Sociedad

El caso Moncayo: el equilibrio entre perspectiva de género, infancia y garantías procesales

El caso Moncayo pone en debate cómo los tribunales deben aplicar el derecho con perspectiva de género y de infancia, garantizando entornos seguros para denunciantes sin vulnerar las garantías del debido proceso.

Publicado el 24 de agosto de 2026, 02:40 hs

Columnata neoclásica del Palacio de Tribunales

El caso Moncayo ha vuelto a colocar en el centro del debate judicial argentino la forma en que los tribunales deben aplicar el derecho con perspectiva de género y de infancia. La cuestión central radica en cómo proteger a los denunciantes, especialmente cuando involucran a menores, sin desmantelar las garantías procesales que resguardan a cualquier ciudadano frente al poder punitivo del Estado.

Especialistas coinciden en que el verdadero desafío actual no pasa por elegir entre derechos, sino por lograr un equilibrio que permita avanzar en la protección de las víctimas sin vulnerar el debido proceso. Este equilibrio resulta clave en un contexto donde las denuncias por violencia de género y abuso infantil han aumentado significativamente en los últimos años.

La perspectiva de género incorporada en diversas normativas busca corregir desigualdades históricas y evitar la revictimización de quienes se animan a denunciar. Del mismo modo, la perspectiva de infancia prioriza el interés superior del niño, niña o adolescente, tal como lo establece la Convención sobre los Derechos del Niño, con jerarquía constitucional en Argentina.

Sin embargo, estas perspectivas no pueden interpretarse como un cheque en blanco que habilite la suspensión automática de garantías básicas como la presunción de inocencia, el derecho de defensa y la imparcialidad del juez. Expertos en derecho penal advierten que cualquier exceso en este sentido podría generar condenas injustas y, paradójicamente, debilitar la credibilidad del sistema de protección de víctimas.

En el caso concreto de Moncayo, los tribunales se encuentran frente a la complejidad de evaluar pruebas en un marco sensible donde intervienen tanto la protección de posibles víctimas como el respeto a las formas procesales. Fuentes judiciales consultadas indican que los magistrados deben analizar con rigurosidad cada elemento, evitando sesgos pero también sin caer en un activismo que desplace el análisis jurídico.

Organizaciones dedicadas a la defensa de los derechos de las mujeres y de la niñez han manifestado su preocupación por que este tipo de casos no termine desalentando futuras denuncias. Por su parte, sectores del derecho penal clásico insisten en que solo un proceso con todas las garantías puede garantizar una justicia legítima y sostenible en el tiempo.

El debate trasciende el caso puntual y alcanza a todo el sistema judicial argentino. En los últimos años se han implementado protocolos específicos para el abordaje de denuncias con perspectiva de género en distintos fueros, pero su aplicación uniforme sigue siendo un desafío pendiente.

Especialistas sugieren que la solución pasa por una mayor capacitación interdisciplinaria de los operadores judiciales, que incluya no solo aspectos legales sino también psicológicos y sociales. De esta manera, sería posible evaluar cada situación con mayor profundidad sin perder de vista el marco constitucional y convencional que rige en el país.

Mientras el caso Moncayo sigue su curso en los tribunales, la sociedad observa con atención cómo se resuelve este delicado equilibrio. La expectativa es que la resolución contribuya a fortalecer tanto la protección efectiva de las víctimas como el respeto al estado de derecho, dos pilares que no deberían entrar en contradicción.

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