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La plaga de insectos que la codicia británica propició en Australia

El color ha sido Durante siglos un medio para expresar el estatus social de una civilización. La busca del preciado púrpura imperial, por ejemplo, llevó a los fenicios a colocar al borde de la extinción al molusco Murex. Más adelante tomaría el relevo el conocido En este sentido tal y como “rojo Turquía”, un colorante que se obtenía, A continuación de meses de arduo trabajo, de la elaboración de una mezcla pestilente de estiércol de vaca, sangre de ternera y aceite de oliva rancio. El oro rojo que alcanzó de América
El término “carmín” procede del latín carminium, del árabe girmiz –carmesí- y éste del sánscrito krimiga, que significa “producido por insectos”. En la América precolombina se elaboraba un carmesí natural que se obtenía Desde la grana cochinilla, un pequeño insecto –Dactylopius coccus- que se alimenta del nopal. En la fecha la hembra se somete a un proceso de desecado y trituración se extrae el ácido carmínico rojo. El color carmesí natural de este compuesto químico se torna rojizo si se mezcla con ácidos –como el jugo de limón- y morado al combinarse con alcalinos. En el momento en que los españoles conquistaron México en 1521 tuvieron noticia por vez 1era de estos insectos y, Desde ese instante, empezó su transporte a granel hasta Sevilla, utilizándose Del mismo modo que colorante en la fabricación de terciopelos, sedas y tapices. Tal viajó su aceptación que, Después de la plata y De la misma forma incluso Antes que el oro, la grana cochinilla se convirtió en la segunda exportación más valiosa procedente del Nuevo Mundo. Se estima que pasamos de transportar unas veintidós toneladas en 1557 a ciento cincuenta en 1574. Desde tapices hasta casacas
Desde España el carmesí natural se distribuyó al resto de Europa, eso sí ocultando celosamente tanto la fuente natural Como el proceso de fabricación, para evitar colocar en riesgo el monopolio. Los tintoreros del Viejo Continente quedaron completamente maravillados por su color, era el rojo más brillante y saturado que jamás habían visto. En aquellos instantes su potencial artesanal parecía infinito. Se rindieron a sus pies los maestros venecianos –Tiziano y Tintoreto- y la corte de Versalles lo empleó en el tapizado de sillas y en la confección de cortinas. En 1858 el anatomista alemán Joseph Von Gerlach lo introdujo por vez 1era en la tinción de las neuronas. Desde luego este pigmento no ha dejado de emplearse en el campo de la histoquímica. Una cuestión de estado
Las tropas británicas no acudieron ajenas a sus encantos y decidieron usarlo en la confección de sus famosas casacas rojas. Parece ser que optaron por esta tonalidad por el hecho de que con ella no se vería la sangre de los soldados heridos por armas de fuego. A finales del siglo XVIII el trabajo de los espías británicos dio sus frutos y descubrieron que para conseguir las preciadas cochinillas era indispensable disponer de chumberas. Únicamente les faltaba descubrir un emplazamiento estratégico para la producción de esta planta. En seguida de muchas deliberaciones la elección recayó en Australia. Allá no había chumberas Sin embargo el clima parecía a priori especialmente idóneo. A pesar de los esfuerzos de los ingenieros británicos, las cochinillas no consiguieron adecuarse al nuevo hábitat, por lo cual desistieron en su empeño, dejando Por ultimo abandonadas las chumberas a su suerte. Estas plantas encontraron un ecosistema perfecto, en donde no había predadores y las aves ayudaban a la difusión de las semillas. Los resultados no se llevaron a cabo aguardar, en 1920 ocupaban una extensión de más de treinta millones de hectáreas convirtiéndose en un enorme problema ecológico. El gobierno australiano, desesperado, ofreció una recompensa a quien fuese capaz de plantear una solución que pusiese freno a la “invasión” descontrolada de las chumberas. La contestación llegó en 1926, se introdujo una polilla argentina –Cactoblastis cactorum- que en apenas dos décadas terminó con el peligro botánico. En el estado australiano de Queensland hay una ciudad llamada Chinchilla con un monumento que homenajea a la “salvadora argentina”. Pedro Gargantilla es médico internista del Centro médico de El Escorial (La capital española) y autor de Varios libros de divulgación.