Cómo se mide la pobreza en la Argentina: el método oficial explicado paso a paso
Entendé cómo el INDEC calcula la pobreza y la indigencia, qué variables incluye la Canasta Básica y por qué el número no siempre refleja la realidad cotidiana de los hogares.
La medición de la pobreza en la Argentina es un proceso técnico que combina estadísticas de ingresos con el costo de dos canastas básicas. El Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) es el organismo responsable de publicar estos datos cada trimestre, y su metodología se basa en la comparación entre los ingresos de los hogares y el valor de las canastas que representan el umbral mínimo para cubrir necesidades alimentarias y no alimentarias.
El primer paso consiste en definir la Canasta Básica Alimentaria (CBA). Esta canasta contiene la cantidad de alimentos necesarios para satisfacer los requerimientos nutricionales de una persona promedio, según las recomendaciones de la FAO y de expertos locales. Incluye productos como pan, arroz, fideos, carne, leche, huevos, verduras y frutas. Su valor se calcula mensualmente en base a los precios relevados en el Gran Buenos Aires y luego se pondera para el resto del país.
A partir de la CBA se construye la Canasta Básica Total (CBT). Esta agrega bienes y servicios no alimentarios considerados esenciales: vivienda, transporte, salud, educación, vestimenta e higiene. La CBT suele equivaler a alrededor de 1,8 veces el valor de la CBA, aunque esa proporción puede variar levemente según el trimestre. Un hogar se considera pobre cuando sus ingresos totales no alcanzan a cubrir el valor de la CBT, e indigente cuando no llega ni a la CBA.
Para obtener el porcentaje de pobreza, el INDEC utiliza los datos de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH). Esta encuesta se realiza en 31 aglomerados urbanos que representan cerca del 70% de la población urbana del país. Se pregunta por los ingresos de todos los miembros del hogar (salarios, jubilaciones, AUH, planes sociales, rentas) y se comparan con el valor de las canastas ajustadas por el tamaño y la composición del hogar.
Un aspecto clave es la escala de equivalencia. No cuesta lo mismo mantener a una familia de cuatro personas que a una de dos. El INDEC aplica coeficientes según la edad y el sexo de cada integrante. Por ejemplo, un varón adulto equivale a 1, un niño de hasta 5 años equivale a 0,67. De esta forma se calcula el ingreso per cápita equivalente del hogar y se lo compara con los umbrales de pobreza.
La metodología actual se viene utilizando desde 2016, cuando se retomó la publicación de los índices luego de la intervención al INDEC. Sin embargo, el debate sobre cómo medir la pobreza es permanente. Especialistas proponen incorporar dimensiones no monetarias como el acceso a servicios básicos, la calidad de la vivienda o la brecha digital. Estos enfoques multidimensionales, como el que utiliza el Observatorio de la Deuda Social de la UCA, suelen arrojar cifras más altas porque detectan carencias que el método oficial no captura.
Otro punto de discusión es la actualización de la canasta. La CBA se basa en una dieta de referencia de 1985 que, aunque se actualizó en 2005, no refleja completamente los cambios en los hábitos de consumo de las últimas dos décadas. Además, el relevamiento de precios se concentra en grandes superficies y no siempre captura el valor real al que acceden los sectores más vulnerables, que suelen comprar en comercios de cercanía con precios más altos.
A pesar de sus limitaciones, la medición del INDEC sigue siendo la referencia oficial. Permite seguir la evolución del fenómeno a lo largo del tiempo y es utilizada por gobiernos, organismos internacionales y organizaciones sociales para diseñar políticas públicas. Entender cómo se construye este número ayuda a interpretar mejor los titulares y a comprender por qué, aunque la economía crezca, la pobreza puede seguir elevada si los ingresos no acompañan el aumento del costo de vida.
En los últimos años se observó que la pobreza estructural —aquella que persiste incluso en períodos de crecimiento— representa una proporción cada vez mayor del total. Esto indica que muchos hogares tienen dificultades para salir de la situación de pobreza aunque consigan empleo formal. Factores como la informalidad laboral, la falta de formación y el alto costo de los servicios públicos explican parte de esa rigidez.
Conocer los detalles técnicos de la medición permite también evaluar las propuestas de las distintas fuerzas políticas. Cuando un candidato promete reducir la pobreza a un dígito, es importante preguntarse si se refiere al indicador oficial o si incorpora otras dimensiones. Del mismo modo, los programas de transferencia de ingresos se calibran según estos umbrales: la AUH, por ejemplo, está pensada para familias que se encuentran por debajo de la línea de pobreza.
En definitiva, medir la pobreza no es solo una operación estadística. Es una forma de decidir qué problemas se atienden primero y con qué recursos. Cuanto más precisa y transparente sea la medición, mejores serán las políticas que se puedan diseñar para reducirla de manera sostenible.