Cómo es la nueva oligarquía de Estados Unidos: los multimillonarios en la mesa chica de Trump
Los ultrarricos no solo financian campañas, sino que ahora integran el gabinete y asesoran directamente al presidente. Un análisis de cómo la riqueza extrema moldea el poder político en EE.UU. en 2026.
El patrimonio neto combinado del gabinete de Donald Trump ronda los u$s 7.500 millones. Si se suma el del propio presidente, la cifra trepa a casi u$s 14.000 millones. Es el gobierno más rico de la historia de Estados Unidos.
Mientras en la Edad Dorada los barones ladrones operaban desde las sombras, hoy los multimillonarios ocupan cargos, asisten a cenas en la Casa Blanca y se fotografían con el presidente prometiendo inversiones millonarias. El fenómeno genera un debate: ¿es solo un gobierno pro-empresas o se trata de una nueva oligarquía?
“Ahora los magnates están entrando ellos mismos al gobierno”, señaló Ro Khanna, representante demócrata de California. Según varios analistas, el poder político estadounidense ha sido “secuestrado por la riqueza excesiva”.
El pequeño círculo de ultrarricos en la órbita de Trump domina no solo el acceso al presidente, sino también el panorama mediático y la economía tecnológica. Elon Musk, por ejemplo, tuvo un rol protagónico en el ya disuelto Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE), donde blandía una motosierra cromada mientras proponía recortes masivos.
En números:
Las 100 familias multimillonarias que más donaron en el ciclo electoral de 2024 aportaron u$s 2.600 millones. Solo tres de ellas —Elon Musk, Miriam Adelson y Timothy Mellon— representaron más de un tercio de los u$s 1.500 millones que se gastaron para elegir a Trump.
La brecha de riqueza se amplió dramáticamente. En los últimos 30 años, la proporción de la riqueza total de EE.UU. en manos de las 400 personas más ricas aumentó 146%, mientras que la de la mitad más pobre cayó 25%.
Esta concentración explica las comparaciones con finales del siglo XIX. “Los oligarcas no han tenido este tipo de visibilidad desde la Edad Dorada”, dice Jeffrey Winters, autor de The Blind Spot: How Oligarchs Dominate Our Democracies.
A diferencia de Carnegie, Rockefeller o Morgan, que construyeron universidades y bibliotecas, los magnates tecnológicos actuales muestran, según el historiador Quinn Slobodian, “indiferencia total” hacia cualquier contrato social. “Se les trató como dioses durante los últimos 25 años y ahora actúan como dioses”, afirma.
El punto de inflexión fue la sentencia Citizens United de 2010 de la Corte Suprema, que abrió las compuertas al dinero ilimitado en las campañas. Desde entonces, el gasto político de los más ricos se multiplicó.
En Silicon Valley, figuras como Chamath Palihapitiya pasaron de ser megadonantes demócratas a financiar a Trump. En un podcast famoso, Palihapitiya contó que con Biden “no te atendían el teléfono”, mientras que con Trump “no hay ni una sola persona allí con la que no puedas hablar”.
¿Qué significa esto para la economía?
Los beneficiados directos son claros: flexibilización regulatoria, contratos millonarios y un enfoque de “no intervención” en inteligencia artificial que los propios CEOs de OpenAI y Oracle elogiaron como “refrescante”.
La Casa Blanca rechaza la etiqueta de oligarquía. Un portavoz aseguró que Trump enfrentó intereses especiales arraigados, negoció precios de medicamentos más bajos y priorizó a “los hombres y mujeres olvidados”.
Ejecutivos de Goldman Sachs y los líderes tech coinciden en que el ambiente es más favorable para los negocios que durante la administración anterior. Sam Altman, de OpenAI, y Safra Catz, de Oracle, destacaron el impulso a la innovación.
Sin embargo, el propio Joe Biden, en su discurso de despedida, advirtió sobre el “complejo tecnoindustrial” y la “peligrosa concentración de poder”. Curiosamente, omitió que su propio partido también recibió miles de millones de donantes multimillonarios como Reid Hoffman, George Soros, Michael Bloomberg o Laurene Powell Jobs.
En Illinois, el gobernador JB Pritzker —heredero de la fortuna Hyatt— es uno de los demócratas más ricos y suena como posible candidato presidencial para 2028. La “batalla de los multimillonarios” ya no es solo republicana.
Traducido: el sistema político estadounidense se convirtió en una versión moderna de “pagar para participar”. Tanto en un partido como en el otro, la riqueza extrema compra acceso, moldea regulaciones y define prioridades.
La nueva sede de JPMorgan Chase en Nueva York, un rascacielos de 60 pisos que costó u$s 3.000 millones, se erige como símbolo físico de este poder. En Washington, los multimillonarios ya no hacen lobby desde afuera: ocupan las mesas donde se toman las decisiones sobre IA, política industrial y contratos públicos.
Si la tendencia continúa, el debate sobre si Estados Unidos sigue siendo una democracia plena o si entró en una era de oligarquía visible seguirá creciendo. Por ahora, los números y las fotos en la Casa Blanca hablan por sí solos.