, los que caminan por las cuadras de siempre no pueden evitar la pregunta: ¿dónde quedó todo lo que había antes?