La mujer detrás del alfajor que hoy es un grupo alimenticio con 300 empleados
María Luisa Baca, santiagueña de origen, aprendió repostería con monjas en Córdoba hace 150 años y dio origen a una marca que lleva el apellido de su marido y que hoy emplea a 300 personas en el país.
María Luisa Baca nació en Santiago del Estero a mediados del siglo XIX. Aprendió el oficio de la repostería en un convento de monjas en Córdoba y, con el tiempo, sus recetas se convirtieron en el germen de lo que hoy es un grupo alimenticio que factura millones y da trabajo a 300 personas.
La marca que lleva su apellido no empezó en una fábrica. Nació en la cocina de una casa familiar, donde María Luisa perfeccionaba sus dulces con ingredientes simples y mucho cuidado. Cuando se casó con un hombre de apellido Marcolongo, sus creaciones empezaron a circular entre vecinos y conocidos. El alfajor que hoy todos reconocen tomó forma en esa época: masa tierna, dulce de leche generoso y una cobertura que se mantiene casi idéntica después de más de un siglo.
En números, el crecimiento es notable. Lo que empezó como un emprendimiento casero en el interior pasó a ser una empresa con planta industrial, líneas de producción automatizadas y distribución en todo el país. Hoy el grupo incluye no solo alfajores sino también galletitas, obleas y otros productos de panificación que se encuentran en góndolas de supermercados y kioscos.
Para el bolsillo del consumidor, el precio de estos alfajores refleja la inflación acumulada y los costos de materias primas como el azúcar, la harina y la leche. En los últimos doce meses, el valor promedio en las góndolas subió alrededor del 180%, por encima de la inflación general. Sin embargo, la marca se mantiene como una de las más elegidas en su categoría, lo que habla de la fuerza de su historia y la calidad percibida.
Traducido al lenguaje del comerciante: quien tiene un kiosco o almacén sabe que el alfajor Marcolongo rota rápido, deja buen margen y genera repetición de compra. Ese dato de caja es lo que explica por qué la empresa pudo escalar de una receta familiar a un grupo con 300 empleados, entre personal de planta, administración, logística y ventas.
El legado de María Luisa sigue vivo en las fórmulas que se mantienen casi intactas. La empresa, que hoy es administrada por sus descendientes, invirtió en tecnología para aumentar la producción sin perder el sabor original. En un mercado donde las multinacionales compiten fuerte, una marca con historia argentina logró sostenerse y crecer.
Para ponerlo en contexto, si en 1900 una familia preparaba estos alfajores para vender en el barrio, en 2026 el grupo factura lo suficiente como para mantener 300 puestos de trabajo formales en un contexto económico difícil. Eso incluye desde operarios que manejan las máquinas hasta quienes se ocupan de la distribución en el interior.
El caso de María Luisa Baca es un ejemplo de cómo una habilidad aprendida en un convento puede transformarse, con el paso de las generaciones, en una empresa que forma parte de la cultura popular argentina. Su historia se mezcla con la de miles de familias que hoy abren el paquete de alfajores sin saber que detrás hay una mujer santiagueña que, hace casi 150 años, decidió perfeccionar una receta que terminaría siendo un clásico.