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La hepatitis mata 3500 personas por día aunque hay vacunas y tratamientos

A pesar de contar con herramientas preventivas y terapéuticas efectivas, la hepatitis sigue causando más de 3500 muertes diarias en el mundo. La enfermedad avanza en silencio y la falta de detección temprana agrava sus consecuencias.

Publicado el 29 de julio de 2026, 03:20 hs

La hepatitis viral causa alrededor de 3500 muertes cada día en todo el mundo, según datos actualizados al 28 de julio de 2026. La cifra es alarmante porque existen vacunas seguras y tratamientos eficaces que podrían evitar la mayoría de estos fallecimientos.

Para ubicarse en el impacto: se trata de más de 1,2 millones de muertes al año, un número que supera al de muchas enfermedades infecciosas que suelen recibir mayor atención mediática. La Organización Mundial de la Salud (OMS) viene advirtiendo desde hace años que la hepatitis B y C son las formas más letales, ya que pueden permanecer silentes durante décadas antes de manifestarse como cirrosis o cáncer de hígado.

El problema central es la escasa detección. Muchas personas infectadas no presentan síntomas durante años, por lo que recién descubren su diagnóstico cuando el daño hepático ya es avanzado. Esto explica por qué, pese a los avances médicos, la mortalidad se mantiene alta.

La hepatitis B cuenta con una vacuna altamente efectiva que se administra desde la infancia en la mayoría de los países. En Argentina forma parte del calendario nacional de vacunación y ha reducido drásticamente los casos nuevos en las últimas décadas. Para la hepatitis C, en cambio, no hay vacuna pero sí tratamientos antivirales que curan más del 95% de los casos cuando se detectan a tiempo.

¿Por qué importa en Argentina? Aunque el país no está entre los de mayor prevalencia global, se estima que hay decenas de miles de personas con hepatitis crónica sin diagnóstico. El sistema de salud público ofrece pruebas gratuitas y tratamientos, pero la falta de campañas masivas de tamizaje hace que muchos casos se escapen.

Las formas más comunes son la A, B, C, D y E. La A y la E suelen transmitirse por agua o alimentos contaminados y generalmente se resuelven solas. La B y C, en cambio, se transmiten por sangre, relaciones sexuales sin protección o de madre a hijo, y pueden volverse crónicas.

Según la OMS, para 2030 se había fijado el objetivo de eliminar la hepatitis como problema de salud pública. Sin embargo, los avances fueron lentos y la pandemia de COVID-19 retrasó aún más los programas de detección y tratamiento en muchos países.

Lo que se sabe hasta ahora es que aumentar el diagnóstico temprano es la clave. Las autoridades sanitarias recomiendan que toda persona mayor de 18 años se haga al menos una vez la prueba de hepatitis B y C, especialmente si tiene factores de riesgo como tatuajes realizados sin las medidas de higiene adecuadas, transfusiones antes de 1990 o antecedentes de consumo de drogas inyectables.

En el plano global, las regiones más afectadas siguen siendo el sudeste asiático y África subsahariana, donde el acceso a vacunas y medicamentos es más limitado. Pero el problema es universal: incluso en países con buen sistema de salud, la estigmatización y la falta de información hacen que muchas personas eviten testearse.

Las autoridades sanitarias argentinas, a través del Ministerio de Salud, mantienen programas de vacunación y acceso gratuito a antivirales. Sin embargo, especialistas locales coinciden en que se necesita una campaña más agresiva de búsqueda activa de casos para reducir la mortalidad.

Mientras no se logre un diagnóstico masivo y temprano, la hepatitis seguirá cobrando miles de vidas por día en silencio. La buena noticia es que las herramientas para cambiar esta realidad ya existen: solo falta usarlas a mayor escala.

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