La redefinición del saber: por qué el conocimiento ya no alcanza y la innovación manda
En la economía del conocimiento que muta hacia la de la innovación, el valor ya no está en saber cosas sino en aplicarlas creativamente. Argentina rankea 77° en el Global Innovation Index y necesita reaccionar en educación, empresas y políticas públicas.
El mundo ya no premia solo a quien acumula información. En 2026, el saber que genera valor es el que se transforma en capacidad crítica, juicio y, sobre todo, innovación concreta.
Desde los años 60, cuando Fritz Machlup y Peter Drucker empezaron a hablar de “economía del conocimiento”, el eje del valor productivo se corrió del trabajo manual y los recursos físicos hacia el saber aplicado. Ese proceso se aceleró de forma exponencial. Según un estudio reciente de Brand Finance, el capital intangible en las mayores economías del mundo alcanzó los 97,6 billones de dólares, superando por primera vez el valor de todos los activos físicos del planeta.
Bill Schmarzo, experto en big data, corrigió la famosa frase “los datos son el nuevo petróleo”: a diferencia de un recurso natural finito, el conocimiento es inagotable, se valoriza con su uso y permite economías de escala rápidas y múltiples. En cada producto o servicio que consumimos hoy, la porción de valor que viene de la construcción cognitiva es cada vez mayor, mientras que la mera manufactura representa una parte decreciente.
Pero el salto que estamos viviendo ahora es aún más profundo. Expertos como Aneesh Raman, director de Oportunidades Económicas de LinkedIn, sostienen que pasamos de la economía del conocimiento a la “economía de la innovación”. Con la inteligencia artificial generativa al alcance de casi todos, ya no basta con “saber cosas”. Lo escaso y valioso es la capacidad de aplicar ese conocimiento de forma crítica, desarrollar juicio y generar creatividad e invención.
Esto cambia todo: modelos de organización empresarial, políticas públicas, la forma en que actuamos como consumidores, trabajadores o ciudadanos. En Argentina, tres fuerzas convergen: el agotamiento de la economía cerrada y estatizada, las nuevas políticas de apertura de mercado y el impacto de la revolución tecnológica global. El resultado es un mandato claro para instituciones educativas, empresas, sindicatos, gobiernos provinciales y organizaciones de la sociedad civil.
El Global Innovation Index que publica la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI) evalúa 139 países en capital humano, investigación, infraestructura, instituciones, conocimiento, tecnología y creatividad. En el último ranking, Suiza, Suecia y Estados Unidos lideran. Argentina aparece en el puesto 77, por detrás de Chile, Brasil, México y Uruguay.
Esto no se resuelve solo con más inversión en capital físico, estabilización macro o desarrollo financiero. Se necesita desarrollar el “nuevo saber”: capacidad de síntesis y conexión, conocimiento adaptativo, evaluación creadora, improvisación acelerada y la orquestación eficiente entre persona y tecnología.
Saber, en 2026, ya no es procesar información. Es usar el sentido crítico para encontrar respuestas nuevas frente a problemas complejos. Las organizaciones que no entiendan este cambio corren el riesgo de quedarse atrás en productividad y competitividad.
Según La Nación, el desafío argentino es sistémico y exige reacción urgente de todos los actores. El futuro del país dependerá cada vez más de cuánto seamos capaces de convertir conocimiento en innovación real y aplicable.