Beatriz Bragoni: “Tras la Revolución de Mayo, hubo una guerra por monopolizar la narrativa”
La historiadora presenta su libro Conspiraciones, donde reconstruye la “guerra de plumas” y las primeras fake news que enfrentaron a Pueyrredón, San Martín y O’Higgins con sus opositores. Un espejo del uso político de la información en el siglo XIX.
La historiadora Beatriz Bragoni, doctora en Historia por la Universidad de Buenos Aires, investigadora del Conicet y académica de número, presentó su último libro Conspiraciones. La obra reconstruye los choques subterráneos entre el Directorio de Juan Martín de Pueyrredón y sus detractores a través de una herramienta tan antigua como efectiva: desprestigiar al enemigo para erosionar su autoridad.
El libro surge como continuación natural de sus dos biografías anteriores: José Miguel Carrera. Un revolucionario chileno en el Río de la Plata (2012) y San Martín. Una biografía política del Libertador (2019). En esta oportunidad, Bragoni propone una relectura documental centrada en los “papeles públicos” de la época, entre ellos El Censor (1815-1819), El Duende de Santiago (1818), El Independiente del Sud (1818), El Hurón (1818), El Eco de los Andes (1824), La Gaceta de Buenos Aires (1817-1819) y la Imprenta Federal (1818-1820).
Según la autora, tras la Revolución de Mayo se desató una verdadera guerra por monopolizar la narrativa. Los gobiernos revolucionarios buscaron legitimarse ante una opinión pública que se formaba tanto en pulperías como en mercados y tabernas. En una sociedad mayoritariamente analfabeta, los periódicos se leían en voz alta y los contenidos se transmitían oralmente, convirtiéndose en rumores que moldeaban la percepción colectiva.
Bragoni explica que los “escritores públicos” o publicistas jugaban un rol central. No solo difundían actos de gobierno, triunfos y derrotas militares, sino que también servían como herramienta de propaganda para-oficial. Al mismo tiempo, los opositores utilizaban esos mismos canales para fisurar la pretensión de unanimidad del poder.
El Directorio reguló tempranamente la libertad de imprenta, entendida como moderación y prudencia. Ya en 1811 se creó una comisión para regimentar los textos. Pueyrredón llegó a clausurar periódicos y expulsar editores y tipógrafos de Buenos Aires, preocupado porque las noticias porteñas se reproducían en diarios de Lima, Baltimore y Londres.
La autora destaca el rol de la Iglesia, no de manera orgánica desde Roma, sino a través de eclesiásticos locales que desde los púlpitos y como capellanes de ejércitos difundían “el sagrado sistema de la libertad”, asociando los preceptos liberales a la emancipación.
Un eje central del libro es la “guerra de papeles” entre el sistema de información oficial y el clandestino. Desde Montevideo, los hermanos Carrera y sus aliados montaron una red que propagaba denuncias contra Pueyrredón, O’Higgins y especialmente San Martín. Lo acusaban de pretender instaurar una monarquía constitucional, idea que efectivamente circulaba entre San Martín, Belgrano y otros líderes, aunque la caricatura de tapa del libro –una imagen de 1820– ridiculiza al Libertador con una corona que se le escapa.
Bragoni aclara que, si bien la monarquía constitucional era un proyecto real para obtener reconocimiento internacional, la posibilidad de traer un príncipe europeo generaba rechazo popular. “Era difícil de entender por qué coronar a un rey cuando se habían sacado de encima a otro”, señala.
El libro también recupera el rol de las mujeres en estas tramas. Javiera Carrera, hermana de José Miguel, fue una de las principales conspiradoras. Otras, como Melchora Sarratea, actuaban como enlaces, visitaban presos y transmitían mensajes ocultos.
La historiadora accedió a archivos de prensa estadounidense e inglesa de la época. Le sorprendió la atención que generaba en Londres y otras ciudades la evolución política del Río de la Plata, tanto por intereses mercantiles como por curiosidad sobre si las nuevas naciones optarían por la república o por una monarquía.
Conspiraciones muestra cómo esa lucha por controlar la opinión pública y el relato, junto con la manipulación del sistema judicial para castigar opositores, carcomió la estabilidad del gobierno de las Provincias Unidas y anticipó la guerra civil de las décadas siguientes.
Bragoni evita la lectura lineal y mitológica de San Martín construida por historiadores como Bartolomé Mitre o Ricardo Rojas. Recuerda que el Libertador, como hombre de su siglo, estaba consciente de que la historia lo juzgaría y le importaba su reputación ante la posteridad. El libro incluye un amplio respaldo documental e ilustraciones de época que permiten ver, casi como en un espejo, cómo ya en los albores del Estado argentino existían las fake news y las operaciones destinadas a esmerilar el poder.