Economía

Cuando el tiempo empieza a jugar en contra de la economía

El Gobierno logró estabilizar la economía pero la paciencia social no es infinita. Analizamos los desafíos para ampliar la recuperación sin soltar las anclas que permitieron bajar la inflación.

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Pantalla con un gráfico de línea ascendente representando inflación
(CC BY 4.0 — libre difusión con atribución a Q Company)

El Gobierno no debería dar por sentado que la sociedad le concederá tiempo ilimitado solo porque la alternativa de volver al pasado parece peor. Ese es el nudo central que hoy enfrenta la economía argentina después de casi un año de estabilización.

En números: la inflación mensual ya bajó a un dígito y el superávit fiscal se mantiene, pero la recesión sigue golpeando el consumo, el empleo formal y el poder de compra de los salarios. Para el comerciante de Once que tiene que remarcar precios el lunes, la pregunta ya no es solo si la inflación baja, sino cuándo vuelve a crecer la demanda.

¿Qué significa esto para tu bolsillo? Si sos asalariado o jubilado, la mejora en la inflación te da previsibilidad, pero el ajuste en el gasto público y la caída de la actividad te comen el ingreso real. El dato clave es que la paciencia de la gente no se mide en puntos de IPC, sino en cuánto tiempo pasa hasta que ve una mejora concreta en su día a día.

El desafío pasa por encontrar mecanismos que amplíen la recuperación sin debilitar las dos anclas que hicieron posible la estabilización: el equilibrio fiscal y la política monetaria estricta. Aflojar cualquiera de las dos demasiado rápido podría hacer volver la inflación, pero mantenerlas sin mostrar resultados visibles en el empleo y el consumo también tiene un costo político y social.

Traducido al lenguaje del mostrador: el comerciante entiende que primero hay que ordenar la caja para no fundirse, pero si los clientes no entran al negocio durante demasiado tiempo, el orden no sirve de mucho. Lo mismo ocurre a nivel macro. La estabilización es condición necesaria, pero no suficiente si no viene acompañada de una recuperación que se sienta en los bolsillos.

En los próximos meses, el foco estará puesto en cómo se administra este tiempo. Las medidas que se tomen para reactivar sectores clave como la construcción, la industria y el consumo masivo tendrán que ser compatibles con no volver a gastar más de lo que se ingresa. Cualquier señal de que se relaja el superávit fiscal será leída inmediatamente por el mercado como un riesgo de volver al desequilibrio.

Para ponerlo en contexto, la experiencia argentina muestra que los planes de estabilización que duraron en el tiempo fueron aquellos que lograron combinar disciplina fiscal con algún tipo de alivio gradual en la actividad. El que solo ajusta y espera que “la magia del mercado” haga el resto, suele chocar contra el límite del hartazgo social.

El tiempo, entonces, empezó a jugar en contra. No porque la estabilización esté fracasando, sino porque su éxito parcial genera la expectativa de que la segunda etapa —la de la recuperación— llegue más rápido de lo que las restricciones fiscales y monetarias permiten. Encontrar el punto justo entre ambas cosas es el verdadero test que tiene por delante el equipo económico.

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