María, madre de acogida a los 55 años: “Amar no siempre significa quedarse”
María José Valero decidió convertirse en familia de acogida de urgencia después de criar a su hija biológica. Su historia revela que brindar un hogar seguro a niños en situación de desprotección puede ser un acto de amor tan profundo como doloroso.
María José Valero tiene 55 años y una certeza que le llevó tiempo aceptar: amar no siempre significa quedarse. Después de criar a su hija biológica y verla crecer, tomó una decisión que cambió su vida y la de varios niños: convertirse en familia de acogida de urgencia.
Su historia comenzó cuando se acercó a organizaciones que trabajan con niños en situaciones de desprotección. En la Ciudad de Buenos Aires, miles de chicos necesitan un hogar temporario mientras se resuelven sus situaciones familiares. María no buscaba adoptar de forma definitiva, sino ofrecer un espacio seguro en los momentos más críticos.
“Lo que más me impactó fue darme cuenta de que podía ayudar sin que eso implicara un compromiso para siempre”, cuenta. La suya es una familia de acogida de urgencia, un formato que permite recibir a niños por períodos cortos, a veces solo semanas o meses, hasta que se define su situación judicial o familiar.
La primera vez que recibió a un niño en su casa, el miedo y la emoción se mezclaron. “Tenés que aprender a querer sabiendo que en algún momento se van a ir. Eso cambia todo”, explica. Según datos de organismos especializados, en el AMBA hay una demanda constante de familias que estén dispuestas a este tipo de acompañamiento temporal.
María José no idealiza la experiencia. Reconoce los días difíciles, las despedidas que duelen y la necesidad de construir una red de contención. “Hay que tener una buena contención psicológica y emocional, porque no es fácil”, dice. Sin embargo, afirma que cada niño que pasó por su casa le dejó algo y que ella también dejó huella en ellos.
Su hija biológica, ya adulta, acompañó el proceso. La familia tuvo que adaptarse a una dinámica nueva: recibir extraños, compartir espacios, explicar a amigos y vecinos qué estaba pasando. “Al principio es raro, después se vuelve natural. Los chicos llegan con sus historias, sus miedos y sus costumbres”, relata.
Lo que nadie cuenta es que el amor en el acogimiento temporario tiene una forma particular. No se trata de reemplazar a nadie, sino de ser un puente. Un lugar donde el niño pueda sentirse seguro mientras se resuelve su futuro. “A veces el mayor acto de amor es prepararlos para que se vayan a un lugar mejor o con su familia recuperada”, reflexiona María José.
En Buenos Aires, iniciativas como esta dependen de la voluntad de personas comunes que deciden abrir sus puertas. María no se considera una heroína. Solo alguien que vio una necesidad y decidió actuar. Su testimonio se suma a los de otras familias que, en silencio, sostienen esta red invisible de cuidados.
Hoy, con la perspectiva que dan los años y las experiencias, Valero insiste en que el acogimiento no es para todos. Requiere madurez emocional, paciencia y la capacidad de soltar. Pero para quienes pueden, representa una forma concreta de transformar realidades.
“Amar no siempre significa quedarse”, repite como una frase que resume años de aprendizaje. A veces amar significa dar un hogar por un tiempo, poner límites claros, cuidar y después dejar ir. En un país donde las políticas de protección a la infancia siguen siendo un desafío, historias como la de María José Valero muestran que hay caminos posibles y que, muchas veces, empiezan en la decisión de una sola persona.