Notas

Llegar a una final sin Messi: por qué los sueños grandes no se improvisan

Más allá del talento individual, las finales se construyen con procesos colectivos, trabajo silencioso y una cultura que se sostiene aunque falte la figura estelar. El caso de la Selección sin Messi ilustra un principio que va mucho más allá del fútbol.

Publicado el 20 de julio de 2026, 22:35 hs

Jugadores de fútbol celebrando en el vestuario sin Lionel Messi, con trofeos y banderas argentinas
El Cronista

Hay algo que se repite cada vez que un equipo llega lejos sin su estrella principal: la sorpresa. Como si el logro fuera una anomalía, un golpe de suerte o, peor, una excepción que confirma la regla de que sin el genio no se puede. Pero la realidad es más terca. Las finales no se improvisan, y menos las que quedan en la memoria.

Tomemos el caso más reciente y doloroso para los argentinos: la Selección Nacional sin Lionel Messi. El partido contra Uruguay en las Eliminatorias o las ausencias por lesión en la Copa América dejaron un vacío que no se llena con parches. Sin embargo, lo que quedó en evidencia no fue solo la falta de gol o de magia, sino algo más profundo: la diferencia entre un equipo que depende de un jugador y uno que, aunque lo necesite, tiene una idea de juego que trasciende al individuo.

Esto no es nuevo. La historia del deporte está llena de ejemplos donde la ausencia de la figura estelar obligó a los demás a crecer. Piensen en el Barcelona sin Messi en algunos tramos de la temporada 2020-21, o en el Real Madrid sin Cristiano Ronaldo. En ambos casos, el equipo tuvo que reinventarse. No siempre con éxito inmediato, pero sí con un aprendizaje que después se tradujo en solidez.

¿Qué pasa cuando falta el que define?

Lo primero que se resiente es el imaginario colectivo. El hincha, acostumbrado a que Messi resuelva lo irresoluble, siente que el techo bajó de golpe. Pero para los que están adentro, para los que entrenan todos los días, la ausencia puede ser un llamado a la responsabilidad compartida. De repente, el que entraba desde el banco tiene que rendir como titular. El mediocampista que antes jugaba para darle opciones a Leo ahora tiene que crear por sí mismo.

Hay un detalle que suele pasar inadvertido: los procesos. Scaloni lo dijo varias veces, aunque con otras palabras. Este equipo no nació en Qatar 2022. Se cocinó durante años, con derrotas, con críticas feroces, con un cambio generacional que no fue ni fácil ni rápido. La final de la Copa América 2021 no fue un milagro. Fue el resultado de un trabajo que empezó mucho antes, cuando Messi todavía cargaba con el peso de “no gana nada con la Selección”.

La cultura del equipo como activo invisible

Lo que sostiene a un plantel cuando falta su mejor jugador es algo difícil de medir: la cultura. Esa mezcla de confianza mutua, de roles claros y de una idea de juego que se sostiene aunque el marcador esté en contra. En los foros de internet y en los grupos de WhatsApp de hinchas, se habla mucho de “jerarquía” y de “peso de camiseta”. Pero pocas veces se menciona que esa jerarquía se construye con tiempo, con partidos ganados y perdidos, con vestuarios donde se habla de verdad.

Miren lo que pasó en el Mundial 2018. Argentina llegó con Messi, pero sin un equipo que lo acompañara de verdad. El resultado fue un papelón. Cuatro años después, el mismo jugador, pero con un grupo que había madurado, levantó la Copa. La diferencia no estuvo solo en el talento de los demás, sino en cómo esos talentos se ordenaron alrededor de un objetivo común.

El peligro de romantizar la ausencia

Cuidado. No se trata de decir que sin Messi todo es igual. Sería una estupidez. El diez es irreemplazable, y cualquiera que haya visto fútbol en los últimos quince años lo sabe. Pero sí se trata de entender que llegar a una final sin él no es imposible, siempre y cuando el resto del equipo haya hecho los deberes antes.

En el tenis, Roger Federer solía decir que sus grandes victorias no eran solo suyas: eran el resultado de un equipo que funcionaba aunque él no estuviera en la cancha. Algo parecido pasa en el fútbol de alto nivel. Los que llegan a la final sin su crack suelen tener un denominador común: venían trabajando en esa dirección mucho antes de que la ausencia se produjera.

Lo que queda cuando se apagan las luces

Al final, lo que define si un sueño se sostiene o se derrumba no es solo la presencia del genio. Es la capacidad del grupo de transformarse en algo más grande que la suma de sus partes. Eso no se improvisa. Se construye con derrotas digeridas, con entrenadores que saben esperar, con jugadores que aceptan roles secundarios sin resentimiento.

La próxima vez que veamos a la Selección sin Messi, tal vez convenga mirar menos el marcador y más el movimiento colectivo. Porque los sueños más deseados, esos que terminan en finales épicas, casi nunca son obra de un solo hombre. Son el resultado de un proceso que empezó mucho antes, cuando nadie miraba, y que sigue aunque el que todos miran no esté en la cancha.

Hay algo de eso en la frase que se repite en los vestuarios cuando falta el referente: “Ahora nos toca a nosotros”. No es un slogan. Es una responsabilidad que, cuando se asume de verdad, puede llevar a un equipo mucho más lejos de lo que cualquiera esperaba.

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