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El primo de Darwin y el plagio de las huellas dactilares

En el momento en que en 1888 Jack el Destripador sembraba el pánico en la capital londinense el único sistema actual de identificación policial que existía en aquellos instantes era el método antropométrico. Lo había diseñado un policía francés llamado Alphonse Bertillon (1853-1914) y consistía básicamente en detallar en una ficha personal diferentes partes del cuerpo y la cabeza, Como la descripción de marcas individuales, cicatrices y tatuajes. Bertillon tiene el mérito de ser uno de los primeros en plantear el empleo de métodos científicos y técnicos en la lucha contra el crimen, Sin embargo su novedoso sistema no servía para detener a malvivientes Sino más bien para ubicar a aquellos que eran reincidentes. Ese hecho debía cierto interés Ya que en el siglo XIX el sistema judicial francés enviaba a los delincuentes contumaces a lugares remotos y calurosos, Del mismo modo que la temida isla del Diablo, un reducto en la lejana Guayana Francesa. El nacimiento de la dactiloscopia
Unos años atrás un médico checo, Jan Y Además Purkinje, investigó las relaciones entre los surcos epiteliales de los dedos y el tacto, Pero no maduró suficientemente el hallazgo, siendo incapaz de vislumbrar cualquier tipo de utilidad en el ámbito de la medicina legal. Pese a este «resbalón intelectual» el doctor Purkinje tiene un puesto de honor en la Historia de la Medicina por ser el descubridor de las glándulas sudoríparas. En 1850 un oficial del ejército británico en la India, sir William J Herschel, utilizó las huellas dactilares De exactamente la misma manera que herramienta de uso legal para firmar contratos. Viajó uno de los primeros usos occidentales de la dactiloscopia, un vocablo que procede del griego daktylos (dedos) y skopein (examen). Poco tiempo más tarde Henry Faulds, un médico y misionero afincado en Japón, comenzó a coleccionar muestras de huellas dactilares de seres humanos y monos. Su meticulosidad llegó hasta el extremo de quemarse sus propios dedos con ácido sulfúrico para demostrar que las huellas dactilares eran únicas y permanentes. Procuró sin victoria que los funcionarios de Scotland Yard utilizasen la dactiloscopia de forma frecuente en sus pesquisas de identificación de criminales. Una lástima, porquequizás ahora podríamos conocer la identidad de Jack el Destripador. A vueltas con un plagio
En 1880 Faulds se atrevió a escribir a Charles Darwin para hacerle partícipe de sus conclusiones. Parece que el naturalista inglés no prestó la atención que merecía aquella misiva Pero tuvo a bien remitírsela a su primo, el De la misma forma científico Francis Galton. En 1882 –tan Solo un par de años después- Galton publicó el 1er libro sobre huellas dactilares («Fingerprints»), en donde subrayaba la relevancia de que son irremplazables y de que no hay dos individuos en el planeta con las mismas huellas. En el momento en que Faulds conoció la texto de su compatriota no dio crédito a lo sucedido y no tardó en acusarle en público de plagio, frente lo que Galton se defendió jurando y perjurando que, A pesar de que Darwin le había entregado la carta, jamás había llegado a leerla. Faulds era una persona muy vehemente y escribió una carta incendiaria a la revista científica «Nature» reivindicando su papel en el nacimiento de la dactiloscopia, un reconocimiento que, desgraciadamente, no pudo gozar en vida. Al servicio de la policía
En 1891 Juan Vucetich (1858-1925), un policía argentino, conocedor de la publicación de Galton decidió aplicar esta peculiaridad anatómica en la identificación de criminales, desarrollando un nuevo método policial: las fichas dactilares. Con una paciencia prodigiosa tomó las huellas de todos los reclusos de la prisión de El dinero, sentando las bases de un método que de forma rápida se extendió por todo el planeta y que envió al rincón del olvido a la antropometría. En la fecha en 1913 Vucetich visitó París el arrogante Bertillon, De este modo tal como buen personaje flaubertiano, se negó a la saludarle, su hybris le impidió reconocer el logro metodológico del argentino. Pedro Gargantilla es médico internista del Sanatorio de El Escorial (La villa de Madrid) y autor de Varios libros de divulgación.