Adiós Mundial 2026: las lecciones que deja la Scaloneta para construir un mejor país
Más allá de la eliminación, el ciclo de la Selección deja enseñanzas sobre trabajo colectivo, resiliencia y liderazgo que trascienden el fútbol y pueden inspirar a la Argentina.
La eliminación de la Selección Argentina en las Eliminatorias para el Mundial 2026 marcó el final de un ciclo que empezó con la Copa América 2021 y tuvo su pico en Qatar 2022. Pero más allá del resultado deportivo, el recorrido de la Scaloneta deja varias lecciones que van mucho más allá de la cancha.
Lo primero que salta a la vista es el poder del trabajo colectivo sostenido. Lionel Scaloni armó un grupo donde cada uno sabía su rol y lo cumplía sin necesidad de ser la estrella. No había lugar para individualismos estériles. En un país donde muchas veces prima el “sálvese quien pueda”, ver a 26 tipos remando para el mismo lado durante años resulta casi revolucionario.
La resiliencia ante la adversidad es otra enseñanza clara. Después de la final perdida en la Copa América 2019 y el golpe de la pandemia, el equipo se reconstruyó sin dramatismos. Aprendieron a perder, a corregir y a volver. Esa capacidad de levantarse después de un cachetazo es algo que la Argentina necesita aplicar en muchos otros terrenos: económico, social, institucional.
El liderazgo discreto de Scaloni también merece atención. Lejos de los técnicos que gritan y gesticulan para la tribuna, el DT optó por la cercanía, la escucha y la construcción de confianza. Generó un ambiente donde los jugadores se sentían protegidos y al mismo tiempo exigidos. Un modelo de conducción que contrasta con tantos dirigentes que confunden autoridad con autoritarismo.
Otro punto clave es la revalorización del talento local. La Scaloneta demostró que no hace falta importar todo: con jugadores formados en nuestras canchas y con una identidad clara se puede competir de igual a igual con las mejores selecciones del mundo. Es una invitación a confiar más en lo que producimos, en lugar de mirar siempre afuera buscando soluciones mágicas.
La forma en que el equipo manejó la exposición mediática también es digna de destacar. Pocas filtraciones, pocos escándalos, un perfil bajo que contrastó con la voracidad de los medios. En tiempos donde todo se vuelve espectáculo, la Scaloneta eligió proteger el vestuario como un espacio casi sagrado. Hay algo de eso que vale para cualquier organización que quiera durar.
Por supuesto, no todo fue perfecto. Hubo errores tácticos, lesiones que condicionaron y, hacia el final, una visible falta de renovación que terminó pasando factura. Pero incluso esas fallas dejan su enseñanza: la necesidad de planificar el recambio con tiempo, sin esperar a que el ciclo se agote del todo.
En un país que suele vivir de relatos épicos y de promesas de salvación, la Scaloneta ofreció algo más modesto y al mismo tiempo más poderoso: la idea de que con esfuerzo sostenido, humildad y trabajo en equipo se pueden lograr cosas grandes. No es poco.
El adiós duele, como duele siempre cuando termina algo bueno. Pero si de esta experiencia queda algo más que nostalgia, si alguna de esas lecciones se traslada a la escuela, al laburo, a la política o simplemente a la vida cotidiana, entonces el ciclo no habrá sido en vano. La Scaloneta se va, pero deja la cancha abierta para que otros tomen la posta.